The World Is A House On Fire The World Is A House On Fire

Álbumes

Zelienople ZelienopleThe World Is A House On Fire

7.8 / 10

A lo largo de siete discos (mas algún capricho en forma de single, descarga digital o banda sonora), Matt Christensen ha ido dando forma a un universo propio en el que todos los sonidos parecen deshilacharse delante mismo del oyente. Un universo de canciones en descomposición, tocadas por una tristeza abrumadora, que buscan su sitio en algún lugar perdido entre el folk, el ambient y el pop avieso de nocturnidad. No es casual que, al hablar de la música de Zelienople, siempre hayan sido moneda común las comparaciones con bandas afectas a la penumbra y el angst: bandas como los últimos Talk Talk y Bark Psychosis, cuyo rastro persiste en “The World Is A House On Fire”, en cortes como “Old Dirt” o “The Real Devil”).

Piezas fundamentales en la construcción de esa deriva climática han sido las baterías y percusiones de Mike Weis, delicadas máquinas rítmicas repletas de sutilidad, en las que abundan las escobillas y las caricias metálicas, y los bajos y vientos envueltos en vapor que destila Brian Harding. Dos escuderos de lujo que se han encargado de dar forma a esos mantos magmáticos e indescifrables, que laten con morosidad en la parte trasera de las canciones de Zelienople, dando cancha al jefe para que esparza por encima guitarras fragmentarias y aletargadas, y también su voz, que desgrana pérdidas y frustraciones con una parsimonia que tiene más que ver con la afectación (con un dolor tan grande que no le cabe en la garganta), que con la estricta narrativa, a menudo arrinconada en favor de piruetas metafóricas. Es junto a ellos como Christensen ha podido trazar ese viaje a lo más profundo de sus particulares zonas oscuras, a ese agujero del que ha ido extrayendo una sucesión de títulos cada vez más inspirados, y cuyo culmen se encuentra en “His/Hers” (2007) y “Give It Up” (2009), dos discos cuya compacidad y redondez (sobre todo en el caso del segundo) parecían sugerir un final de camino. Porque, ¿cómo es posible seguir extrayendo material de un pozo cuya veta más rica parece agotada?

La respuesta, en este caso, consistía en buscar refuerzos: en “The World Is A House On Fire” el trío original se crece con la presencia de Donn Ha, un tipo capaz de extraer lamentos fantasmales de un sintetizador, capaz de manipular grabaciones de campo con las que potenciar los tonos lúgubres, el aire de extrema melancolía, que las canciones de Christensen exudan. Su presencia, fundamental, se intuye desde los primeros compases del disco: arranca “The Southern” con un fondo de reverb sobre el que la guitarra ensaya unos acordes, se unen bajo y batería, marcando un tempo cercano al jazz, y justo después se levanta un muro de voces sintéticas, un coro ultraterreno que añade misterio y profundidad a la (ya lúgubre de por sí) letanía vocal.

La misma fórmula de siempre, es decir, sólo que mejorada y expandida: con mayor libertad formal (lo que se traduce, curiosamente, en canciones con los bordes más informes, en una masa instrumental más desvaída), con más espacios para respirar, con más espacios para ahogarse. Y el resultado son canciones que arden a fuego lento, ancladas a un ritmo que funciona como una máquina en sordina ( “The Real Devil”); canciones reducidas a un esqueleto que apenas se puede tener en pie ( “Chemist”); canciones que miran al cielo desafiantes, trazando una épica de andar por casa ( “Island Machine”), que buscan la belleza en el interior de una fruta podrida ( “Colored”), que hipnotizan y fascinan ( “Old Dirt”). Termina “Out Of It” con un crescendo de ruido, que rompe en el último minuto el embrujo climático construido, con paciencia infinita, a lo largo de todo el disco. Que se torna incluso molesto justo antes de desaparecer, haciendo que ese castillo de naipes marcados que es “The World Is A House On Fire” sucumba ante el sonido de las trompetas del juicio final, dejando al oyente a solas, desvalido ante la insoportable carga emocional que arrastra el silencio tras una experiencia desgarradora.

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