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Álbumes

Sigur Rós Sigur RósValtari

8.2 / 10

Uno de los interrogantes más atractivos que planteaba “Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust”, último disco en estudio de Sigur Rós, era la solución de continuidad a todo cuanto exponían y proponían esas canciones. Convertida en su grabación más accesible e inmediata, la que aglutinaba más recursos pop por metro cuadrado, ésta también podía acabar suponiendo un problema para la banda, en el sentido de que el siguiente paso lógico de su evolución les podía situar en una posición de peligrosa extroversión musical. Quizás conscientes de ello, en 2010 los islandeses anunciaron que se tomaban un tiempo de descanso para concentrarse en proyectos personales y, en definitiva, para evadirse del estado de máxima excitación personal, pero también artística, que habían alcanzado con su álbum. Unos meses después, cuando Jónsi ya había debutado en solitario y casi por sorpresa, se anunciaba la publicación de un nuevo disco y se reemprendía la marcha como si no hubiera pasado nada. Pero en realidad ha pasado de todo.

“Valtari” no es la progresión natural de “Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust”, ni tan siquiera su continuación. Más bien parece una reacción en contra, una grabación anticlimática cuyo objetivo es devolver al grupo a un estado de reclusión y ascetismo expresivo y emocional que contrarreste la euforia pop de su predecesor y que, a su vez, devenga reflejo fiel y sincero de todo cuanto ha acontecido en Islandia estos dos últimos años. Incluso algunos podrán interpretarla como un guiño a los seguidores más antiguos del grupo, aquellos que les descubrieron en su estado sonoro natural, el de los ambiciosos paisajes ambientales, los desarrollos épicos y la calma tensa, o como un desplante a los fans de la última hornada, los que empezaron a interesarse por sus canciones a partir de hits redondos como “Hoppípolla”. En cualquier caso, “Valtari” se puede definir como el disco ambient de Sigur Rós, y aunque está lejos de ser un viaje consciente a la esencia pretérita de la banda su renuncia a los hábitos adquiridos en estos últimos cuatro años es palmaria y ejemplar.

A excepción de “Varúð”, único momento del disco en que la banda aprieta las tuercas y explota su habitual tormenta de intensidad eléctrica, el resto de “Valtari” transcurre entre susurros, medios tiempos plácidos y ensimismamiento instrumental. Las guitarras, convertidas en un recurso de segunda categoría sin relevancia alguna en la composición y la ejecución, y la sección rítmica, fulminada en unas partes y suplantada por beats electrónicos en otras, quedan desterradas en beneficio de los teclados, los cacharros analógicos, los arreglos de cuerda y los coros vocales. Mecanismos para propiciar una ruptura flagrante y radical con su inmediato presente, pero también con su pasado. No es éste un disco de regresión o retorno a los inicios, básicamente porque trabajan con recursos instrumentales y compositivos muy diferentes –todo es más lineal, sin subidas y bajadas; se prescinde de todo clímax; el volcán implosiona, no explosiona– y porque abordan el factor épico y emocional desde el ambient y no desde el rock, punto de partida y llegada básico de sus primeros álbumes. De hecho, “Valtari” tiene más argumentos en común con el proyecto Riceboy Sleeps o con la banda sonora que Jónsi escribió para la película “We Bought A Zoo” que con Ágætis Byrjun”, con la salvedad de que aquí acondicionan esa exploración sonora ambiental con voces y arreglos de cuerda preciosistas y con mucho más empaque compositivo (aquello eran ideas alargadas, esto son canciones con más entidad).

Seguramente “Valtari” decepcionará a quienes esperaban otra ración de singles eufóricos y exultantes. Y desconcertará a quienes se hayan creído que esto es un retorno a los inicios o algo parecido. Por suerte no es ni una cosa ni otra, más bien tiene apariencia de paréntesis o rara avis en el marco de su carrera, quizás un paréntesis surgido de la necesidad de expresar de la forma más creíble y honesta posible la tristeza y el oscurantismo que se está propagando por la vieja Europa en estos últimos años y del que esta preciosa colección de canciones parece haberse contaminado hasta sus entrañas. Tiene aires de réquiem, pero es un réquiem desprovisto de toda grandeur e intención megalómana, más bien todo lo contrario: la recta final, protagonizada por “Varðeldur”, “Valtari” y “Fjögur Píanó”, todas ellas instrumentales y guiadas por el latido de un piano, evidencian que Sigur Rós nunca antes habían grabado un disco tan contenido, sutil e íntimo. Esto es “Valtari”: experimentación, ruptura y personalidad creativa al servicio de un estado de ánimo.

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