LA Vampires meets Zola Jesus LA Vampires meets Zola Jesus

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LA Vampires meets Zola Jesus LA Vampires meets Zola JesusLA Vampires meets Zola Jesus

6.8 / 10

LA Vampires meets Zola Jesus NOT NOT FUN

La escena witch house es, por ahora, tan minoritaria, marginal y endogámica que le va a resultar difícil incluso ser el hype de la temporada: su seguimiento se circunscribe a críticos con la antena por la rareza bien desplegada o a fans empedernidos de todo lo que suene vagamente a noise, ochentas, dance comatoso o cementerio, con lo que será difícil derribar por ahora las barreras del pop de consumo –está por ver si Salem dan el golpe definitivo–. Y, sin embargo, desde fuera de esta ebullición neo-synth con incursiones en la EBM y el industrial primitivo se tiene la impresión de que dentro de la escena se está cociendo una revolución sonora en marcha. No es así, de hecho: esta colisión entre estética gótica, beats lentos a la vez que obsesivos y procesos de la música improvisada en un contexto de manipulación analógica –algo así como la revisión de la música industrial más esotérica, tipo Coil, con actitud do it yourself básica al estilo “El Proyecto De La Bruja de Blair” y un gusto nada irónico por el italodisco o el house– tiene más interés por su substrato que por su substancia, sin por ello tener que implicar que la música no es interesante (tampoco seamos cerriles). La música tiene tela, por supuesto que sí, y la breve a la par que intensa carrera de Zola Jesus (alias de Nika Roza Danilova, voz operística, inclinación hacia el mal rollo, algo así como una discípula ambient de Diamanda Galás) resume con acierto el porqué y el cómo de esta escena a la que seguirle la pista implica adentrarse en el mercado de las cassettes, de los vinilos limitados y no precisamente asequibles –de éste se han prensado sólo 600 copias; en UK cuesta cerca de 14 libras, en Estados Unidos ronda los 20 dólares–, de los blogs y los foros recónditos. La gran baza que juega ahora mismo la escena witch house es su hermetismo, su convencimiento de que es sólo por y para iniciados, como una sociedad secreta o una secta. Se reclina en el misterio para aumentar su proyección.

Pero aunque sea magia negra la de artistas como Zola Jesus o su equiparable LA Vampires –alias de Amanda Brown, la líder de Pocahaunted en su versión menos funk y más en su papel no wave meets suicide girls–, toda magia tiene truco. Este truco, en concreto, es muy sencillo: en su caso el rastro de la música de baile es vago, pero el del ruido es intenso. Lo suyo consiste en amalgamar diferentes esencias avantgarde en un cóctel de sabor amargo a la vez que atractivo. Es un cóctel noir, con un trasfondo demoníaco o de la religión Wicca, pero con poco fondo maligno en realidad. Voces que emiten una sola letra –como entonando una liturgia a cámara lenta, con técnicas screwed & chopped del hip hop sureño, distorsionadas, acompañadas de sonidos rasposos de guitarras y sintetizadores cuyos timbres se confunden ( “In The Desert”)–, atmósferas pesadas entre lo apacible y la perforación del tímpano, una textura borrosa, desfigurada, como de reflejo de una sombra en la superficie de un río en plena noche. Y ritmos mecánicos, como el rumor de una bestia reptante que se arrastra y se acerca (muy Lovecraft, sí). Si a Amanda Brown se le ha identificado vagamente con la escena hipnagógica por su trabajo en Pocahaunted, lo que busca en LA Vampires sería todo lo contrario: no una ensoñación romántica, sino la estilización de una pesadilla. Es cuando la realidad se confunde con el sueño y ese sueño acaba por ser aquel que te hace despertarte con sudores, quizá exclamando un grito. Un malestar transitorio, sin importancia. “LA Vampires meets Zola Jesus” puede resultar incómodo a la primera escucha, pero tras ir más al fondo se aprecia que no es tan fiero como lo pintan, que tiene el mismo efecto desasosegante –y finalmente inofensivo– que una entretenida película de terror.

No les mentiré si les digo que con discos como éste uno tiene el deseo irrefrenable de venirse la pierna abajo del terror. Juro por la bibliografía completa de Thomas Pynchon, que obra en mi poder, que deseaba poder temblar y refugiarme debajo de la cama con las varias escuchas de este mini-LP que muchos han señalado como el momento de despegue de algo grande (de la rama densa del witch house, o sea). Pero suena a una reactualización de Lydia Lunch ( “Eulogy”), Rhys Chatham (véase “Vous”), Suicide (ídem con “Looking In”) y otras cosas subterráneas antiguas –Chris & Cosey, por ejemplo– pasadas por el tamiz moderno con una actitud joven desconectada de la tradición. No hay que olvidar que otra de las chicas del industrial hipster es Sasha Grey, la afamada actriz porno que se atreve con todo, la que va a substituir a Belladonna como la experimentadora más extrema en cuestión de sexo filmado –y que presume de cultura y lecturas, fan del existencialismo y de la nouvelle vague, del arte moderno y la música chirriante, musa de Steven Soderbergh, reina del ass to mouth, etc.–, la que lidera el proyecto Atelecine y ha estampado su nombre en raros lanzamientos de sellos importantes de la cosa como Coptic Cat o Pendu Sound e incluso en álbumes de Current 93–, y por tanto no hay que desestimar una cierta dosis de exhibicionismo snob y entretenimiento burgués en todo esta nigromancia con latidos dub y fina distorsión del chorro de violencia sonora de la improvisación pseudo-noise (resumida en “No No No” y la casi trip hop “Searching”). Todo eso es lo que está en LA Vampires y Zola Jesus, dos hypes para atenderlos con curiosidad, pero sin fervor. Están llamadas a hacer cosas notabilísimas, pero ese momento aún está por llegar. Javier Blánquez

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