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Álbumes

Dean Blunt Dean BluntThe Redeemer

8.4 / 10

Si cuando Hype Williams se dieron a conocer en 2010 alguien nos hubiera dicho que, tres años después, Dean Blunt firmaría un disco de canciones confesionales a modo de crooner atormentado hubiera sido difícil de creer. Por aquel entonces la música del proyecto que comparte (o compartía; como siempre, la información es confusa) con Inga Copeland era un ente amorfo alimentado por la confusión. Un conjunto de samples carcomidos y sintetizadores maltratados que buscaban la obnubilación narcótica a través de la abstracción emocional. Una premisa, pues, aparentemente contrapuesta a lo que ofrecen algunos de los momentos más lúcidos de “The Redeemer”, desde el soul desgarrado de “Papi” a los aires pastorales –arpa incluida– de “Flaxen” pasando por el folk desnudo de “Imperial Gold”. Decimos ‘aparentemente’ porque aunque en su superficie se revele como el disco más tradicional de Blunt –tanto por el uso de instrumentación clásica como por el tratamiento de la voz y el aspecto lírico–, su alma sigue siendo tan intrigante como siempre. Una vez más, hay más preguntas que respuestas.

La confusión, pues, sigue siendo el hilo argumental. La diferencia es que en esta ocasión las derivaciones sintéticas y los samples pintorescos se substituyen por cuerdas majestuosas, pianos refinados y guitarras acústicas. A nivel emocional ocurre una traslación parecida; el disco es una obra conceptual dedicada al fin de una relación amorosa y, como tal, lo sentimientos de Blunt están más expuestos que nunca. En el fondo, sin embargo, la sensación que acaba por capitalizar el flujo emocional del álbum es la misma suerte de perplejidad tenebrosa que ha dominado todos sus trabajos hasta la fecha. En “The Pedigree” o “Demon”, por ejemplo, Blunt lamenta un amor perdido sobre cuerdas inquietantes y coros mesiánicos con un tono que, más que aflicción, revela una extraña y aséptica frialdad. El corte titular, un ejercicio de folk oscurantista en el que colabora Inga Copeland, vuelve a tirar de intriga –“I don’t know, if I’m coming or going”, canta Blunt- para revelarse como otro de los puntos álgidos del disco. Reafirmando su espíritu arcano, el álbum también recurre a elementos religiosos, tanto en el artwork como en títulos de reminiscencias bíblicas como “Seven Seals Of Affirmation” o “Walls Of Jericho”. Precisamente estos dos cortes inauguran la fase más contemplativa del disco, en la que se mezclan fragmentos de elevación espiritual(“Y3”), esbozos de psicodelia circense “Need To Let U Go”) y grabaciones de contestador automático.

La dicotomía entre composiciones de visos clásicos y la experimentación también domina el último segmento del disco, con interludios como “MMIX” o “Predator” y digresiones de rock catatónico como “All Dogs Go To Heaven” conviviendo con canciones propiamente dichas como “Papi”, “Imperial Gold” y “Brutal”, sin duda tres de los momentos más conmovedores del disco. La primera recoge el testigo emocional del corte titular de “The Narcissist”, pero lo envuelve en una producción mucho más lujosa (esta idea, de hecho, se podría hacer extensiva a todo el disco) mientras que “Imperial Gold” es una suerte de boutade en forma de folk desvalido cantado por Joanne Robertson. Aunque quizá no tiene sentido hablar en estos términos teniendo en cuenta que toda la carrera de Blunt parece una gran boutade en sí misma. Y es que, ¿cómo se explica que un adalid de la experimentación electrónica acabe un disco entonando una balada sentado al piano como hace en “Brutal”? Lo cierto es que no hace falta buscar la respuesta. Porque si algo nos enseña “The Redeemer” es que estamos ante un artista con una visión tan particular y bien definida que es difícil que se corrompa por mucho que cambie el envoltorio.

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