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Boards Of Canada Boards Of CanadaTomorrow's Harvest

9.1 / 10

Boards of Canada tienen una habilidad única para conseguir que la imaginación traduzca sus sonidos en paisajes. Cuando escuchas cualquier disco del dúo, parece como si miraras a través de una ventana con un extraño filtro de color y una ligera curvatura distorsionadora en el cristal –una especie de Instagram avant-la-lettre–. Y cada uno de sus discos, salvando “Music Has The Right To Children”, que parecía ser una superposición de diferentes escenarios fuera de este mundo y de este tiempo, se corresponde con nociones de vegetación, aridez o frescor. En 2000, el EP “In A Beautiful Place Out In The Country”: música de campiña, música verde, arbolada sin resultar tupida, un lugar sombreado y rico en agua, como las highlands escocesas. Dos años después, “Geoggadi” transformaba ese rincón nemoroso y casi paradisiaco en una alucinación anaranjada habitada por seres de otra dimensión, por dáimones y espectros, cubierto por el manto ennegrecido del crepúsculo, revelando la deuda de Boards of Canada con la tradición británica del folk psicodélico y con la magia (mejor dicho, the magick) y la tradición oculta que ha existido desde hace décadas en los subterráneos de la música de las islas, y finalmente “The Campfire Headphase”: un trabajo en el que, del verano y del otoño, se pasa a una especie de invierno seco. El último disco de Boards of Canada por ahora (2006) no convenció a algunos fans por el dificultoso camino que obligaba a recorrer su último tramo, la música parecía quemada por el sol, yerta y yerma, pasaba del verde pálido al amarillo desteñido en muy poco tiempo. De “The Campfire Headphase” se recuerda “Dayvan Cowboy”, pero no mucho más: el resto era como penetrar un espacio infinito y seco, como el desierto de Mojave, sin volver la vista ni los pasos hacia atrás, en busca de espíritus.

Curiosamente, la ‘fiesta’ de lanzamiento de “Tomorrow's Harvest” se celebró en Mojave, donde un sound system instalado en una zona rocosa ideal para hacerse ‘un Gerry’ transmitió los cuatro primeros temas del álbum. Y siguiendo ese hilo invisible que conecta tecnología con naturaleza casi virgen, y lo bucólico con lo daimónico –en Boards of Canada la realidad es intuitiva, inasible, circula por conductos más propios de lo espiritual que de lo físico–, esta transmisión de los hermanos Sandison suena a nueva estación, la del florecimiento y el reverdecer; en definitiva, a primavera, y precisamente por eso bien titulada como ‘La Cosecha de Mañana’, porque sugiere nacimiento y crecimiento y un futuro estado de plenitud natural. Si apreciamos cómo comienza ( “Gemini”, prologado por la sintonía de los documentales del National Film Board of Canada de la que Michael y Marcus tomaron su nombre), veremos que la música arranca comatosa, como saliendo de una larga hibernación, arrastrando notas de sinte con efecto de flanger, sin beat todavía, para inmediatamente germinar en “Reach For The Dead”, que fue el primer tema completo que nos presentaron tras su alucinante campaña de teasing, reciclando viejas obsesiones como la numerología, los enigmas cabalísticos y el concurso del azar. Y en “Reach For The Dead” la flor se abre, la planta crece y el paisaje se puebla de color, poco a poco. Es el típico sonido analógico, expansivo y reconfortante de Boards of Canada, aquí con una textura tibia, como los primeros rayos de la mañana. Vuelve a ser música bucólica y, según como se mire, incluso el cierre de una tetralogía de los ciclos del sol, sus particulares ‘cuatro estaciones’.

