The Revenant Diary The Revenant Diary

Álbumes

Mark Van Hoen Mark Van HoenThe Revenant Diary

7.3 / 10

EDITIONS MEGO

A sus 45 años, Mark Van Hoen ha vivido todo tipo de experiencias y ha pasado por varias etapas musicales; esa sensación de veteranía se amplifica, además, si se tiene en cuenta que sus primeros experimentos con cintas, sintetizadores y otras máquinas se remontan a 1982, cuando todavía era un adolescente. En los últimos años, su perfil ha sido bajo en el mundo electrónico, dedicándose más a producir otras bandas –Mojave 3, por ejemplo– y a reenfocar su ambient barroco con una inspiración pop que le ha animado, no a usar voces –eso lo ha hecho siempre–, sino a domar esas voces en forma de canciones etéreas y bellas. Antes de eso, fue miembro fundador de Seefeel, ayudante de Slowdive y autor, en solitario, de algunos de los discos más tóxicos de aquella etapa de la música electrónica en los 90s en la que la textura dominaba el discurso. Entonces, se hacía llamar Locust y firmó títulos hoy clásicos como “Natural Composite” (1994), “Weathered Well” (del mismo año) y, en especial, “Truth Is Born Of Arguments” (1995), una coincidencia intensa de sintetizadores evaporados, ritmos complejos y la voz usada como una textura más, en la tradición del pop oceánico de His Name Is Alive. El paso de los años ha ayudado a mitificar aquella etapa inicial de Mark Van Hoen, no porque los trabajos posteriores fueran inanes – “Wrong” (2001) y “Playing With Time” (1998) fueron valiosos momentos de cambio–, sino porque nunca ha vuelto a ser tan brumoso y recargado como entonces.

“The Revenant Diary”, en cambio, es el regreso de Van Hoen a su antiguo yo, y esto hace que el álbum –el primero que firma para Editions Mego– vaya más allá de la anécdota y funciones en parámetros distintos a los de la rutina. Un día, buscando entre sus objetos viejos, Mark descubrió unas cintas de cuando tenía 16 años y empezaba a grabar música, todavía influenciado (era casi un niño) por los titanes del sintetizador de aquellos años de krautrock y sinfonismo; en ellas sonaban teclados primitivos vía un cuatro pistas destrozado; forzosamente, la música tenía que ser simple. Tras la escucha del primer corte vinieron unos cuantos más, y Mark Van Hoen, que siempre ha tenido cerca los temas de la melancolía, la pérdida y la evocación entre sus asuntos sonoros, se vio dominado de nuevo por una fuerza nostálgica que le llevó a esa edad indecisa e ingenua en la que la música era un juego, una pasión en desarrollo, todavía incierta de su futuro. Básicamente, necesitó volver ahí urgentemente, lo que en la práctica –ya que no se puede renunciar ni a la madurez ni a la experiencia– significaba volver a los primeros discos de Locust, que están en el origen de ese Mark Van Hoen que, casi 20 años después, ahora admitimos como un personaje tan familiar.

Este álbum tiene partes desarrolladas a partir de aquellas cintas de aprendizaje –sonidos rescatados, como testimonios de una idea en evolución que vuelve a su origen–, pero sobre todo tiene material nuevo compuesto como si hubiera que empezar de nuevo. Y el resultado –aunque menos abrupto en ritmos– tiene mucho que ver con “Truth Is Born Of Arguments”, con aquella densidad de beats y su complemento en forma de ráfagas de voces que, en ocasiones, sobrevolaban paisajes cubiertos de óxido y metal. Entonces, las chicas eran Sarah Peacock (de Seefeel) y Wendy Roberts; aquí es Georgia Belmont, que flota sobre el grueso de los 11 cortes como un viento silbante. Mark Van Hoen se encuentra en su salsa, y el no tener que negociar canciones le ayuda a reforzar las entrañas de cada pieza con breaks que suenan a trip-hop contaminado ( “Look Into My Eyes”, “Don’t Look Back”), aislacionismo parecido al de los primeros Techno Animal ( “I Remember”), amagos de computer music robótica recordando las viejas influencias de Tangerine Dream – “No Distance (Except The One Between You And Me”)–, post-rock espectral a la manera inglesa reactualizado ( “Where Were You”), puro ambient pastoral ( “Why Hide From Me”, “Laughing Stars At Night”) y un tour de force en forma de “Holy Me” que utiliza capas vocales distorsionadas durante 10 minutos para crear un final entre lírico y descorazonador. “The Revenant Diary” es uno de los mejores discos de aquel ambient inquietante, post- “Selected Ambient Works II”, del año 1995. Sólo que ha llegado 17 años tarde.

Robert Gras

Look Into My Eyes - Mark Van Hoen (Locust)

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