The Strange Dreams Of Paul White The Strange Dreams Of Paul White

Álbumes

Paul White Paul WhiteThe Strange Dreams Of Paul White

8.1 / 10

ONE-HANDED MUSIC

El londinense Paul White comenzó a experimentar tocando sintes y pegando samples en tiempos de pubertad. Cuando sumaba poco más de 16 años se inició en el mundo de las raves y las free parties, descubriendo los agitados encantos del techno, el trance y el happy hardcore, aunque pronto, coincidiendo con su estancia por razón de estudios en Bristol, sus inquietudes como productor en ciernes se decantaron hacia los más calmos terrenos del ambient electrónico. Allí sus días se fueron llenando de trips ácidos y horas gastadas haciendo trucos sobre una vieja tabla de skate. Nuevos ambientes que introdujeron al joven White a un mundo de nuevos sonidos –nuevos para él, viejos para el mundo– en los que la adrenalina punk-hardcore convivía sin roces con la provocación aural del rock psicodélico y los vaivenes cadenciosos del reggae, el funk, el soul y el hip hop. Lo siguiente que le apeteció al joven White fue probar a cortar ritmos sobre los que verter con finura todas aquellas influencias.

Con tan sólo un par de 7”s, el londinense, amén del respeto de muchos compañeros de escena, se ganó los primeros halagos de tastemakers radiofónicos de la talla de Gilles Peterson, Mary Anne Hobbs o Benji B. Primeras cuestas allanadas. Ahora, tras entregar un denso y sugerente EP – “One Eye Open”, editado vía One-Handed a principios de la pasada primavera– que sumaba influencias electro-soul o evocaciones cosmic disco a sus bass heavy beats con regusto a psicodelia lo-fi, White acaba de parir un primer largo que suena justamente a lo que esperábamos. Ni más ni menos.

Lo de Paul White es beatmaking de naturaleza crate-digger. Espacioso hip hop instrumental con tendencia a empapar sus pies en charcos de funk líquido o a envenenarse de atmósferas brumosas que saben a fase de sueño profundo. Sus beats pueden flotar entre brillos extáticos de psicodelia ligera, envararse entre órganos densos de regusto progresivo o moverse ingrávidos entre los planos sintéticos de la cosa cósmica en su versión más dreamy. Sin apuntar en direcciones realmente nuevas, White consigue sonar personal y fresco -y de paso evitar el encasillamiento- a base de multiplicar las líneas de fuga. Y es que, aún estando enraizada en el beatmaking de ascendiente hip hop, la suya no es para nada música de género único. Aún ciñéndose a una plantilla del todo conocida, su propuesta no suena previsible, supura inventiva, se muestra siempre suficientemente díscola y holgadamente interesante sin necesidad de recurrir a adoptar poses sonoras (es)forzadas.

“The Strange Dreams Of Paul White” reúne un total 21 cortes que sólo en seis ocasiones sobrepasan la barrera de los dos minutos. Esos números, que podrían interpretarse como síntomas de un trastorno hiperactivo de déficit de atención, hacen que el disco se disfrute como una tormenta de ideas no siempre del todo pulidas. Ideas expuestas en cadena, sin pausa, a la manera de un impaciente zapping radiofónico que hace que a uno no le de tiempo a aburrirse de nada. A esa sensación contribuyen citas exóticas como, por ejemplo, la frase de guitarra de la más famosa canción de Chris Isaak que abre "Looking Out To See", el guiño -ese snippet vocal que dice algo así como "fast and bulbous..."- al “Trout Mask Replica” de Captain Beefheart que cierra la más jazzy “Alien Nature” o el charango y las flautas de pan que suenan en “Surfing Off The Coast Of Mexico”, un track que luego tuerce la mirada hacia el Oriente Próximo para dar lugar a uno de los momentos más enrarecidos del álbum.

“Chese Special & A Draw”, “City Bright Lights” o “Let Your Dreams Go” suenan a inspirados ejercicios de estilo en la estela del Dilla de “Donuts”. “Flying Across Tokyo” saca oro de la música de Akira para construir una postal cinemática de ojos rasgados y sugerentes rítmicas de evocación orientalista. En “The Uprising Of The Insane” o “The Composers' Comeback” asoma un pulso funk contagioso y nada obvio, mientras “Time Wars” se acerca a base de beats electrosos, sintes con caspa y samples de tono intergaláctico a esa suerte de modern-retro synth-pop a lo CFCF que parece citar por momentos el muy ochentero legado de Harold Faltermeyer. Más atrás incluso, a tiempos de exploración kosmische y fascinación por lo espacial mira, de reojo, “Floating Free”.

En tracks como “Waiting For Time” –el más largo del álbum, poco más de tres minutos– y “Road Rage”, de efectos agradablemente narcóticos, asoma la sombra del más nublado y denso DJ Shadow. Y aunque en una reciente entrevista White aseguraba con total naturalidad no haber oído el término en su vida, en “Waiting For Time” o “The Magic Tunetop” también hay algo de esa avería wonky que está haciendo del hip hop abstracto uno de los más fértiles y excitantes campos de prueba para la electrónica contemporánea en este final de década.

En terrenos algo menos sugerentes, “One Eye Open” hace pensar en los ambientes neuróticos de aquellos London Funk Allstars que nunca llegaron a destacar dentro del roster de Ninja Tune de mediados de los noventa. “Burn By The Sun” se muestra poco flexible, lastrada por una frase de órgano que no deja avanzar el tema más allá de los límites de la boutade a cuenta de una estética progresiva que, aún siendo uno de sus rasgos diferenciales, no acaba de sentarle del todo bien a la música del londinense. Pero que nadie pierda la confianza. En la recta final del disco llegan “Sea Life” –etérea a lo Boards Of Canada, con sus chisporroteos de vinilo viejo, ruidos de delfines y voces que parecen surgir desde las profundidades marinas–, “Sleep Claping” –psych-soul narcótico y adictivo; algo parecido a lo saldría de poner a The Politicians a enredar con una caja de ritmos– o la expansiva “Can't Sleep Make Music” a dejar el listón de nuevo arriba, confirmando de paso a Paul White como nombre a sumar a la lista de escapados del más grueso pelotón de la nueva beat scene.

Por cierto, generoso que es el amigo White, sus dos primeros singles se pueden bajar desde hace días por la cara –sólo tienes que cascar un cero cuando el sistema te pida introducir el montante que quieres pagar por la descarga– desde su sitio en Bandcamp. Corre a pescarlos. Y luego, elige uno de los cinco tratos que White te ofrece al hilo de este primer álbum. Para los más sibaritas, quienes abunden en posibles y gusten de tratarse con mucho regalo, a cambio de 300 libras esterlinas puedes hacerte con la descarga, con una copia física del álbum en formato de disco compacto, y con el derecho a pasar una tarde comiendo galletas y fabricando beats con el propio White en su casa-estudio de Lewisham. Beats que el londinense promete hacerte luego llegar en formato de dubplate. ¿Trato?

Luis M. Rguez

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar