The Shimmering Hour The Shimmering Hour

Álbumes

Wisp WispThe Shimmering Hour

8.3 / 10

Wisp  The shimmering hour REPHLEX

Crecer está bien: los que de jóvenes fueron acémilas, cabras locas y ovejas negras, benjamines con una carencia absoluta de educación y respeto por los mayores, más o menos van entrando en razón y descubren el lado amable de la vida, ahí donde el placer está en las cosas sencillas, la contemplación del atardecer, y no tanto el vandalismo, el exceso de velocidad y el trastorno de las hormonas que lleva a la travesura y el desmadre. Esto de crecer de manera adecuada, sensible y coherente se suele ver mucho en esos productores IDM afiliados a la fracción breakcore: uno compara lo que eran antes personajes como Aaron Spectre, nuestro paisano AZ-Rotator o incluso Venetian Snares –que vale, que es un perla, pero cuando se aburría de hacer el ganso con el gabber se sacaba de la chistera un disco melódico con maullidos de gatos o aquel “Rossz Csillag Alatt Született”, que era abrupto como un camino de baches, pero con unas cuerdas que derribaban otro muro de separación entre la música clásica y la digital–; uno compara a esos brutos, decíamos, con lo que han estado haciendo en los últimos tiempos y se percibe que ya no les guía únicamente el afán de epatar, destruir y dar la murga. Los hay que también quieren fraguar su disco tremendamente hermoso, lo que nos lleva a Wisp.

Reid W. Dunn no es un recién llegado, su trayectoria se remonta hasta 2003, un año que fue bueno para la proliferación de nuevos productores que, a lomos de un portátil y con un buen banco de sonidos, le dieron aires nuevos a la IDM americana –mucho más street que la inglesa, con mayor carga de electro, hip hop y ritmos bouncy sepultados entre toneladas de glitches y breaks–, y lo suyo, bastante sísmico y atropellado, torrencial como las Cataratas del Niágara que le sirven de hogar, se topó con un espacio adecuado en sellos casi terroristas como Terminal Dusk –antes de que se pasaran al dubstep–, el ya desaparecido Sublight o E arstroke. Pero este último álbum, que ya vino anunciado el año pasado por un maxi espectacular – “Katabatic”, tres de cuyos cuatro temas aparecen rescatados ahora–, supone la transición definitiva de Wisp del breakcore al braindance. El matiz es así de sencillo: el breakcore es fuerza bruta, es ruido y distorsión, es un residuo raver de acabados sin pulir y trasfondo algo sucio, tirando a costroso; el braindance, en cambio, es un juego de precisión en el que se mezclan la pericia técnica, la velocidad y la melodía; es el sello de identidad de marcas como Rephlex.

Que Wisp publique “The Shimmering Hour” en el sello de Aphex Twin y Grant Wilson Claridge es lógico: se mueve por los mismos caminos que artistas legendarios de esta cuerda como los romanos D’Arcangelo, o el antiguo Cylob, o Global Goon, incluso Ovuca, o fantasmas de la casa –no sabemos quiénes son– como The Tuss, aunque con menos acid. Y, sobre todo, a lo que suena es a los discos de la etapa naïf de Mike Paradinas –la de “Royal Astronomy” (2000)– y al Aphex Twin de las canciones de cuna para bebés barbudos. En resumen, y siendo más claros: Wisp pinta un lienzo de breaks intrincados, con paradas y acelerones, que oscilan entre el rodillo y la pausa, salpicados de melodías dulces, barrocas, que se enmarañan y en las que de vez en cuando aparece un detalle que podríamos describir como ‘neoclásico’: los violines del final de “Summoner’s Hollow”, algún piano, muy en la línea del híbrido IDM-música de cámara que también ha practicado Kettel en su reciente, y también espectacular, “Myam James 2” (Sending Orbs, 2009). Todo –desde la solidez de principio a fin, la elevada inspiración de cada tema, la producción luminosa, el equilibrio entre ritmo galopante y máxima dulzura– hace de esta nueva entrega de Wisp una de esas gemas que rayan en la excelencia: oculto entre la hojarasca de la electrónica de dormitorio, quizá no llame la atención entre las cubetas de novedades o los blogs de descargas. Pero una vez suena, se advierte que “The Shimmering Hour” está por encima de casi todo lo que se va a publicar en el ramo este año. La perfección formal la tiene muy, muy cerca, y la emoción brota a litros.

Javier Blánquez

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