Sólo con esto, “Tomorrow's Harvest” esquiva cualquier posibilidad de frustración. Es imposible que el nuevo álbum, tras siete años de espera y de silencio casi benedictino, decepcione a nadie que en algún momento de su vida haya amado a Boards of Canada, pues demuestra la habilidad del dúo, una vez más, para sonar a ellos mismos –prolongando la línea con la que se dieron a conocer entre los ultras de la IDM en 1996 con el pluscuamperfecto “Hi Scores EP” (Skam)– y, a la vez dar algo nuevo, distintivo. Si “Music Has The Right...” era el equilibrio entre evocación nostálgica, el paraíso perdido y una geometría avant-techno totalmente audaz, “Geogaddi” una incursión en el lado oscuro de lo pastoral y “The Campfire Headphase” una búsqueda del vacío (que siguiendo con los símiles neo-platónicos, era como el abandono del mundo de aquellos eremitas de los comienzos del cristianismo, que se perdían en el desierto, vivían en columnas o cuevas y se alimentaban de langostas como medio de búsqueda de Dios), aquí tenemos la reactivación del ciclo y una vuelta al principio. Comparativamente, “Tomorrow's Harvest” es el título de Boards of Canada que más se acerca a “Music Has The Right To Children” y a su secuela, “In A Beautiful Place Out In The Country” –sólo hay que escuchar “Cold Earth”, que parece sacada de aquellas sesiones–: conserva los paisajes amelocotonados e inocentes y a la vez tiene más fases rítmicas que todo el material (poco) publicado en los últimos once años. En este sentido, la clave está en el uso del arpegio: la mayoría de las piezas tienen una estructura envolvente y circular, conducida por ciclos repetitivos breves, constantes, que parecen desovillarse de la misma manera en que lo hacían, años atrás, las piezas electrónicas de John Carpenter y los Tangerine Dream de “Risky Business”; mucho ojo con “Collapse”, “White Cyclosa”, “Transmisiones Ferox” (que suena por momentos más a los Basic Channel de los últimos maxis experimentales que a materia cósmica) y “Split Your Infinities”.

El uso del arpegio como adorno y como conductor narrativo puede interpretarse como una pequeña derrota en el sentido de que en los últimos tiempos –siendo el caso de Oneohtrix Point Never el más evidente de todos–, los jóvenes defensores de la causa planeadora y kosmische han citado incansablemente a BoC como influencia principal. En obras maestras de Daniel Lopatin como “Returnal” o casi todo el material incluido en “Rifts”, el ambient suspendido de los interludios de “Music Has The Right To Children” se reutilizaba con muy buen criterio y resultados fantásticos, y podría decirse que ha sido el propio OPN quien le ha dado la vuelta de tuerca y el matiz evolutivo a un formato musical que por entonces estaba en punto muerto, abandonado por sus propios padres. Al hacer Boards of Canada lo mismo parece como si reconocieran que les han adelantado por la izquierda, y sin embargo también es su forma de demostrar que nadie puede hacer todavía mejor música que suene a Boards of Canada que los propios creadores del invento. A lo largo de todo el álbum, los diferentes estados de ánimo característicos de toda su carrera –el repunte rítmico que parece que va a desembocar en un beat vagamente bailable como los de “Hi Scores”, esa voz lejana que suena como a punto de romper a llorar, la nota ambiental que flota como aire muerto, la melodía que recuerda al momento más bello e imborrable de la infancia, todo tintado de colores apagados o sepia– se van sucediendo con una lógica aplastante, una depuración estética exigente y sin un sólo momento mediocre.

El único problema de “Tomorrow's Harvest” sería uno que ya existía en “The Campfire Headphase”: en momentos en los que el pensamiento va por un camino distinto al de la música y se pierde la concentración profunda, la música huye y te abandona (algo que, por otro lado, es una de las virtudes del mejor ambient: existir y ser bello sin necesidad de que se le preste atención, como un Renoir que colgara de la pared del pasillo mientras estás en otra habitación). Esto no ocurría tanto en los dos álbumes primeros, donde la fuerza de la música era tan intensa que te agarraba del cuello y te tenía en vilo durante casi 70 minutos. Aquí hay más evanescencia, momentos en los que se puede dejar de mirar el paisaje para perderse en él (como en un sueño o un trance) y regresar cuando convenga. Y eso es un punto débil sólo hasta cierto punto, porque la escucha atenta resulta aún más satisfactoria. Contra el deseo de cuatro agoreros que deseaban que este disco fuera un fiasco, “Tomorrow's Harvest” responde con hechos: es un título de Boards of Canada con todos los rasgos que exigen los fans, continuista pero no acomodado, sublime en muchos momentos y que sigue siendo como jugar una partida de “Mist”, siempre en el mismo mundo de fantasía, pero descubriendo nuevos paisajes, otros colores en cada nueva pantalla, colocándose a prudente distancia por detrás de “Geogaddi” en su canon particular. Si “Music Has The Right To Children” es un 10 rotundo (junto con “Untrue” de Burial, el mejor disco electrónico en tres lustros, tirando corto) y “The Campfire Headphase” un 8 bajo, calcular la nota de esta nueva joya de la corona es una mera cuestión de regla de tres. Más allá de los números, dos palabras: maravilloso y gracias.

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