Third Mouth Third Mouth

Álbumes

Alexander Tucker Alexander TuckerThird Mouth

7.4 / 10

¿Cómo puede hacerse alguien cada vez más pequeño, a la vez que se expande de forma infinita hacia el universo? Puede parecer una paradoja, pero no para Alexander Tucker, un veterano de los márgenes off-rock que, desde que despegó en solitario –olvidando sus tiempos en Suction y Füxa, y colaborando sólo ocasionalmente con amigos cercanos como Stephen O’Malley–, ha grabado con este “Third Mouth” un total de seis álbumes en los que se advierte una progresión hacia la universalidad y la oxigenación, cada vez más airosos, a la vez también que las canciones se perfilan más precisas y las melodías más certeras. Dicho de otra forma, a medida que se iba proyectando hacia una forma cósmica del folk, Alexander Tucker ha sido capaz también de afinar su visión pop. Y estas canciones, que se perciben cercanas en el primer plano, son también como una onda expansiva diluida y transparente cuyo final no advertimos. Y por eso su efecto es tan balsámico.

Estos rasgos ya se apreciaban en sus últimos discos, los más cercanos en el tiempo: “Portal” (ATP Records, 2008), era una opción de folk avantgarde que me recordaba mucho en su momento a los momentos pastorales de Jim O’Rourke, esa combinación audaz de drones, guitarras de 12 cuerdas al estilo de Robbie Basho y actitud bucólica. A medias entre ATP (Europa) y Thrill Jockey (América) se editó “Dorwytch” (2011), y ahí se sentaron aún más las bases de esta proximidad-alejamiento que cada vez parece mejor ensayada. El anterior álbum tenía algo de Nick Drake, una melancolía que se debatía entre la orquesta y la lágrima, y finalmente “Third Mouth” ha decidido tomar el camino alternativo de la expansión. Resulta fascinante el modo de instrumentar las canciones –por ejemplo “Mullioned View” o “The Glass Axe”–: Tucker canta con esa voz espiritual, casi pagana, que se identifica con las huestes más duras del acid-folk contemporáneo, y rasguea la guitarra con decisión, pero el grueso del sonido, el grano del mismo, está en la utilización de instrumentos que ofrecen reminiscencias medievales, como si todo fuera una letanía religiosa, una ofrenda a un dios olvidado.

La pulsión de este disco es misteriosa y dramática, los arreglos son inquietantes y aún así la voz de Alexander Tucker consigue aplacar los miedos y conferirle calma a todo, como en “Window Sill”, que es la típica canción alumbrada por el sol, para ir a recoger margaritas, aunque nunca se consigue esa paz absoluta porque siempre hay un ruido, un sample, un arreglo desafinado y abrupto –o finales inciertos como el del mismo tema, con carillones, sonidos de agua y acordes difusos– que vienen a sellar la orientación experimental del trabajo, marcando territorio –por momentos, no puedo dejar de ver a Tucker como la versión folk del Jason Pierce de los mejores años de Spiritualized, sin drogas–. Y a la vez que dramática y misteriosa, es una pulsión expansiva que se infla y se desinfla: cuando parece que está demasiado cerca de lo terrenal, algo –una guitarra doblada, un silencio, un giro de la voz– consigue propulsar la canción hacia la estratosfera; cuando está muy lejos, la propia canción se contrae para operar a una escala humana, respetuosa con los misterios de lo insondable, y por tanto indecisa ( “Sitting In A Bardo Pond”).

Desgraciadamente, parece que nada va a sacar a Alexander Tucker de su condición de artista para minorías exquisitas y algo raras. Que sus canciones se perfeccionen no implica que se hagan más accesibles ni comuniquen cuestiones triviales; de hecho, pese a su proximidad es el alejamiento cósmico lo que puede más, como una confirmación post-folk del efecto Döppler. Y es lícito sospechar que su próximo movimiento sea todavía más radical, aireado y preciosista. Música única para gente única.

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