Untitled Untitled

Álbumes

R. Kelly R. KellyUntitled

7 / 10

R. Kelly  UntitledJIVE

Érase un hombre a una tranca pegado, érase una tranca superlativa, érase una tranca sayón y escriba, érase un pene espada muy barbado… R. Kelly siempre ha pensado más con la materia prepuciana que con la gris. Sus pelotas hablan. Su perineo nos podría contar historias aterradoras. El pellejo que salió disparado después de su circuncisión está guardado en los archivos del Vaticano junto a la cabeza de San Juan Bautista. Si Toro Rosso reciclara todos sus condones usados, tendría neumáticos de lluvia durante las próximas siete temporadas. Cualquier cavidad húmeda le ha valido para buscar cobijo... Pero cuidado porque el Robert Sylvester Kelly que viene ahora es un negro tirolés (lo digo por los gorgoritos de “Echo”) que se reconcilia con la vida y consigo mismo y, si de paso puede forrarse, mejor que mejor.

Absuelto de los catorce cargos de pornografía infantil que le llevaron al estrado y casi al trullo (esa grabación con una menor de 13 años todavía escuece), el rey del R&B (fijaos en la lámpara de la portada, convertida en aparatosa corona en el espejo) llega duchado, afeitado y cagado de casa. Parece que ha aprendido la lección. Este R. Kelly es un tipo maduro. Sigue bebiendo el mejor Crystal, sigue atesorando vulvas como si fuera un entomólogo que colecciona lepidópteros, sigue calzando más joyas que Cuqui Fierro, pero ahora es capaz de echar la vista atrás, ponerse sensible y decirnos que lo único que quiere es sentarse junto a la chimenea y seducirnos a golpe de falsete autotuneado. El tipo sigue siendo un encantador de serpientes único en su género: sus canturreos afectados y sus historias machistas de pasión negroide alcanzan aquí un grado de refinamiento que asusta. “Number One”, por ejemplo, huele a sudor, crema retardante y potorro: es el máximo exponente del old school Kelly. Base suave, toques de soul y R&B, sample clásico (ese “one, one, one”), letras lúbricas y nuestro hombre dale que te pego al autotune. Y en semejantes menesteres pocos pueden hacerle sombra.

La cosa tiene su mérito, no olvidemos que el décimo LP de Kelly iba a ser el inédito “12 Play: 4th Quarter”. Como el disco se filtró en internet antes de tiempo, Jive y Robert decidieron cancelar la operación y fabricar de la nada otro álbum totalmente distinto. Y lo consiguieron: “Untitled” llega justo para las fiestas navideñas con un Kelly que ha sabido reinventarse sin cambiar prácticamente nada. La rapidez y la presión le han sentado muy bien; estamos ante su mejor trabajo en muchos años. Kelly sigue relatando polvos furtivos y huidas de madrugada. Sigue hablando de meter, sacar, chupar, lubricar, petar y eyacular. De clubs y tetudas. De pepinos y bacalatis. De pim y pam. De ahhhs y ohhhs. Pero lo hace con la calma y el reposo de la veteranía pollera; con una inflexión de voz cada vez más melosa y aterciopelada, como si se hubiera suavizado con el tiempo e incluso pidiera auxilio (por momentos veo el grito de socorro de un adicto al sexo que hace que Michael Douglas parezca el protagonista de Virgen A Los 40).

Su décimo álbum no parece apelar al untitled en vano: este hombre quiere empezar de nuevo, dejar atrás los malos rollos del pasado y seguir cobrando y copulando como una liebre rabiosa. En esta tesitura, las cajas de ritmo y los medios tiempos abundan en un empedrado de soul y R&B de tránsito fácil y pocos, aunque curiosos, desniveles, como los momentos dancefloor. Quién sabe, quizás al viejo Kelly le apetece profanar universitarias en el privée de la discoteca mientras suena alguna de sus canciones. Nadie le culpa. Lo cierto es que no tiene desperdicio el electrohouse ochentero de “I Love The DJ”, una curiosa aberración bailable que bien podría ser el hit que Enrique Iglesias lleva buscando desde hace años. Por otra parte, el disco-funk con trompetas de “Be My Number 2” es una mezcla de Eart Wind & Fire y Wham!, con un R. Kelly acaramelado, accesible y más ibicenco que el tabique de Pocholo.

Pero el vocalista afroamericano es un tipo listo y, cuando vuelve a bajar la intensidad del bombeo genital, observa su reflejo en los piños de bisutería de Lil’ Wayne ( “Supaman High” cumple el cupo dirty south, sensacional e inteligente jugada) y también acude al libro de estilo de Kanye West para darle ese tono pop metrosexual de colonia cara a su cancionero – “Crazy Night” es quizás el ejemplo más claro–. Me parece una jugada inteligente, el tipo le da un nuevo barniz a su carrocería musical sin demasiados cambios, sigue manteniendo cierto respeto en términos musicales y se asegura presencia en las listas americanas durante un tiempo. Por mucho que el mentecato de Trey Songz proclamara su muerte en el cacho diss “Death Of Autotune Kellz”, el viejo Robert está muy pero que muy vivo. Especialmente cuando se pone emo e intimista en cortes como “Banging The Headboard” –¡toma balada!–, “Religious” –ojo al arrebato espiritual: “las mujeres son una religión para mí”– y “Exit”, con esos pianos a lo Alicia Keys que anuncian un momento de sensiblería nigga high class. Pero lo mejor es cuando el hombre se muestra más confesional que nunca y nos habla del milagro del embarazo con un sentimiento que te pone los pelillos del cogote como escarpias: “eh, chica, haces que me entren ganas de dejarte embarazada”. Cada vez lo tengo más claro: “Untitled” es el disco que hará llorar por segunda vez a Stephon Marbury.

Óscar Broc

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar