Turning The Mind Turning The Mind

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Maps MapsTurning The Mind

6.1 / 10

Maps  Turning The Mind MUTE

Vaya: a esto se refería el bueno de James Chapman cuando aseguraba que su nuevo trabajo sería “más oscuro, furioso y electrónico” que “We Can Create” (2007), álbum de debut que le valió una nominación a los Mercury Prize –no ganó, claro; el premio se lo llevaron Klaxons– y una condecoración de latón que le reconocía como shoegazer del mes. Lo que no acabó de aclarar el británico es lo que significaba para él el concepto “más” ya que, visto lo visto, lo único que se cumple en “Turning The Mind” es que, en efecto, es un disco más electrónico. De hecho, ES un disco electrónico en el que los sintetizadores han echado a patadas a las guitarras y la vocecilla susurrante de Chapman flota entre atmósferas líquidas y capas de sonido embalsamado digitalmente. ¿Oscuro? Lo justo. ¿Furioso? Para nada.

“Turning The Mind” es, de principio a fin, un disco cómodo y apacible; un paseo sin apenas sobresaltos por el pop electrónico tenuemente matizado –algo de shoegaze por aquí, una pizca de lisergia por allá, unos ritmos presuntamente trotones inyectando dinamismo al conjunto pero sin llegar a descarriarse– en el que todo parece estar dispuesto para no afear ni desentonar. Emociones digitales calculadas por ordenador y articuladas a través de la voz de un Chapman que gana presencia a fuerza de sacrificar la vistosa maraña de atmósferas de su primer álbum.

Pese a todo, no puede decirse que el segundo trabajo de Maps sea malo. Ni que sea deslumbrante. Se trata simplemente de un álbum bonito, correcto y reconfortante, algo que está muy bien si hablamos de un sofá pero que chirría un poco cuando de lo que se trata es de loar las excelencias de una obra musical. Por aquello de tener una comparación que echarse a la boca, el Saturdays=Youth de M83 era un disco bonito, sí, pero también muchas cosas más: melancólico, ensimismado, romántico, ingenioso en su relectura del pop… “Turning The Mind” da el pego, deja alguna que otra canción resultona como la robusta “Love Will Come” o la alucinada “Valium In The Sunshine” y poco más.

Ni siquiera esa nueva alianza entre músicas y drogas, algo así como una revisión del célebre “taking drugs to make music to take drugs to… ” de Spacemen 3, que propone Chapman acaba funcionando como salvavidas. Será que, acostumbrados como estamos a que canciones y narcóticos acaben confundiéndose en infinidad de obras en las que no se sabe muy bien quien le acaba cantando a quien, cualquier disco concebido como excursión por los efectos de los estupefacientes es una invitación a desconfiar. Y no porque no sea un tema tan válido como cualquier otro, sino porque está tan manoseado que resulta muy difícil acabar proponiendo algo nuevo y original. Más o menos lo mismo que ocurre con el hilo musical de un disco que se queda en la superficie sin llegar a profundizar.

Luis Izquierdo

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