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How To Dress Well How To Dress WellTotal Loss

8.4 / 10

No éramos muchos, pero nadie salió de allí indiferente –también hubo quien salió antes, sin comprender nada, como a veces también ocurre–. Era el escenario SónarComplex del pasado festival Sónar 2011, y Tom Krell coronaba un showcase del sello Tri Angle de la manera más inesperada: con todas las canciones pregrabadas, sin ningún tipo de apoyo escénico (por no decir banda, que tampoco había), y con la ayuda únicamente de un micrófono y una capacidad de aguante pulmonar capaz de rivalizar con la de Michael Phelps debajo del agua. Incluso la música importaba poco: Krell quería reivindicarse como cantante, como voz en estado puro, y su concierto fue de despliegue vocal, de matices cuidados, de un virtuosismo que se encuentra en muy pocas áreas de la música moderna, entre ellas el moderno R&B y el soul clásico (y el jazz). Tampoco tenía que sorprendernos: el sueño de adolescente de Krell era ser Justin Timberlake, y el primer disco de How To Dress Well consistía en eso, en una meticulosa y modesta manera de hacer R&B según la lógica autárquica del bedroom producer. Sus beats no eran tan relucientes como los de un Timbaland, y su voz sonaba asexuada y fantasmal, pero los referentes estaban claros. Krell no era un muchacho que se fuera a dormir con un disco de Boards Of Canada de fondo, sino más bien con uno de Mariah Carey.

Dos años después de “Love Remains” –editado originalmente en 2010 en el sello neoyorquino Lefse; meses después, ya en 2011, según la edición europea, y más difundida de Tri Angle–, Tom Krell ha vuelto a editar canciones, siempre y cuando no tengamos en cuenta el paréntesis orquestal de “Just Once EP” (Love Letters Ink, 2011), donde ya se incrementaba la potencia y preeminencia de la voz y se desarrollaba un tema que ahora es central en “Total Loss”, un álbum de título explícito que trata sobre la muerte de los amigos y la extinción del amor. Hay mucho simbolismo desperdigado por diferentes aspectos del disco –el cielo rosáceo, que es de atardecer, el preludio de la oscuridad; o el busto yacente de la portada, que da la idea de ruina y decadencia, incluso títulos como “When I Was In Trouble” que abre la colección de 11 canciones– que nos avisan de un Krell especialmente frágil, vulnerable y que se presenta sin ningún tipo de coraza. Ni siquiera se toma la molestia de envolver las canciones en misterio, y de las nieblas de Avalon hipnagógicas de “Love Remains” –que es un título preñado de esperanza; al final de todo siempre queda la posibilidad del amor–, de esos suaves remolinos de electrónica algodonosa que rebajaban la dulcificación de cada canción, HTDW ha pasado a utilizar la instrumentación como un apoyo puntual y efímero de sus melodías y sus falsettos puntiagudos. El productor de dormitorio ha dejado paso al piquito de oro, y ahora Krell canta, canta libre, y su registro se extiende desde Prince ( “& It Was U”) hasta Boyz II Men.

El contexto también ha cambiado mucho. Cuando apareció “Love Remains”, aún no había un debate abierto dentro del R&B que indicara la exploración de nuevos caminos. Era un género estancado que aún tenía como referentes a Brandy y Pharrell Williams. En 2011, en cambio, Frank Ocean y The Weeknd comenzaron a derribar los muros estéticos y sociales, el R&B se vistió –se vistió bien– con nuevos asuntos, nuevos sonidos, nuevas actitudes y nuevo público, y de aquella mini-revolución indie Tom Krell ha salido como un pionero, como un síntoma previo que ahora puede reclamar su lugar de privilegio con la cabeza alta. El hombre herido, que va más allá de historias de conquistas y derroche de ego, del champán y los condones, que sufre en silencio, al que le duele el amor y le asusta verse solo: HTDW encarna a la perfección ese arquetipo y lo desarrolla de manera ideal en paralelo con su sonido, con lo que ha vuelto a dar con un álbum de escucha privada y recogida, un disco para corazones perdidos en el encierro de su habitación, temerosos ante el dolor del mundo exterior. Hay menos ritmos elaborados que antes, pero hay más cuerdas elegantes ( “World I Need You, Won’t Be Without You (Proem)”) que dibujan una medianoche de blanco satén; hay fantasmagoría, pero sin la opacidad de antes ( “Struggle” suena como una ascensión celestial), y hay mucho virtuosismo vocal: Krell alcanza registros agudos difíciles para cualquier voz mediocre (ojo a “Talking To You”), y sabe sostener las notas más difíciles con la habilidad de un castratto, como un Farinelli del R&B –en comparación, el registro de Abel Tesfaye, de The Weekend, es más mezzosoprano, sin tanto brillo en los picos–.

La primera impresión de “Total Loss” es que hay menos misterio en comparación con “Love Remains”, menos enrevesamiento en la producción, un uso desaprovechado de las texturas electrónicas (todo suena envolvente y calmado, sin borrascas). Pero a medida que se escucha, las canciones relucen con un halo tibio de belleza que se va reforzando conforme uno se acostumbra a su sinceridad, y la magnificencia en sordina del conjunto arrebata –como también lo hacen momentos de complejidad técnica como “Say My Name Or Say Whatever”, donde superpone su voz angelical a unos punteos de notas minimalistas, en lo que podría ser el primer y único encuentro entre R. Kelly y Steve Reich. Además, de entre su construcción aparentemente prosaica va emergiendo una lírica dirigida a quienes están realmente perdidos y anhelando una salida del laberinto, esa gente, tras perder el miedo, mira en su interior para examinar de manera sincera sus flaquezas, miedos y miserias. Es lo que hace Krell consigo mismo, y es lo que hace Krell por los demás.

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