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RYAT RYATTotem

5.2 / 10

No será difícil que dentro de unas décadas escuchar determinada música actual provoque carcajadas a los oyentes. Los creadores que han crecido al influjo de internet se encuentran con un gran dilema: por una parte, disponen de acceso ilimitado a todas las influencias y tecnologías musicales sin limitación geográfica ni temporal; por otra, la dispersión y el poco tiempo les impiden filtrar y asimilar todo ese chorro de información. Lo mismo que el exceso de comida nos hace gordos, torpes, lentos, el exceso de información nos vuelve atolondrados, acríticos, dispersos. Indudablemente, es mucho mejor poder tener la libertad de zamparse un gorrino hasta las pezuñas que pasar hambruna. Pero, sin duda, la cultura de la abundancia –al menos la digital, no es época de hablar de abundancia material– tiene como genuino producto a artistas con empanadas mentales mayúsculas. Como es el caso –al menos en este disco– de la filadelfiana afincada en California Christina Ryat.

RYAT nos sorprendió con “Avant Gold” (Obvious Bandits, 2011), un disco de electropop de autor donde los sintetizadores, por una parte, y unas armonías y voz con un punto clásico, por la otra, conformaban un sonido compacto pero fresco y algo experimental que incluso podría gustar a los fanes de Geneva Jacuzzi y demás electroduendes. Es por ello desconcertante encontrarnos con este “Totem”, en el cual las cosas se han enrarecido bastante. Primero de todo, la temática pagana del disco, donde cada canción se corresponde al “espíritu de un animal”, un mito que ya fue explotado en el revival folkie de la pasada década y que recuerda demasiado a esa plaga de músicos hippie/hipsters que tanto daño hicieron: CocoRosie o Devendra Banhart. Pero todo esto puede ser puro prejuicio si el fondo musical que se le da al tema es adecuado. Me imagino al Wolfgang Voigt de hace algunos años haciendo la versión teutona del asunto y saliendo airoso. Pero no es el caso. El disco es un pollo sin cabeza, va dando bandazos de un estilo al otro y no logra asentarse en ninguno: “Howl” recuerda a los momentos más llorones de Radiohead, con la típica subidita de octava al final del estribillo, mientras que “Invisibly Ours” es un tema folkie de voz rota y cuyos acordes de guitarra recuerdan a muchas de las canciones de la brasileña Joyce. Y ya no sé si desvarío cuando digo que “Object Mob” es algo Led Zeppelin, por la voz y por una especie de riff de guitarra. Por no hablar de los arreglos pseudo-orquestales que sazonan algunos de los temas. El único hilo conductor de todo este mejunje es el uso de bases electrónicas, con mucho gusto por el offbeat, como la mayoría del catálogo del sello Brainfeeder. Mi impresión es que hay un intento forzado de encajar en el sonido de este label californiano que, dicho sea de paso, siempre ha ido con la válvula de control de calidad algo desajustada.

Otro de los problemas del disco es que Christina no ha logrado controlar esa pequeña Björk que lleva dentro. Sí que lo hizo en “Avant Gold”, pero aquí explosionó y ha salpicado todo el álbum. Por ejemplo, en “Hummingbird” o en “Owl” no sólo evoca la voz de la islandesa, sino la estructura de sus canciones. Las cosas le habrían ido mucho mejor a la compositora pensilvana si hubiera incidido en el lado más ambiental del disco, donde usa la voz como textura. Escuchen “Seahorse”, un excelente tema: improvisado, libre y dinámico, en el que las armonías vocales son el perfecto contrapunto atmosférico al desmadre instrumental y que podríamos decir que es de jazz electrónico aunque no se le parezca. O el tema de título homónimo al álbum, que con sus voces superpuestas emparenta su música con la de Julia Holter.

En definitiva, un disco espeso y falto de rumbo de una cantante y compositora con una maldita fijación por la música del gnomo islandés. Y es una lástima, puesto que detrás de este fiasco hay horas de trabajo, una gran voz, y una buena dosis de talento… desaprovechado. Otros consiguen más con mucho menos.

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