The Suburbs The Suburbs

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Arcade Fire Arcade FireThe Suburbs

9 / 10

Arcade Fire, The Suburbs MERGE-UNIVERSAL

Existe cierta teoría cinematográfica según la cual, ante la imposibilidad de la obra perfecta, ante la impotencia de la genialidad original en la coyuntura socio-económica y cultural actual, muchos de los mejores directores del momento optan por la obra en construcción. Antes que buscar el acabado inmaculado, el pulido en los contornos y la concreción cerrada de los aciertos, estos nuevos autores (o viejos zorros que se las saben todas) prefieren las superficies rugosas, las aristas cortantes y la expansión abierta de la búsqueda. Si en su debut, “Funeral” (Merge, 2004), Arcade Fire encapsularon el concepto de épica en cristales de estructura compleja pero acabado popular y con “Neon Bible” (Merge, 2007) repitieron la jugada ampliando los géneros pero no los horizontes, con “The Suburbs” juegan al Big Bang y a dejar al descubierto una obra abierta, con sus aciertos y sus fallos, con sus altos y sus bajos, pero siempre con una genialidad que supera todos los parámetros previos de la banda.

Es éste el álbum más ambicioso y complejo de Arcade Fire hasta la fecha: un disco-río que, por momentos (mágicos), consigue que escuchar música funcione bajo las mismas reglas con las que materializas en el interior de tu cabeza las páginas de un libro. El esqueleto de “The Suburbs” está literaturizado hasta la médula: no sólo ostenta una estructura circular (la última canción es la misma que la primera pero erosionada en un eco melancólico), sino que este círculo se divide en dos piezas que se reflejan la una sobre la otra. De hecho, éste es un doble álbum en el que es imposible no pensar en un juego de espejos: ambas secciones contienen ocho canciones de las que una funciona como apertura en la primera mitad y otra (la misma, ya lo hemos dicho) como cierre, de tal forma que las otras siete describen un crescendo narrativo que culmina en ambos casos con una suite de dos temas. Como una obra de teatro dividida en dos actos o como un film de arte y ensayo que, al proyectarse en un cine suburbial para amas de casa aburridas, se corta en dos partes para que Betty Draper y sus amigas salgan a rellenar sus Diet Cokes.

Dice el matrimonio Butler que “The Suburbs” está inspirado en una infancia vivida en los suburbios de Houston (Texas). Pero, a partir de ahí, el álbum compone un retrato diabólico de la vida de periferia norteamericana con múltiples capas. Las canciones hablan de niños que crecen y, al corromperse su inocencia, pierden también el optimismo. ¿Sí? ¿Hablan de esto? ¿O no podría entenderse también como el refugio mental de unos adultos que recuerdan su infancia con nostalgia a la hora de enfrentarse a un mundo en descomposición social y económica? Hay canciones que hablan a la persona amada hasta que te das cuenta que también se dirigen a un amigo al que le perdiste la pista al acabar la educación primaria, e incluso conversan con un ente social abstracto e inconcreto, con esos “culpables” de que todo se esté hundiendo en la miseria. Como toda buen obra de arte, “The Suburbs” admite múltiples lecturas: el nivel de desbarre y pajillerismo con el que quieras tomártelo depende de las ganas y atención que aportes.La primera mitad del disco es la más luminosa: un punto de partida que es como una fiesta en la orilla de una playa a la que aún llegan, transportados por la marea, restos del naufragio optimista que la banda celebró en “Funeral”. La canción de apertura, “ The Suburbs”, con su tempo de vals country tan Neil Young (una de las influencias confesas del disco), baña los suburbios con una luz muy Douglas Sirk: colorida y estética, pero con un trasfondo en tensión en el que se intuye la tragedia (“ When all the walls they built in the 70s finally fall, when all the houses they built in the 70s finally fall… Meant nothing at all?”). El siguiente movimiento, “ Ready To Start”, uno de los más inspirados del disco, pone sobre los hombros de los protagonistas un idealismo contestatario (“ I would rather be wrong than live in the shadows of your song”), una voluntad de no sucumbir a los cantos de sirena de un “tú” indefinido en el que se pueden inferir mil miedos habituales en el paso de la adolescencia a la madurez: el amor fiel, la rutina, la alienación. “ Modern Man”, con su medio tiempo springsteeniano, y “ Rococo”, la canción más “Funeral” del lote, hablan de los hombres (“ So I wait in line… I’m a modern man”) y de los niños modernos (“ Let’s go downtown and talk to the modern kids. They will eat right out of your hand using great big words that they don’t understand. They say Rococo, Rococo, Rococo, Rococo”); mientras que “ Empty Room”, puro punk de violines, se centra en la imposibilidad del yo genuino cuando se contrapone a la vida en sociedad.

