The Visitor The Visitor

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Matías Aguayo Matías AguayoThe Visitor

7.5 / 10

Echando la vista atrás y re-escuchando “Minimal” se puede percibir que el himno cachondo de Matías Aguayo fue, también, una declaración de intenciones rupturista con su pasado. Él quería algo más nocturno, más profundo, más sensual porque el género que su antigua casa Kompakt –y, por extensión, su antiguo hogar Colonia– no le hacía pumpin’ pumpin’. El chileno emigrado a Europa editó “Ay Ay Ay” en el sello germano y, a partir de ahí, solo recurrió a él para distribuir las cosas de su nueva etiqueta, Cómeme. En las labores de A&R, Aguayo ha conseguido suplir todas las carencias de las que hablaba en ese himno con una extraordinaria cohesión. Lo que hace la gente de Cómeme te puede gustar más, te puede gustar menos; pero tiene una idiosincrasia propia en la que no se para de reivindicar el humor, el desenfado latino, su sensualidad inherente y una constante mezcla de música de baile sin pretensiones y folklore del cono sur.

“The Visitor”, que es su tercer LP, nace de la fusión de las nuevas responsabilidades de Matías Aguayo como gestor de su propio sello y su faceta de productor. En estos últimos cuatro años, el chileno se ha dedicado a reclutar soldados del latineo para Cómeme y, durante ese proceso, ha ido picando de muchos de ellos para erigir el disco. Construido en cinco países diferentes –dos continentes implicados–, el título le viene al pelo. Ana Helder, el otro tarado de la casa Daniel Maloso, Alejandro Paz o Philipp Gorbachev aparecen acreditados en la aventura. Y, sin embargo, lo que suena en “The Visitor” extiende la fórmula del anterior “Ay Ay Ay”. Espíritu humorístico, lírica spanglish de arrancar sonrisas y altas dosis de percusión ancestral con numerosos giros de espíritu que obligan a desterrar las expectativas puestas en la siguiente canción de la lista.

Comienza con “Rrrr”, un chachachá moderno que se convierte en el tema más radio-friendly del disco, y termina con “A Certain Spirit” mirando al techno rudimentario pero también a los trances inducidos por las hierbas mágicas de los chamanes americanos. Por el medio, Aguayo va colando sus variadas fórmulas de baile, mezclando sexy groove primer-mundista ( “Una Fiesta Diferente” o “Las Cruces”) con una amplísima paleta de patrones de percusión latinos (el triplete central de “El Sucu Tucu”, “Aonde” y “El Camarón” es como una revisión moderna y excelente de cualquier recopilatorio de ritmos latinos de gasolinera). Como siempre, la verborrea del chileno es un punto a favor en su música, hacen que trascienda del mero baile. Y, aunque a veces cueste comprender lo que canta Aguayo, sea cual sea la chorrada que esté diciendo lo hace de una manera tan pegadiza que es imposible que no se te encasquete en la memoria. Precisamente los pasajes del disco en los que el productor desaparece como cómico para ponerse oscuro, “acidoso” o psicodélico son los que menos calan del repertorio. No sobran, pero tampoco hacen pumpin’ pumpin’, que es de lo que se trata.

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