Until The Quiet Comes Until The Quiet Comes

Álbumes

Flying Lotus Flying LotusUntil The Quiet Comes

7.9 / 10

Es posible que en el ánimo de Flying Lotus se aloje el deseo de reinventar el jazz. De sobras es conocida su conexión familiar con Ravi y Alice Coltrane, en cuya casa vivió de pequeño y aprendió a amar la música, y en infinitas ocasiones se ha referido con más respeto a ese arte, el del jazz, que al hip hop abstracto, que al fin y al cabo es el marco estilístico en el que ha estado encuadrado siempre, desde que se estrenara en 2006 con el sello Plug Research y aquel primer rompecabezas de ritmos fracturados, “1983”. Pero con el paso de los álbumes, la manera de construir de Steve Ellison ha ido ganando en textura nebulosa y sus piezas ya no tienen apenas un cimiento sólido sobre el que se mantengan: ha conseguido que cada disco suyo sea como un flujo informe de melodías, ritmos y atmósferas que se sostienen las unas a las otras como una red (o un rizoma, que dirían los post-estructuralistas), y que incorporan en su interior elementos dispersos de todos los géneros que, de una manera u otra, forman parte del lenguaje de Flying Lotus: el jazz, por supuesto, pero también los ritmos africanos, el hip hop astral según la tradición de J.Dilla, la electrónica de lírica nocturna, el pop de vanguardia, el boogie y el soul. Flying Lotus no parece querer renunciar a ninguno de los géneros que le han alimentado, y de manera inconsciente sus discos se han erigido en contenedores de una globalidad ambiciosa y en perpetua mutación. En definitiva: sonido con síndrome de déficit de atención, en el que una idea brota, suena durante segundos y rápidamente pasa a otra cosa.

Si “Cosmogramma” (2010) ya funcionaba de esa manera, triturando cada vez más beats y esbozos primigenios en una pulpa sonora compacta y muy abigarrada, “Until The Quiet Comes” quiere seguir por ahí e incluso ir más allá sin pretenderlo. Encaja un total de 18 cortes en poco más de 45 minutos en los que cuesta retener una sola idea que prevalezca sobre el resto, y a diferencia de lo que fue “Los Angeles” (2008) –un trabajo bastante más organizado, con piezas más largas y más concisas, en el que se percibía que el objetivo estético era prolongar el linaje del hip hop psicodélico y experimental añadiéndole influencias del dubstep inglés–, aquí lo que funciona es el conjunto como algo indisoluble. Quizá si retiráramos un fragmento, o una simple línea de bajo como la de “Sultan’s Request”, que es monstruosa, o un pellizco vocal, el edificio no se desmoronaría. Pero “Until The Quiet Comes” tiene más sentido cuanta más información acumula dentro.

Se comprende que esto pueda ser un mareo para mucha gente. No es fácil tolerar una música que te pone la miel en los labios y rápidamente te retira la cuchara (por mucho que la siguiente cucharada sea aún más dulce). Es muy interesante fijarse en la duración de los cortes: aunque al final algunos se aproximan a los cuatro minutos ( “Hunger”, “Phantasm”, y por supuesto “Me Yesterday / Corded”, que los rebasa aunque con trampa, ya que son dos temas siameses), la mayoría de los segmentos del álbum apenas pasan del minuto. Flying Lotus no tiene ningún miramiento en cortar una progresión si con ello consigue mantener la atención fija en las variaciones y la improvisación al vuelo, que al fin y al cabo son la esencia del jazz. La estética jazzística, en realidad, aquí es lo de menos: como ya ocurría en muchos momentos de “Cosmogramma”, FlyLo samplea contrabajos y saxos (la bassline final de “Putty Boy Strut”, y sobre todo la de “Until The Quiet Comes”, son puro Ron Carter, por no hablar de “Only If You Wanna”, be bop enredado entre voces celestiales, como si reuniéramos a Miles Davis y Oneohtrix Point Never en la misma habitación), pero es más importante la construcción, el plano que dibuja Ellison, más que los materiales. Independientemente de si suenan escalas furibundas y bajos pulsantes que remiten a los orígenes del free jazz, todo el disco en sí ES jazz. Es un diálogo entre las partes –entre los samples de voz y las voces invitadas, a saber: Thom Yorke, que no parece él y sí algún imitador de D’Angelo ahogado en sintes ( “Electric Candyman”), Erykah Badu ( “See Thru To U”), Laura Darlington, Niki Randa–, y es un diálogo que podría no tener fin. El disco se acaba al llegar a “Dream To Me”, pero podría seguir, como una sinfonía del universo.

Comparado con “Cosmogramma”, parece un disco menor –la ambición de aquél era casi arrogante–, pero si nos atenemos al equilibrio entre propósito y resultados, “Until The Quiet Comes” se nos presenta como un álbum más equilibrado y más sincero. Es posible que Flying Lotus se haya quitado el peso de la responsabilidad de demostrar que está a la altura de su familia, de la historia y de los dedos que le han señalado como uno de los artistas electrónicos fundamentales de nuestro tiempo, algo que ya dejó dicho de sobras en “Cosmogramma”, con sus virtudes y sus flaquezas. Ahora, FlyLo aparece como alguien humano, como alguien que quiere crear para sí y no para los demás, que ha descubierto un camino único, propio e inexplorado y está dispuesto a llegar tan hasta el fondo como pueda. Lo más interesante, de cara al futuro, es que ese viaje sólo está en su tramo inicial. Hemos visto el comienzo y ahora sólo falta esperar que, sin seguir la línea recta –que sería repetirse–, el californiano decida perderse por vías secundarias que le lleven a lo nuevo y desconocido, a rincones inexplorados de su propio cosmos. Si “Cosmogramma” era un mapa del universo y “Until The Quiet Comes” la comprensión del mapa, lo próximo será quemar el mapa, tirar la brújula y viajar, simplemente viajar.

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