Estas cinco canciones definen el campo de batalla, con sus falsos claros y sus velados oscuros, de tal forma que, a partir de “ City With No Children”, la serpiente se cuela en el Paraíso. En este tema, Win Butler y Régine Chassagne hablan en pasado de un tiempo idealizado antes de que llegara la guerra suburbial (“ I wish that I could have loved you then, before our age was through and before a World War does with us whatever it will do”). Las claves para identificar esa guerra suburbial se incluyen en la suite “ Half Light”, escindida en una bella y tristísima balada inicial seguida de una odisea con guitarras espaciosas y sintes espaciales que dan la bienvenida a una ajada era galáctica: “ When we watched the markets crash, the promises we made were torn”, “ Some people say they’ve already lost, but they’re afraid to pay the cost for what we’ve lost”... ¿Crisis económica? ¿Colapso social? ¿Derrumbe cultural? Interpretaciones diversas, todas jugosas.

La segunda parte del álbum se abre con las líneas de guitarra pastoral muy Eagles de “ Suburban War”, donde el juego de espejos empieza a revelar lo podrido de la situación previa. Las frases, como si estuviéramos en una clase de Escritura Peligrosa impartida por Spanbauer, se repiten como gancho para la narrativa pero también como medio para matizar las ideas: a partir de este momento, muchas son las oraciones que se repiten en varios temas, aunque el hecho de que en esta (segunda) canción de apertura se afirme “ I’ve been living in the shadows of your song” cuando en “Ready To Start” se aseguraba que nunca pasaría tal cosa ya indica, desde el principio, que este segundo tramo va a estar impregnado de la traición hacia unos ideales elevados. De hecho, esta segunda pieza exhibe esa oscuridad, misantropía y pesimismo que Arcade Fire ya preconizaron en la atmósfera apocabíblica de “Neon Bible”, por mucho que “ Month Of May” juegue al despiste del subidón de adrenalina rockera emparejando al Springsteen más espitoso con unas guitarras muy stoner. Es un subidón, sin embargo, en el que Win y Régine se aferran a la pureza (“ I said some things are pure and some things are right… But the kids are still standing with their arms folded tight”) como tabla de salvación en la zozobra absoluta. De hecho, “ pure” es, reveladoramente, la palabra más repetida en el disco.

A partir de aquí, Arcade Fire se esfuerzan en revelar el negativo de la primera parte: si allí se trataba de canciones luminosas en la forma y oscuras en el fondo, ahora optan por los temas opacos y tristes en los que se bucea a la búsqueda de alguna perla luminosa que alumbre este hundimiento. Ya en el fragor de una batalla desapasionada, “ Wasted Hours” anhela las horas muertas como deseable modelo de vida (“ Wasted hours that you made new and turned into a life that we can live”), mientras que esa torch song que es “ Deep Blue”, pese a ser el número más (deliciosamente) apesadumbrado del conjunto, se aferra a la posibilidad de la victoria contra el triunfo de la tecnocracia sobre la humanidad. En cierto momento de este tema, Butler frasea “Kasparov – Deep Blue, 1996”, una mítica partida en la que el ajedrecista venció a un extraño oponente: la inteligencia artificial de una máquina. Aquí es importante la mención de 1996 como apostilla optimista, ya que un año después, en 1997, todas estas esperanzas se vendrían abajo cuando Kasparov fuera derrotado por Deep Blue II. Pero la intención es permanecer cerca de la luz o, en su ausencia, del recuerdo de esa luz: “We Used to Wait” apuesta por rescatar las minucias del pasado (escribir cartas a la persona amada, por ejemplo) como coordenadas para la supervivencia emocional en un presente deshumanizado.

