Time To Die Time To Die

Álbumes

The Dodos The DodosTime To Die

7.8 / 10

The Dodos  Time To Die WICHITA / COOP SPAIN

Asumámoslo: ser raro vende. De ahí que la rareza esté tan extremadamente sobrevalorada que ser normal sea peor que andar por el mundo contagiando a ancianas en estado terminal con el virus de la Gripe A. Lo raro vende, y solo un loco o un imprudente diría que un concierto de Animal Collective le ha parecido un ladrillo –el del pasado Sónar, sin ir más lejos–, que la mitad de habitantes del planeta weird harían mejor en buscarse otro trabajo o que lo que se vende como folk raro empieza a ser una plaga solo comparable a las langostas bíblicas o, qué se yo, el post-rock.

Sirva todo esto para explicar la tibieza con la que algunas publicaciones han despachado el regreso de The Dodos argumentando que los de San Francisco han sacrificado sus raíces para sonar más dóciles y, digamos, accesibles. Y aunque algo de esto sí que haya –sonido más limpio y ordenado, desaparición casi por completo del característico repiqueteo espídico en los laterales de la caja de la batería–, “Time To Die” es cualquier cosa menos un disco tibio. Es, no hay duda, diferente a “Visiter” (2008), pero no por eso menos atrevido y vibrante.

Para entendernos: si “Visiter” picoteaba del frenesí rítmico de Animal Collective y las guitarras se entretenían centrifugando el folk con tirabuzones imposibles y embestidas encabritadas –recuerden “Fools”, por ejemplo–, “Time To Die” persigue la estela de los mejores The Shins –o sea, los de antes de “Wincing The Night Away” – y deja el camino repleto de mullidos ganchos pop a los que se agarran canciones como soles que no le hacen ascos ni a las pinceladas psicodélicas ni a repentinos accesos de cólera más o menos domesticada. Así, quienes esperaban nuevas versiones de “Jodi”, “Walking” o “Winter” se encontrarán aquí con canciones bien vestidas y mejor peinadas como “Fables”, “Two Medicines” o esa delicia que es “The Strumbs”. Todas ellas, faltaría más, arregladas con sus coquetos juegos de voces y sus sutiles enredaderas instrumentales.

Se nota que les siguen pirrando las melodías abolladas, los caminos ligeramente retorcidos y ese aroma como a western disfuncional que impregna “Acorn Factory”, pero ya sea por la incorporación del vibráfono de Keaton Snyder o por la producción de Phil Ek, hombre en la pecera de Built To Spill y Fleet Foxes, todo suena aquí más ordenado y brillante. Incluso la explosiones rítmicas de “Company” y “This Is A Bussines”, con las percusiones tomando el mando y cabalgando a lo loco, se acaban distanciando del zafarrancho de “Visitor” para instalarse en una nueva y soleada perspectiva del indie americano.

David Morán

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