United Acid Emirates United Acid Emirates

Álbumes

Ceephax Acid Crew Ceephax Acid CrewUnited Acid Emirates

7.8 / 10

Ceephax Acid Crew  United Acid Emirates PLANET MU

¿Joaquin o River? ¿Kylie o Danii? ¿Camilo José o Jorge? ¿Cayetano o Fran? ¿Pedro o Agustín? ¿Pau o Marc? ¿Coto o Kiko? “Brothers in arms”, que diría el gilipollas de Mark Knopfler. Cuando se habla de hermanos, siempre hay uno que tiene más taras psicológicas que el otro; siempre hay uno que ha perdido infinitamente más la chaveta (generalmente el mayor, hablo con conocimiento de causa) y mancha la heráldica de la familia indiscriminadamente con los lecherazos de su comportamiento asilvestrado. Aunque parezca increíble, Tom Jenkinson, alias Squarepusher, sería en este caso el fratello cuerdo. No cuesta mucho imaginar, pues, el chirriante estado mental de su hermano Andy, o lo que es lo mismo, del viejo Ceephax. Lo digo en serio, tienes que estar realmente jodido y comportarte como un perturbado mental profundo e irreversible para conseguir que Squarepusher parezca un hombre de paz, ponderado y confiable.

Andy Jenkinson es un cencerro con patas. Los que le han seguido en sus escarceos con Rephlex, Planet Mu, Breakin’ y otros labels de manicomio –no nos olvidemos el belga Firstcask, refugio de freaks del acid y demás dementes–, conocen perfectamente su bipolaridad extrema. Sus idas y venidas de la enajenación gabber a la cordura ácida han sido tan radicales que muchos ya no saben cómo interpretar sus pasos de baile, ora desencajados ora mayestáticos. Simplemente se disfrutan. Lo que pasa es que el tipo, culto y listo como una zorra de campo, ha decidido ejecutar un aterrizaje seguro, a sabiendas de que su primer LP en Planet Mu no podía ser otra sarta de ritmos electromaquinoides sin ton ni son, con sobredosis de 303 y más acidez que el estómago de un obeso americano enganchado al Tropicana de naranja. Por eso, el nuevo Andy Jenkinson es un Andy Jenkinson que ha sabido equilibrar los desniveles de serotonina de su cerebro, sin perder en ningún momento su sello personal de electrónica amateur esquizoide, pero con un autocontrol que le permite cincelar sus composiciones con una seguridad y planificación imposibles de husmear en sus obras más frenopáticas. Vaya, que el tipo se ha aflojado la camisa de fuerza en un ejercicio de coherencia absolutamente necesario para que su puesta de largo en casa Paradinas fuera tomada en serio. Y lo ha conseguido.

Que nadie vaya a pensar ahora que Ceephax ha sacado un disco de folk granjero. Tomemos como ejemplo la descarga ácida de “Commuter” y los pellizcos gabber que el tipo introduce a media canción con la contundencia que un fist fucking. Ahí podemos ver que sigue siendo el chota de siempre, pero dentro de un orden: hay 303, hay electro nervioso, hay hardcore, pero se puede escuchar, se puede bailar, se puede degustar sin poner cara de sapo enfarlopado. En “Life Funk” consigue juntar las piezas de un trolebús acid en el que se perciben ecos de italodisco, breakbeat de los 80, tamborileos ravers e incluso bombos de techno chungo. Parece empeñado en explotar las mismas coordenadas que han definido su mundo de toxinas, pero con cierta elegancia, un punto de madurez (si es que se puede aplicar este concepto a su flatulenta personalidad) y un sentido del humor nada exclusivista. Basta con acudir a “Castilian”, seguramente uno de los puntales del álbum, y comprobar con qué maestría retuerce el sonido Gameboy de 8-bits, transformando la clásica melodía estilo Tetris en un salto del ángel con IDM y electro de after ketaminero. Mas o menos la misma fórmula, aunque con un toque más funk y una clara vocación galáctica, que en “The Celebrity”, otro de los grandes momentos del disco. El despiporre analógico es de toma schranz y moja, y adquiere tintes de épica freak en “Arcadian (Castilian II)” –Skorpia meets Aphex Twin– y en “Sidney’s Sizzler” –como si Donkey Kong y Pac-Man se hubieran inyectado un speedball–. Incluso se permite descansar en los tres minutos de ambient crepuscular de “Trabzonspor” o en el sarpullido IDM de la tremenda y comatosa “Glocker”. Y todo está en su sitio, en ningún momento tenemos la sensación de asomarnos a un mundo de distorsión analógica para guetos de enfermos mentales; es como si el tipo quisiera demostrar que entre el Andy Jenkison psicópata y el Andy Jenkinson “normal” hay un eslabón de media locura, media cordura en el que ha encontrado su yo más perfeccionista e inspirado… A pesar de la portada.

Óscar Broc

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