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Bowerbirds BowerbirdsUpper Air

7.1 / 10

Bowerbirds  Upper Air DEAD OCEANS

En el freak folk de última generación, la excentricidad se mide en grados centígrados. Ya se sabe: vestirse con túnicas es la temperatura media, mientras que ponerse un tocado a lo Carmen Miranda y hacerse fotos de promo semidesnudo está en lo alto de la escala de medición, a puntito de reventar el contenedor de mercurio a base de vergüenza ajena. Entre ambas opciones, lo de “irse a una cabaña en medio del campo” es algo más que recurrente. Le sirvió a Bon Iver, pero mucho antes ya había sido lo que había puesto a Bowerbirds en el punto de mira. ¿Justa o injustamente? Por aquel entonces, afirmábamos que el tiempo diría... Y ahora, con segundo trabajo recién estrenado, va siendo hora de empezar a definirse.

Como segundo disco, “Upper Air” supone un agradable paseo a través de una carretera en línea recta suspendida sobre las majestuosas nubes que acolchonan la portada. Nada de volantazos ni de curvas abruptas hacia nuevos parajes: el sonido de este segundo álbum es continuista al respecto de los recovecos ya estudiados en la primera entrega, “Hymns For A Dark Horse” (Burly Time, 2007). Todo muy en la línea de la leyenda que arrastra la banda: hace unos años, Phil Moore (guitarra y voz) se exilió a una cabaña en los bosques de Carolina para trabajar rastreando y catalogando pájaros a las órdenes del North Carolina Museum of Natural Sciences. Su novia, la artista visual Beth Tacular (pseudónimo que enmascara el más común pero igualmente pastoral Beth Salmon), no tardó en mudarse con él para pintar libremente inspirada en el paisaje. Cuando se disolvió la banda en la que solía militar (Ticonderoga), Moore empezó a componer por las noches, totalmente embargado por el dulce tempo que la naturaleza desplegaba a su alrededor. Tacular no tardaría en unírsele, destapándose como acordeonista autodidacta y percusionista capaz de conseguir las líneas más básicas sobre las que erigir canciones deliberadamente desnudas. De aquellas sesiones noctámbulas surgió el primer EP de Bowerbirds, “Danger At Sea” (autoeditado, 2006). Y una vez se unió a la formación el productor y multiinstrumentalista Mark Paulson, no tardaron en facturar “Hymns For A Dark Horse”, un conjunto de canciones expuestas como un catálogo de ornitología especializado en pájaros de buen agüero folk.

“Upper Air” se abre de forma similar al debut de la banda: con un dueto ganador. Allí “Hooves” ejercía de balada desnuda que daba paso a la exhuberancia de “In Our Talons” (estimulante caso de Iron & Wine meets Devendra Banhart); pero en esta ocasión es “House Of Diamonds” el tema que oficia de maestro de ceremonias, vistiendo los ropajes de percusión austera pero melancólica de la cara B del “Ash Wednesday” (XL, 2007) de Elvis Perkins (ropajes recurrentes en el resto del traklist). Justo después, “Teeth” arranca en el mismo puesto que la esplendorosa “In Our Talons”. Pero donde allí había vistosas lentejuelas de weird folk, aquí hay pies desnudos jugando con el fango del fondo de un río por el que corretean las melodías más nocturnas de Van Morrison. Con la voz de Moore trenzándose en el aire en torno a la de Tacular, es inevitable pensar en uno de los mejores ejemplos de folk de hoguera a dos voces de la última temporada: “Lost Wisdom” (Southern, 2008), de Mount Eerie. Pero donde allí había tristeza como desapego, aquí brilla una aflicción apasionada.

A partir del tercer corte, el cancionero de “Upper Air” se desliza suavemente por las referencias ya mencionadas con tal de conseguir un conjunto mucho menos accesible que el de “Hymns For A Dark Horse”, pero también mucho más introspectivo. Las letras ecologistas y apologistas de la belleza de la naturaleza empiezan a dejar paso a otro tipo de cosmos: el interno, ese laberinto de emociones que, poco a poco, Moore va dejando al descubierto a medida que pierde la vergüenza. Los pliegues melódicos de las canciones, en general, se intuyen mucho más ricos que los de su debut: hay ecos de la psicodelia carrolliana de The Incredible String Band ( “House Of Diamonds”), del elegante ritual de apareamiento entre folk y jazz de Pentangle ( “Bright Future”) e incluso de los coros aéreos de Fleet Foxes ( “Ghost Life”), pero cuando mejor suenan Bowerbirds es cuando no se agarran al asidero de referencia alguna. Cuando el sonido de folk pastoral cruje bajo el peso de una nostalgia confesional que se intuye turbia, oscura, casi negra. Cuando la inocencia del folk tradicional choca frontalmente contra el cul-de-sac del pesimismo emocional postmoderno.

No es, ni mucho menos, la tónica general del disco. De hecho, se puede reducir a tres temas ( “Teeth”, “Beneath Your Tree” y “Chimes”) que brillan en medio de un conjunto mucho menos redondo que algunos de los que, en la última temporada, han crecido al amparo de las mismas referencias. Pero los aciertos de “Upper Air” son suficientes para intentar responder la pregunta del primer párrafo: el encumbramiento de la banda más allá de su excéntrica historia, ¿justa o injustamente? Digamos que justamente. Pero pongamos el caso en cuarentena hasta el tercer álbum de Bowerbirds, a la espera de que el germen de las tres canciones mencionadas florezca en un jardín nocturno.

Raül De Tena

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