Thistled Spring Thistled Spring

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Horse Feathers Horse FeathersThistled Spring

7 / 10

Horse Feathers  Thistled Spring KILL ROCK STARS

En terrenos folkies, hablar de música clásica (o “culta” o “erudita”, como se empeñan en llamarla ahora) es enfangarse hasta las rodillas en un charco de lodo con el consiguiente riesgo de resultar, en lugar de un artista sentido que abre su corazón a aquél que quiera comérselo, un pastel de los de cumpleaños que puede atragantarse incluso en los paladares más ciegos. Justin Ringle es el responsable de coger al toro por los cuernos y atreverse a enrollarse en plástico de embalaje (de los que no tienen burbujitas que apretar y hacer explotar) y hacernos la apuesta del mes: ¿puede alguien tan meloso como Ringle meterle contrabajos, violas y violines al asunto y salir airoso? Respuesta: con lo nuevo de Horse Feathers nos ocurrirá lo mismo que si le decimos a alguien que no piense en un Elefante Rosa. No lo conseguiremos.

A pesar de esto, la belleza y la depresión lírica potencian un sonido majestuoso y diáfano que en el fondo se hace adictivo, como hace un tiempo ocurriera con Edison Woods o Dakota Suite. Podremos poner el disco y no nos daremos cuenta de cuando haya acabado. No molesta. Es un hilo musical folkie-campestre de gran definición y calidad. La mezcla orquestal con piano siempre será una buena elección (“ Thistled Spring”) y podemos añadirle color country al conjunto con unos buenos banjos (“ Starving Robins”). Estamos ante un disco que, a sabiendas del pantano cenagoso donde se mete con la orquestación, intenta por todos los medios salir a flote con cambios de marcha (“ Belly Of June” pone la cuarta y “ Cascades” la segunda y al ralentí) y con una sobreproducción para darle más vigor a un cancionero que, precisamente, se resiente por no saber muy bien si abandonarse a las musas orquestales o tirar por el lado light del noise que puede lograr una banda como Horse Feathers. Escuchamos una serie de progresiones instrumentales en “ The Drought”, “ Vermonia Blues” y “ The Widower” que no van a ninguna parte (ni nos van rompiendo el corazón in crescendo ni nos embelesan estéticamente). Es más, en algunas ocasiones, rompen arrebatos prometedores (en “ Cascades” hubiera estado bien un giro atonal como los de Nina Nastasia, en “ This Bed” la intimidad se rompe como un huevo frito mal hecho y en “ The Widower” los aromas Jeff Buckley son tan insostenibles como deseables de más progresión). A todo esto, Ringle canta como quien cose, poco a poco y suave como el terciopelo, pero sin salirse del único registro en el que, al parecer, su voz se siente segura. En ocasiones intenta sobrevolar este oasis de paz que es “Thistled Spring” (en “ The Drought”, por ejemplo), pero parece que hubiera alguien en el estudio de grabación, quién sabe, el mismo Ringle, una musa de derechas, o uno de los protagonistas de sus canciones, muñecos con el corazón partido, interesado solamente en regodearse con su dolor, un dolor que, siendo justos, es también atractivo, aunque le falta locuacidad.

¿Por qué escucharlos, entonces? Bien: prometen lo que ofrecen (ya desde la portada, una fotografía de ramas y hojas en perspectiva contrapicada, ribeteada por sombras acechantes). Son demasiado adorables. Son inofensivos. A alguien le podrá parecer un recurso demasiado dramático. Pero las historias de desamores siempre han existido y se han llevado la taquilla por delante. Por algo será.

Jordi Guinart

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