Cerrando el disco, la suite “ Sprawl” aborda, en dos partes antitéticas, los claroscuros de esa “expansión” desde el epicentro de las ciudades en las que hemos acabado viviendo. En “ Sprawl I (Flatland)”, un baladón en el punto más bajo y descarnado de su profunda derrota, Win desnuda la imposibilidad del “hogar” para los hijos de los suburbios: “ The last defender of the sprawl said, well, where do you kids live? Well, sir, if you only knew what the answer is worth… Been searching every corner of The Earth”. Acto seguido, Régine (que, como hemos ido intuyendo, se ocupa de iluminar las depresiones de su marido) aborda “ Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)” como el acto ochentero definitivo: acabado superficial y sintético que Butler ha reclamado como influencia de Depeche Mode, aunque en esta ocasión acaba recordando más a bandas como Altered Images. Un nuevo amanecer falsamente alegre en el que los ojos duelen tras la sobre-exposición a los neones y las luces de la ciudad (“ I need the darkness. Someone please cut the lights”). Este acto de optimismo resolutivo podría quedar como la declaración final de intenciones si no fuera por “ The Suburbs (continued)”, ese eco de la canción de apertura que se apaga en un último estertor de pesimismo.

¿No suena todo lo expuesto hasta este momento como el argumento de una novela retro-futurista en la que un grupo de niños luchan por sobrevivir emocionalmente durante un Apocalipsis abstracto? ¿Como un Ray Bradbury que pule los brillos retrofuturistas para buscar restos de emociones cálidas entre sus escombros? ¿Como un George Orwell (el escritor preferido de Win Butler) que nunca sospechó que su visión más agorera iba a parecer optimista al sobrepasar el cambio de siglo? ¿Como una de esas pelis de Lynch en las que, basándose en una idea argumental más que en un argumento concreto, retrata la borrosa frontera entre la pesadilla onírica y el resplandor de la sociedad norteamericana? “The Suburbs” ostenta una línea argumental, eso está claro, pero la genialidad del álbum reside en que ese argumento circular se acaba revelando como una espiral que desciende hacia unos infiernos donde no hay llamas, sólo la gelidez deshumanizada de la sociedad moderna. Escuchando el álbum en perspectiva, incluso puede inferirse una versión tenebrosamente poética de la historia oficial norteamericana, que iría cronológicamente desde la luz natural de los 50 (las primeras canciones) a los neones de los 80 (el festín de sintes de “ Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)”).

“The Suburbs” es un disco que atesora una complejidad matrioshkiana en sus intenciones y que, sin embargo, resulta más que accesible para todo aquel que se acerque, independientemente de las ganas que aporte para “rebuscar” entre sus múltiples capas. Cuando todo el mundo espera que Arcade Fire sigan siendo orfebres obsesionados con la miniatura perfecta, ellos optan por cazar su particular Moby Dick de cristal. “The Suburbs” no es un disco impecable. Pero, en una muestra más de que Butler y compañía le han tomado el pulso a la situación actual, esta obra abierta trasciende lo musical y aterriza, directamente, en el territorio del arte contemporáneo que araña lo social para arrancarle fascinantes jirones de poética belleza. Raül de Tena Arcade Fire - The Suburbs Arcade Fire - Ready to Star[HQ]

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