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Shackleton ShackletonThree EPs

8.8 / 10

Shackleton  Three EP’s PERLON

Al decidir Sam Shackleton y Laurie Appleblim que la andadura del sello Skull Disco había llegado a su fin, se abrió una incógnita que a los que hemos seguido con pasión el devenir del dubstep –y sus afluentes– nos dejó temporalmente en jaque. ¿Y ahora qué? No es que se abriera una grieta en el suelo bajo nuestros pies, al estilo 2012, y se asomara el infierno a decir hola. Pero la música de Shackleton –y no tanto la de Appleblim, que rápidamente comenzó a escorarse hacia el dubtec con extra de texturas berlinesas, y en el ínterin ya había abierto el sello Apple Pips para variar el registro estilístico sin afectar la línea de Skull Disco– es difícil de desligar de la marca en la que su música se hizo mayor y una de las más aventureras de la electrónica que pasa de puntillas por las puertas de los clubes. El diseño de las carpetas tenía mucho que ver, con esos dibujos primitivistas de entierros ceremoniales, ritos paganos del África negra y cuerpos grotescos que danzan y se humillan ante un dios olvidado: tenía que ver porque multiplicaba el miedo, porque ese trasfondo ritual tanto puede ser antropológico como un mensaje en clave para adoradores de los dioses arcanos de H.P. Lovecraft. Y aunque Shackleton siempre le ha quitado hierro a esta simbología y a la posible carga intelectual de su música, toda ella es misterio pagano, miedo atávico y ciencia rítmica. Sin Skull Disco en juego, no es lo mismo.

Y, sin embargo, fuera de Skull Disco el neblinoso Sam mantenía las constantes vitales altas: en Mordant Music, en Crosstown Rebels, o remezclando a Simian Mobile Disco o Villalobos, en aquel “Vasco EP” en el que le devolvió al chileno el favor debido por el remix apoteósico de dieciocho minutos que le sirvió para “Blood On My Hands”, primera fase de asentamiento y ganancia de crédito para el entonces germinal híbrido entre dubstep y minimal techno. Desconectado del núcleo duro del dubstep –sin ser un paria–, empezado a ser superado por la escuela de Bristol, y sin un sello fuerte como Skull Disco, que con doce referencias hizo historia, Shackleton tenía dos opciones: o reinventarse o desaparecer. Al final hizo las dos cosas, o ninguna, pues las hizo a medias. 2009 ha sido prácticamente un año sabático para el londinense, que sólo hasta llegado octubre firmó por fin este regreso en uno de los sellos que, bien pensados a priori, mejor le podrían haber sentado: Perlon, el último refugio del genuino microhouse, la marca que aborrece el mp3, que cuida el vinilo como nadie, y en la que se encuentra menos mierda que en un quirófano, podría ser buen lugar para Shackleton siempre y cuando reafirmara su traspaso sutil a las huestes del circuito techno. Y ahí es donde está la reinvención, en desesdubtepizarse paulatinamente –sin perder ningún rasgo distinguible– y reforzar la escarcha technoide, ese punto frío, clínico, que siempre le ha venido a Shackleton como anillo al dedo.

Aclaración justificada: “Three EPs” no es triple maxi, sino álbum. El título es del todo circunstancial, porque este material nunca se ha publicado por separado ni era la intención –no es, por tanto, como el “Vasco” (2008) de Villalobos también en Perlon, que la versión CD llegó a modo de reunión de dos largos EPs previos en plástico. El CD de esta puesta de largo es simultáneo al triple vinilo, porque ya está entendido como obra larga, mayor, a pesar de que no tenga la unidad de álbum –el viaje, las intros y la narrativa– y sí la de colección de temas independientes. Si no fuera disco extenso, tampoco debería serlo el santificado “Vocal City” (Force Tracks, 2000) de Luomo, que aquel sí fue recopilación de tres maxis precedentes. La aclaración no es baladí, porque a la hora de juzgar esta disco se debe aplicar el baremo de las grandes ocasiones, hay que sacar la balanza de oro para situar las bondades en uno de los platillos y los deméritos en otro. ¿Hacia dónde se inclinará el fiel? Leída la nota arriba, ya se entiende que hacia la gloria, pero es imperativo explicar por qué.

Shackleton tenía (tiene) un sonido distintivo: el de la percusión picada, con extra de platillos y golpes triturados, con aire oriental, como sacada de tambores tradicionales de Anatolia, el Sinaí y las cuencas del Tigris y el Éufrates. La intención antropológica y arqueológica de Shackleton –que no la política, pese a títulos, antaño, como “Hamas Rules”– le conducía a oriente próximo, a su folklore, y por extensión al del mundo árabe y al de la cercana India. En “Three EPs”, nada de eso ha cambiado: el tintineo meticuloso de la percusión, de las cajas huecas y los bombos con filo, y todo ello acompañado a paso lento por unos bajos que estallan, obesos, como bombas H, es puramente Shackleton. Lo hacía en los maxis de Skull Disco, lo hizo en directo en Sónar, y sigue siendo su sello personal en estas nueve piezas en las que, como detalle distintivo, se aprecia un dinamismo más ágil, una mayor elasticidad del sonido. Más luz, también: “(No More) Negative Thoughts” podría ser una declaración de intenciones por el título –no lo es; aquí el mal rollo impera–, pero lo cierto es que tiene un punto de ventilación que ayuda a que las voces guturales – “cancel cancel”, dicen, y se te quedan en la garganta como un filo de cuchillo– asusten poco y la compresión del sonido aplaste menos. “Three EPs” o es arenoso, como un desierto de noche y sin luna, o es frío como una tundra, con vegetación mínima y a pocos pasos del frigorífico polar: “Let Go” rebana como un cristal recién astillado, e “It’s Time for Love” incluso apunta ideas de electroacústica y hardcore entre oleadas de dub pantanoso e infestado de mosquitos.

El resto del álbum se mueve entre esas sutilezas. Es el dubstep de película de terror psicológico de los primeros maxis –aquí encontramos esa chispa del mal en los graves intensos de “Moon Over Joseph’s Burial”, que caen como ganchos de derecha contra la mandíbula de un púgil, o en “There’s A Slow Train Coming”, que avanza hiperlenta entre ráfagas espaciales que bien pudieran ser library music para un giallo italiano, un tipo de banda sonora de los setenta que hay quien observa como un nuevo pozo del que sacar inspiración nostálgica para nuevas texturas futuristas para el techno de ahora–; y también es el dubstep de percusión alucinada, renqueante y religiosa que tan bien asume las ideas del llamado ‘fourth world’ –la música del primer mundo recreando la del tercero– que formuló años ha Jon Hassell y que tanto calaron en cierta escuela industrial, con nombres como Coil de avanzadilla, y de la que sin duda Shacketon bebe algo, o mucho, según cuánto quiera confesar. La conclusión es que el álbum, lejos de amilanarse ante el cambio de hábitat y su transplante en un sello techno –y “Three EPs” de techno tiene bastante, aunque sólo en la superfície, por el color gris metalizado y el tacto de hielo–, sale airoso gracias a que se produce el milagro: es el Shackleton de siempre con la semilla de las ideas que darán forma al Shackleton del futuro.

Javier Blánquez

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