The Way Out The Way Out

Álbumes

The Books The BooksThe Way Out

9.1 / 10

The Books, The Way Out TEMPORARY RESIDENCE

Hay muy pocos grupos que sean un género en sí mismos. Pero sólo hay uno de ellos que, aunque no lo parezca, se aleja del elitismo. The Books escriben una música que parece para listos... equivocadamente. Lejos de resultar arrogante y encrestada, suena a lección magistral de musicología, a ganas de transmitir llanamente todo lo que el folk alambicado, el post-pop y la vanguardia experimental pueden dar de sí –que es mucho–. Nick Zammuto y el chelista Paul de Jong tienen ganas de contar historias, de decir cosas. En sus discos ofrecen todo lo que saben con generosidad, regalándolo sin pedir nada a cambio más que unos oídos con ganas de escuchar las extravagancias que se les pasan por la cabeza. Lo vienen haciendo de la forma más primorosa que conocen sobre todo desde el sublime “Lost And Safe” (2005), mejor disco de aquel año para la avanzada The Wire y trabajo con el que la pronunciada rigidez de sus largos anteriores comenzó a relajarse. The Books suenan desde entonces menos a laboratorio y más a reflexión, menos a científicos locos y más a poetas digitales. Allí se lanzaron a explorar un mayor empuje melódico que les alejaba de lo hermético, y también allí tomaron una decisión clave para alcanzar la total democratización de su sonido: la incorporación de la voz de Nick respaldando su frondoso collage de found sounds. La maniobra la criticaron quienes vieron en ella pura especulación. A ellos ni caso. The Books son no sólo aptos, sino obligatorios para todos los públicos.

A sus fans, claro, la jugada nos pareció redonda. Significaba la culminación de una madurez a la que –esto es lo mejor– todavía le queda mucho por decir. La incorporación de la balsámica garganta de Zamutto al encaje de sampleados no rebajó para nada la meticulosidad con que trabajaban los americanos; es más, precisamente permitió que sus canciones cogieran otro oxígeno y respiraran más a gusto. “The Way Out” pone de manifiesto esa idea presentándose como su trabajo más frontal y también como el más alcanzable. Sí, no hay que temer a la propuesta de The Books. Me quedó clarísimo en su reciente concierto en Primavera Sound, cuando, a regañadientes, convencí a cuatro amigos que no les conocían para que me acompañaran a verles. Media hora más tarde salían de allí con la boca abierta. En el escenario ATP el dúo presentó temas nuevos como “A Cold Freezin’ Night” –desde ya uno de sus clásicos– y demostró su inimitable virtuosismo, el reservado a los verdaderamente únicos. Poco después daban a conocer otro adelanto del disco, la gloriosa “Beautiful People”. Con ella algunos empezamos a salivar sobre lo que se presentía como la demostración en pleno de todas las habilidades del grupo. Y así ha sido. The Books hacen fácil lo difícil, fascinante lo incongruente, y “The Way Out” es la prueba definitiva. Aunque ninguna de sus canciones tenga nada que ver con las demás, aunque cada una sea de su padre y de su madre, la genética y la dialéctica interna de este álbum, siempre sensual, nunca postiza, apunta hacia la única solución posible para un rompecabezas a priori imposible de construir.

