The Whole Love The Whole Love

Álbumes

Wilco WilcoThe Whole Love

7.1 / 10

dBpm

El mayor reproche que se le puede hacer al flamante nuevo disco de Wilco es que arranca demasiado prometedor como para acabar siendo lo que es al final, una revisión efectista, bonita y muy bien parida de lugares ya recorridos en mejores momentos creativos de una de las bandas de rock más respetadas del planeta. El disco, en muchos tramos, suena a imitación de sí mismos.

El paso de los años ha ido sumando valor y repercusión a los tres grandes discos de Wilco ( “Summerteeth”, “Yankee Hotel Foxtrot” y “A Ghost Is Born”, aunque el que escribe siente especial devoción por el delicioso “Sky Blue Sky”). Con tanta tela a sus espaldas acercando la música de raíces americana a los tiempos que corren gracias a experimentos varios y de hondo calado, este “The Whole love”, primero autoproducido, ha sido uno de los que más expectación ha generado por el caché ya adquirido.

No está, sin embargo, al nivel que ellos mismos habían venido marcando, pero no lo está porque nos tenían (a excepción del homónimo y más pop último disco) acostumbrados a la excelencia. Tampoco está a la altura que prometen las dos canciones iniciales. La de apertura, “Art Of Almost”, nos adentra en un universo ruidoso y misterioso, extraterrestre, progresivo y con más efectos electrónicos que nunca y un deleite de riff final de Nels Cline que escalofriará en directo, a partir del cual uno se imagina que asiste a una reinvención de la banda. El contraste da más valor al siguiente tema, el single “I Might”, una sencilla fórmula que entra enseguida y a cualquier hora con unos pocos acordes, un bajo inflado y, sobre todo, un novedoso –para la banda– uso del órgano Hammond al más puro estilo The Doors.

Empieza a partir de ahí la irregularidad de un disco que parece regirse por una ley del péndulo: canción animada, canción lenta. Estas últimas, por desgracia, están más cerca de dar la razón a los que dicen que Wilco son un tostón que a los que sienten un cosquilleo en el alma con brutales medios tiempos como “Jesus, Etc”, “Either Way”, “Impossible Germany” o “Via Chicago”. La lenta y lineal “Sunloathe” no consigue despertar demasiadas emociones con sus diferentes cromatismos de teclado, entre ellos uno con cierto aire a cajita de música cuya melodía recuerda a “No Surprises” de Radiohead. Cumpliendo con esa especie de norma de alternancia, despierta a continuación “Dawn On Me”, prima hermana del single y por tanto perfecta (con su alegre silbidito tan country) para animarte en los auriculares la compra del Mercadona, ya que nunca conseguiste ligar en el supermercado como aquel amigo tuyo. Con acústica, mellotron y pandereta, la oscura “Black Moon” recupera cierta mística country. Y aunque tampoco es “Running dry - Requiem For The Rockets”, de Neil Young, sí es una buena canción, escuchable. Siguiendo la tónica de que las canciones alegres de este disco funcionan (ya dijo el propio Tweedy que no cree que haya que estar triste para componer buenas melodías), sonríe “Born Alone” justo antes de que “Open Mind” suba un pelín el nivel de las lentas a ritmo de canción triste del oeste a lo Woody Guthrie, al que los propios Wilco homenajearon junto con Billy Bragg en su incursión más country. “Capitol City” rescata cierto aire jazzie o cabaretero del “Sky Blue Sky”, antes de que “Standing O” arranque con una energía guitarrera y un ritmo acelerado que evoca directamente al “I’m A Wheel” de “A Ghost Is Born”. El inicio en falsete y el estribillo irresistible de “Whole Love” ayudan a que uno acabe de perdonar a Wilco por haber sacado uno de sus peores (y aún así notable) discos, pero el bucle excesivo de 12 minutos con los mismos cuatro acordes en la final “One Sunday Morning” le hacen a uno parar el reproductor antes de que se acabe, o bien pasar a los bonus-tracks, con mensaje incluido a las discográficas en “I Love My Label”, versión de Nick Lowe que ya fue cara B del single “I Might”.

Más guitarrero y aderezado que su anterior Wilco, aparentemente menos acomodado, “The Whole Love” resulta, sin embargo, más conservador en cuanto a lo que tiene de repaso de su trayectoria, tanto del crudo rock inicial como de las idas de olla y experimentos varios –con el Mellotron, el lap steal y otros fármacos– potenciados por el malogrado Jay Bennett en “Summerteeth” y la obra maestra “Yankee Hotel Foxtrot”, como de la irresistible combinación única de acidez y dulzura que resulta de la guitarra de Cline y la voz de Tweedy desde “Sky Blue Sky”. Pese a haber pasado muy buenos ratos escuchando el disco, la sensación más amarga que queda es la de haber atisbado un camino más arriesgado (en el primer corte) que finalmente Wilco no se han atrevido a tomar.

Germán Aranda

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