The Visitor The Visitor

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Jim O?Rourke Jim O?RourkeThe Visitor

7.9 / 10

Jim O’Rourke  The Visitor DRAG CITY

Ese título, The Visitor, de primeras, me recordaba a una reciente película de ciencia-ficción en la que un tipo llega a su casa de Nueva York tras un largo viaje y se topa con que unos inmigrantes ilegales han ocupado la vivienda. Lo sorprendente es que el dueño, eminente profesor universitario, en vez de echarles o llamar a la policía, decide acogerles y hacerse su amigo. La película era un estudio sobre el choque cultural y las posibilidades de integración entre comunidades extrañas, sobre la posible desaparición algún día de la xenofobia. De ahí que la etiquete de ciencia-ficción. Pero “The Visitor”, nuevo disco de Jim O’Rourke, nada tiene que ver con el film, aunque es probable que haga alusión a las condiciones de su grabación: tras salir de Sonic Youth y ayudar en la grabación del “Ys” de Joanna Newsom, el ingeniero de Chicago hizo las maletas, se fue a vivir una temporada a Japón –otro choque cultural, aunque a la inversa desde el punto de vista occidental–, y en los estudios Steamroom de Tokio ha grabado este nuevo disco para Drag City que, en su larga discografía, se podría colocar entre “Happy Days” (Revenant, 1997) y “Eureka” (Domino, 1999).

“Happy Days” porque, como éste, dura unos cuarenta minutos y sólo contiene una pieza. Aunque hay que recordar que “Happy Days”, además de una sola pieza, también tenía un solo acorde que, al convertise en drone, acababa por reducirse a una nota insistente, hipnótica y que retaba a la resistencia del oyente. “The Visitor”, en cambio, es maximalista en ese sentido: la pieza cambia continuamente, como si fueran miniaturas de folk, avantgarde o pop instrumental que se hubieran cosido una tras otras con un hilo invisible. Y decimos “Eureka” porque aquel fue, tras una larga etapa en la vanguardia del post-rock, el momento en que O’Rourke se gustó en la canción y demostró que sabía componer piezas cortas, concisas, con melodía y referencias bien filtradas del folk libre de John Fahey y la improvisación a la guitarra de Derek Bailey, a quien aparentemente está dedicado el álbum – “for Derek”, aparece escrito–. Pero entre éste y “Eureka” hay la diferencia crucial de que “The Visitor” se olvida de la voz –de la bien modulada y dulce voz de O’Rourke–, con lo que en la práctica tenemos un flujo instrumental que es seguro que fue compuesto en pequeñas partes, como píldoras instrumentales con el piano, la guitarra slide y la batería como serenos fragmentos del puzzle.

“The Visitor” pasará a ser, dentro de la exclusiva mitología o’rourkiana, uno de sus trabajos más celebrados, y lo será por su virtuosismo en el estudio de grabación, que es su auténtico hábitat. El peso experimental es reducido, el avantgarde propio de Jim se ve en ciertas disonancias, en fases en las que se sale levemente del guión para regresar sin que el oído se dé cuenta del todo, así que no puede ser uno de sus trabajos raros. Tampoco es un “Insignificance” (Domino, 2001), otro monumentos casi pop y que le daba la vuelta a la canción de raíz americana. Y tampoco se puede entender “The Visitor” como un disco de contemporánea o de cámara, ni como un collage a lo Mike Oldfield, porque su aire es más cinematográfico, con un toque a Pat Metheny cuando no hacía jazz, pero sobre todo con un homenaje en cada nota a los grandes compositores de pop estandar, sea el caso de un Burt Bacharach transplantado a las grandes llanuras de América, donde todavía pasta el bisonte y se extiende, infinita y serpentina, la carretera. El virtuosismo de O’Rourke está en unir en un discurso cohesivo ideas de un minuto escaso de modo que el trabajo parece lineal, grabado del tirón, aunque en realidad sea la juxtaposición creativa de ideas que han ido aflorando a lo largo de meses. Si es necesario que se quede siempre en Japón a cambio de discos así, que se quede.

Alberto Lista

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