Es éste su disco más duradero e insaciable, el más largo y profuso en elementos y movimientos, el que más hace que se despliegue todo el caudal creativo de la banda. Como en sus otros títulos, el guión juega con diferentes niveles de lectura configurando una semántica propia. El sonido importa tanto como la palabra y la palabra se hace melodía hasta que, desprevenidamente, todo se vuelve del revés y la melodía se hace palabra. A nivel de ritmos y estructuras ocurre lo mismo. La soltura con que se desenvuelven las estructuras a partir de retales sónicos supura delicadeza. Las melodías no se tropiezan ni un momento y, a lo largo de los cincuenta minutos de “The Way Out”, ni un bache se interpone en el camino. Aún así, aunque todo fluye como la seda, a ellos les costó Dios y ayuda encontrar un sello que quisiera editárselo. Abandonada Tomlab por diferencias contractuales –mala distribución en Norteamérica, problemas con el pago de los royalties–, buscaron y buscaron una casa que les acogiera llegando a pasearse incluso por multinacionales que ni siquiera se dignaban a contestarles que no. El riesgo, como sabemos, brilla por su ausencia en el mundo de las decisiones discográficas, pero podemos creer, tenemos que creer, que aún quedan mentes dispuestas a sacar adelante discos como éste. Finalmente, Jeremy de Vine de Temporary Residence fue el visionario que se decidió a activar el regreso de The Books por la puerta grande.

Durante los últimos cinco años, las noticias sobre ellos no habían sido muchas: su colaboración con Scott Herren en “Prefuse 73 Reads the Books” (2005), el cover de Nick Drake junto a José González para “Dark Was the Night” (2009) y aquel encargo del Ministerio de Cultura Francés que cristalizó en el hilarante “Music For A French Elevator” (2006), serie de piezas cortas destinada a sonorizar los ascensores del Museo de Arte Contemporáneo de Saint Étienne y que vino a enfatizar su vertiente más conceptual. Además sabemos que, en el último lustro, Nick y Paul se han mudado, se han casado y han tenido hijos. En diciembre de 2008 empezaron a trabajar en un nuevo disco y el último día del año pasado Nick anunciaba en su blog que “The Way Out” estaba finalizado. En él, decía, “se alinean en plena forma todos los detalles que perseguimos”. Y así es. Todo su universo está comprimido aquí dentro y podría sintetizarse en dos conceptos. Uno, la voluntad literaria que les lleva a escribir con sonidos más que a componer, la misma que les acerca al Oulipo por los retos que se autoimpone, su enciclopédica curiosidad y su talante enrevesado. Y dos, ese genial juego de contrarios sabiduría-absurdo que desemboca en puro sentido del humor, ese ingrediente desconocido que se les resiste a tantos grupos y que ayer sacábamos a colación al respecto del “Well Done Europe” de The Chap.

El proyecto The Books ha evolucionado de la mejor de las maneras. Grabado en el estudio de Zammutto –una caravana aislada en medio de la nada en las montañas de Vermont–, “The Way Out” se distancia de “Thought For Food” (2002) y “The Lemon Of Pink” (2003), mas su voluntad de fondo es la misma. Comienza refinado y pulcro con “Group Autogenics I” dispuesta a alcanzar “the infinite of everything”, pone en marcha las bujías con “IDKT” y empieza a enervarse con “I Didn’t Know That”. A partir de ahí sólo queda dejarse llevar sabiéndose arrastrado por una corriente de lógica pura y belleza extrema. Alcanzaremos cumbres mágicas como “I Am Who I Am” –que reafirma su obsesión con los evangelistas–, el excelente tono de la sobrecogedora “Free Translator” ( “...and I see...”) o ese milagro titulado “The History Of Hip-Hop” a modo de cosmogonía del género. La escucha es interminable. La alucinante colección de archivos de Paul –la misma en la que se acumulan sus imprescindibles apoyos visuales– tira de sus mejores hallazgos. Entre mil y una referencias imposibles de discernir, se incluyen voces distorsionadas con un Talkboy, extractos de sesiones de autoayuda e hipnosis, urgentes solos de armónica, himnos cantados por esquimales, “a wonderful phrase by Gandhi” y más, muchísimas más sorpresas. Entre todas ellas, servidor se queda con la letra de “Beautiful People” dedicada a la cifra por la que se rige la relación matemática entre las notas musicales: la raíz doceava de 2. Es ese el número más importante de la música y este “The Way Out”, como su título sugiere, el más brillante punto de fuga por el que escaparse esta temporada. Cristian Rodríguez

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