Tragicomedies Tragicomedies

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Rudi Zygadlo Rudi ZygadloTragicomedies

7.8 / 10

A veces no es suficiente con ser el pionero, el primero en llegar. A veces un artista siembra una semilla, abre un melón que todavía estaba por catar, y cuando sólo quedan las pepitas llega algún advenedizo con mejor prensa y contactos más afinados, y echa por tierra todo el trabajo que el primero había realizado; le condena a convertirse en “ese tipo” que ha crecido a la sombra de otro de manera injusta. Al escocés Rudi Zygadlo le puede suceder algo así: cualquiera que se enfrente a “Tragicomedies” en frío no tardará en establecer paralelismos entre su música y la de James Blake. Y no le faltará razón, porque ahí están esas voces manipuladas, sometidas al trémulo capricho de armonizadores y vocoders; esas voces que añaden una cualidad ultraterrena a unas bases que beben del dubstep, sí, pero que en realidad guardan muchos más débitos hacia el soul, el funk y el pop de lo que muestran en su superficie. Y también porque ahí están esas producciones laberínticas y entrecortadas, que parecen siempre a punto de romper el tempo, que quiebran el tiempo a su antojo, que tienen la rara virtud de sonar, a la vez, marcianas y poderosamente familiares. Y sin embargo, la realidad es que de algún modo Zygadlo se anticipó a Blake: unos cuantos meses antes de que el segundo asombrara al mundo con su distópica versión de Limit To Your Love, el escocés ya había lanzado a las calles “Great Western Layment” (2010), un disco-rompecabezas tan irregular como fascinante, que pasó desapercibido para gran parte de la crítica y para casi todo el público. Nada de lo que sorprenderse: por utilizar un símil jazzístico (y siempre salvando las distancias), podríamos decir que Blake es un poco como Don Cherry, un tipo capaz de articular un discurso altamente experimental, pero que prefería mantener un pie anclado a una cierta noción del mainstream, desde la que resultaba más fácil encontrar el favor del público y garantizar esos bolos con los que mantener a la familia y pagar los vicios. Y Zygadlo en aquel momento se acercaba más al modelo de Albert Ayler: un músico tan entregado a su arte que carecía de red de seguridad. Que era capaz de alcanzar la gloria y de besar el barro en un mismo disco. Que no tenía problema ninguno en romper su canción y su instrumento, en abrazar el caos, si de esa manera alcanzaba sus (impenetrables) objetivos.

Por fortuna, “Tragicomedies” rebaja el nivel de esquizofrenia que atenazaba a su predecesor y escoge una perspectiva mucho más domesticada y asequible. Más centrado y limpio, más cuidadoso con el sonido, sigue manteniendo el gusto por el detalle estridente y la producción enrevesada, pero no permite en ningún momento que el detalle freak se coma a las canciones. Antes bien, sabe cómo hacer encajar fragmentos musicales de procedencia muy distinta (a veces a martillazos, eso sí) para dar forma a auténticas torch songs, que igual abusan del R&B (la estupenda “Russian Dolls”) que se acercan al doo wop ( “Waltz For Daphnis”) o tiran de un romanticismo de andar por casa ( “Tragicomedy”). Pero que, sobre todo, juegan a corromper formas clásicas: un juego que queda a la vista desde la inicial “Kopernikuss”, una balada para voz y piano, cuya magia tiene mucho que ver con la hábil introducción de pequeños desajustes del pitch y de alguna perversión digital. Es con estrategias de ese tipo con las que se completa un disco que no es del todo redondo –sigue resultando demasiado expansivo y disperso: a ratos da la impresión de que Zygadlo maneja tantas ideas al mismo tiempo que termina por abrumarse él sólo–, pero que se pega con cariño a la oreja y que, desde luego, contiene un buen puñado de temazos. Añadan a los anteriores la impresionista Melpomene, la delicada “Catharine” y ese brillante tramo final, que encadena “Waltz For Daphnis”, el soul futurista de “On” y la épica glam, a lo Bowie, de “Variously Made Men”, y convendrán conmigo en que “Tragicomedies” es un notable disco de pop, tan extravagante como adictivo.

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