The Unspeakable The Unspeakable

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Gonzales GonzalesThe Unspeakable

7.4 / 10

Chilly Gonzales  The Unspeakable HEAVENLY SWEETNESS

El Fantasma de la Ópera meets Chuck D. Philip Glass meets Eminem. Ennio Morricone meets Tone Loc. La nueva extravagancia de Chilly Gonzales es una de esas distorsiones estético-musicales que uno no puede explicar sin hundirse hasta las trancas en las aguas del delirio más absoluto. Pero bendito delirio, si alguien se lo pregunta. El autoproclamado “musical genius” de Canadá ha pasado de las sonatas de piano y rimas descacharrantes de “Ivory Tower” a lo que bien podríamos definir como una suerte de ópera-rap con aromas de banda sonora para superproducciones de época. Cuando parece que la tuerca ya no da para más, nuestro hombre siempre se las apaña para imprimir un nuevo giro al personaje y salir airoso del desafío. El new Gonzales mola... una vez más.

“The Unspeakable” parece una broma, pero no lo es. O sí. O no. Bah. Lo cierto es que, habituados a la parafernalia orquestal y el megadrama pop rapero que tanto se estila estos días, el álbum parece encontrar cierto acomodo en este nuestro plano existencial, pese a distanciarse por completo de la dictadura del beat y dejar tan solo las rimas dementes del maestro como único recurso reconocible de la litrugia hip hop. ¿Rap orquestal? ¿Spoken word épico? Pues vale. Para semejante desvarío kitsch, Gonzales se acompaña de su hermano Christophe Beck –compositor de bandas sonoras y artífice de la música de la serie de culto “Buffy”– y se abre las tripas para firmar con sangre, bilis y cartílago nasal algunos de los ripios más esquizoides, absurdos e hilarantes de su carrera.

Pequeños añadidos de piano del candadiense circulan grácilmente en una sinfonía de violines, trombones, chelos, sintetizadores y subidones orquestales que hace que la banda sonora de “La Misión” parezca un disco de techno-dub minimalista. Épica de thriller hortera en “Rap Race”; coros a lo Harry Potter (con el Radcliffe pre- rehab, claro) en “Beans”; épica sentimental hollywoodiense en la sensacional “Self Portrait”; bongos y música tropical en “Bongo Monologue”; dramón operístico con speech shakesperiano en “Who Wants To Hear This”; delirios arabescos que van de “Simbad” a “Prince Of Persia” en “Party On My Mind” (una letra de llorera, en serio). El trasfondo fílmico y el barroquismo compositivo le dan un impulso muy beneficioso a las historias de derrota, drogadicción, freakismo y egomanía depresiva de Gonzales. Le sienta bien la exageración, cuánto más dramático el envoltorio, más te ríes con obras maestras de poesía como “I'm way beyond snob / I'm a Louis Vuitton slob / You want the truth? No prob / I see the face of God in a blowjob / I see the truth, in Eric Cartman / In Salvador Dalí and Dolly Parton / And even Chris Martin / When I dance to 'Viva La Vida' alone in my apartment”. Ha vuelto el entertainer, la madre que lo parió.

Óscar Broc

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