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Álbumes

Sharon Van Etten Sharon Van EttenTramp

8.1 / 10

Quizá por no tener nada de hype, o por no resultar esperpéntica de ninguna de las maneras, o por no ser radicalmente diferente a nada, ni radicalmente moderna, ni dar un juego sabrosón de cara a titulares, Sharon Van Etten podría pasar desapercibida como una cantautora más. Sin embargo, no lo es. Es una de las buenas de verdad y ha llegado el momento de llamar la atención sobre su historia como se merece.

Sharon empezó en el negocio de la música trabajando como publicista para el sello de Brooklyn Ba Da Bing!, casa donde editaría su debut en 2009, pero no sería hasta el año siguiente cuando llegaría el trabajo crucial de su hasta ahora ascendente carrera. Hablamos, claro, del portentoso “Epic”, un hermoso álbum cuya arrolladora fuerza expresiva unida a su creciente reputación en directo la llevaron a colaborar con gentes como Megafaun, Beirut o Bon Iver. Con los dos últimos, Sharon ha tenido una relación especial: para Zach Condon trabajó de relaciones públicas y Justin Vernon fue el encargado de versionar su “Love More” junto al guitarrista de The National Aaron Dessner, propiciando indirectamente que éste y nuestra protagonista acabaran conociéndose. Dessner se ha convertido actualmente en su productor, su escudero y algo así como su casero, ya que el sótano de su casa en Brooklyn ha servido a Sharon de hogar y lugar de trabajo durante el último año. Por allí se ha podido ver desfilar a la apabullante lista de colaboradores de este nuevo álbum: Matt Barrick (The Walkmen), Thomas Bartlett (Doveman), Julianna Barwick, Jenn Wasner de Wye Oak, el mentado Condon o el hermano de Aaron, Bryce (quien con su batería inyecta una sangre muy The National a temas como “Serpents” y “Magic Chrods”). La realeza de Brooklyn, vaya, apadrinando a su nueva princesa.

La ocasión lo merecía. “Tramp” estaba llamado desde su génesis a ser un gran disco de consagración y, en cierto sentido, lo es. Desde la portada, la limpia mirada de Sharon apunta directamente al oyente. Su rostro aparece altamente contrastado en un poderoso blanco y negro, y la expresión difuminada por el grano resalta el parecido con Leslie Feist, de quien no anda muy lejos en capacidad evocadora ni en finura folk-rock, aunque el pop de Sharon sea más… visceral. En el interior se muestra tan segura y dotada como anuncia la foto: ocupa siempre todo el cuadro con su voz frágil y profunda, que tantea a Cat Power y a Karen Dalton, y con una presencia imponente que eclipsa la nómina al completo de invitados ilustres. La misión es tan somática como física, hay que quitarse de encima todo lo que duele y no cabe duda de que escribir funciona para ella como una terapia. Todos contentos, pues, ya que escucharla exorcizando y sobreponiéndose a esos demonios que la persiguen es también un bálsamo para quien la escucha.

“Tramp” es igual de confesional y crudo que sus anteriores entregas. La diferencia está en que su testimonio ahora parece más una liberación que una simple confesión. Es un disco con el que nuestra protagonista, al aceptarlas y cantarlas, supera las ranuras del pasado. En ese sentido, las letras son esclarecedoras. Algunas rescatadas al vuelo: “Ahí va, cerró la puerta de una vez” ( “Leonard”); “Hago todo lo que puedo pero ¿quién es mi hombre?” ( “All I Do”); “Disfrutas sorbiendo los sueños, así que dormiré con alguien que no seas tú” ( “Serpents”); “A veces tienes que perder” ( “Magic Chords”); o, simplemente, “Créeme, lo intenté”, en ese abatido final que supone “Joke Or A Lie”. El disco está plagado de metarreferencias de ese tipo que hablan no sólo de su vida amorosa, sino también de la profesional, como puede observarse en esos pespuntes sobre su carrera que cose a los versos de “Magic Chords” o “I’m “rong”. En esta última, asegura que “es malo creer en las canciones que cantas”, como si la letra de alguna composición anterior se hubiera hecho realidad. Son este tipo de detalles los que aportan un relieve extra a lo cantado y los que nos permiten sentirnos muy cerca de su autora.

Pero no sólo las letras demuestran un destacable crecimiento autoral, sino también el sonido, que aunque explota menos volcánico, más controlado, muestra a una Van Etten que madura las ideas ya puestas en práctica en “Epic” ejecutándolas con una discreción y un estilo encomiables. En este sentido, resulta definitiva la construcción implosiva de la magnífica “I’m Wrong”, algo así como el anticlímax absoluto del disco antes de cerrar. Musicalmente, lo único que no acaba de reventar como podría son los temas que ocupan la mitad del metraje ( “In Line”, “All I Can”, “We Are Fine”), temas que se quedan a medio camino de alcanzar el gran logro que sí conquista el resto del álbum: el abrazo rock desde el prisma de cantautora. Un apretón entre niveles expresivos que por momentos debería sentirse más rotundo y compacto, debería hacer más daño, y que quizá suena disperso, simplemente, por un dato revelador: el disco fue grabado a lo largo de 14 meses, tiempo que llevó a Sharon cuadrar las agendas de todos los implicados en el mismo. En cualquier caso, y sin miramientos que valgan, “Tramp” es una dulce catarsis.

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