Vessel - Pusnih, Honey Vessel - Pusnih, Honey

Álbumes

Vessel - Punish, Honey

7.8 / 10

Hay muchas maneras en las que un disco puede empezar -con una canción memorable, con un ritmo frenético, con un suspiro o con un alboroto-, y lo que ha elegido Vessel para su segundo álbum es arrancar con un silencio profundo y un susto. La distancia entre Punish, Honey y el anterior Order of Noise (2012) es abismal en lo estrictamente estético si nos atenemos a la sustancia del sonido. La primera incursión de Sebastian Gainsborough en Tri Angle se componía de un techno líquido como el mercurio, flexible pero viscoso, como si fuera una versión dubby de esa electrónica fantasmal que había inundado el catálogo del sello, la de Holy Other o Balam Acab. A efectos estrictamente formales, fue uno de los discos techno más originales de su año, no tanto por sus posibilidades en el club, sino por su riqueza de ritmos y de texturas, por su naturaleza anfibia, capaz de funcionar tanto en la tierra firme de la pista de baile como debajo del agua. Pero Punish, Honey, que parece esconder una descripción y guía de comprensión en su título, es una cosa completamente distinta.

Si no fuera porque en Tri Angle se ha coqueteado con la oscuridad refinada en alguna ocasión, se diría que este nuevo trabajo de Vessel habría encajado mejor en el repertorio de Blackest Ever Black. Sólo al principio se suceden un silencio profundo, como el que abre el Silence is Sexy de Einstürzende Neubauten, un golpe de percusión seca como un redoble militar, el ruido de un martillo neumático y el giro de unas hélices oxidadas; todo condensado en el minuto y medio de Febrile, una intro que sitúa, con cuatro pinceladas, el marco del disco en una genealogía industrial que remite al underground de principios de los años 80 -e incluso de finales de los 70, pues tiene algo de los temas instrumentales de The Human League, aunque sea una influencia algo escondida- y que rechaza por completo el tipo de paleta de sonidos que ofrecen las tecnologías de hoy. Punish, Honey suena más acústico -aunque no lo sea exclusivamente- que electrónico, o mejor dicho, más orgánico que digital: cuando irrumpe un beat de baile (en Red Sex), no se puede pensar ni en Detroit ni en Chicago, sino en Sheffield o el Nueva York de la no wave. Y a medida que el disco avanza, se comprueba que las referencias en las que se ha sustentado Vessel son de escasa circulación en la economía musical del momento: hay Coil, Throbbing Gristle, Thomas Leer ( Euoi), una vez más Neubauten ( Anima), el dark ambient más abstracto ( Black Leaves and Fallen Branches) y, por supuesto, algunas formas de la música electrónica incluso anteriores a los 70. Si volvemos al principio -la hélice, el martillo neumático, el motor-, se comprenderá que Vessel ha emprendido un camino a las profundidades del pasado, al legado de los padres de la música concreta y la electroacústica, a utilizar el found sound (más adelante hay pedaleos, respiraciones) como el objeto sonoro principal de su estética y a reducir cada textura a una depuración máxima en el estudio de grabación, hasta que sólo quedan la piel y los huesos del ruido. Porque el ruido en Punish, Honey no es violento, sino una forma de horror sutil que, cuando le parece conveniente, se modula como ritmo; precisamente, al final de todo, en DPM, parece como si Vessel reciclara el bucle arpegiado del On the Run de Pink Floyd.

El cambio en Vessel es profundo en la superficie, aunque en el fondo su música continúa componiéndose de detalles imperceptibles que dan forma a un conjunto poroso. Este nuevo álbum -es el primer artista de Tri Angle que suma dos discos en el sello, como dato curioso- es otra cara en un poliedro artístico complejo, que tanto le permite sobresalir en el ambient, el techno, el dubstep bristoliano (recuérdese que Vessel es miembro del colectivo Young Echo) y, ahora también, en el collage pseudo-ruidista propio de las vanguardias pre y post punk. Los resultados finales igual merecerían un limado, o algunos añadidos, pero como artista, Vessel es de los más clarividentes (y, paradójicamente, imprevisibles) del comienzo de década.

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