The Phoenix The Phoenix

Álbumes

Fhloston Paradigm Fhloston ParadigmThe Phoenix

7.2 / 10

Hasta el año 2010, aproximadamente, King Britt era un artista relacionado con muchas ideas y estados de ánimo, llámense jazz, disco music relajada o deep house, pero su conexión con el techno era apenas testimonial. A mediados de los noventa, tras dar por terminada su colaboración con el grupo hip hop Digable Planets -referencia importante de lo que se conoció como la ‘Daisy Age’, un rap hippy, cósmico, abundante en sampleos de jazz clásico-, Britt prosiguió una línea de trabajo, a la que también se sumaron bandas como 4 Hero, que consistía en recuperar, por la vía de la tecnología ‘state of the art’, la gran historia de la música negra escrita por virtuosos alucinados, llámense Coltrane, Sun Ra, Roy Ayers o Sly Stone, y ponerla al día para consumidores de música electrónica adultos y ‘exquisitos’. Pero difícilmente podía encontrarse una referencia a Kevin Saunderson en esa ecuación: King Britt, como le ocurría a Kirk DeGiorgio, era de los que pensaban que el techno de Detroit tenía en su receta más porciones de Stevie Wonder que de Kraftwerk.

Cuando empezó a abandonar el alias Sylk 130, demasiado asociado con todo lo que de burgués podía tener el house, y empezó a concentrarse en Fhloston Paradigm, el cambio fue demasiado súbito como para que la comunidad techno reaccionara de manera lúcida. En 2012 se inició en Hyperdub con el 12” Chasing Rainbows, tres cortes de techno casi líquido, y la reacción fue moderadamente buena -publicar en el sello de Kode9 siempre ayuda a bajar las defensas y escuchar sin suspicacias-, aunque sin comprender muy bien cuáles eran las intenciones que guiaban a un King Britt que entraba en esa escena de reactivación de lo que podríamos llamar ‘high tech soul’, siguiendo la definición de Derrick May, en la que ya estaban brujuleando figuras como Omar S., Kyle ‘mother fucking’ Hall o los veteranos Theo Parrish y Kenny Dixon Jr. Fhloston Paradigm compartía ese mismo lenguaje: máquinas analógicas exprimidas hasta la última gota para obtener un jugo viscoso, pero a la vez muy ligero, de techno espacial, rico en teclados, ritmos elaborados a partir de patrones del jazz de los 70 y una moderada equidistancia con la idea de ciencia-ficción. Bajo una apariencia progresiva, en realidad su forma de trabajar era retro. Hacia dónde se movería, o qué habría verdaderamente de bueno y nuevo en Fhloston Paradigm, tendría que determinarlo su primer álbum.

The Phoenix es ese largo generoso y expansivo en el que King Britt demuestra que su giro hacia el techno, la intensificación del lenguaje más puro de Detroit, iba en serio y que nada tenía que ver con un capricho fugaz. Como todo lo que hace el de Philly, la resolución formal es indudablemente elegante: hay mucha profundidad en su paleta de texturas, hay un trabajo en el estudio de grabación que se aproxima a la idea de rompecabezas, y la variedad de estructuras indica que ha habido un trabajo tenaz: entre el comienzo burbujeante de Portal 1, una introducción en forma de nebulosa que recuerda a la del Azymuth de Kenny Larkin, y el final de Light on Edge, que es básicamente una especie de soul hecho en las lunas de Saturno cantado por Natasha Kmeto, King Britt divide su viaje en etapas bastante diferenciadas. Race to the moon, que ya en el título tiene esa indicación de futurismo romántico que se extiende por todo el álbum, se mueve con el mismo pulso suave, constante y pertinaz de los tracks de Theo Parrish, pero sin la crudeza lo-fi de esa nueva elite de Detroit que, volviendo a lo de ‘high tech soul’, se ha quedado con el soul pero ha mandado la filigrana tecnológica al cuerno.

A falta de ideas revolucionarias o giros insólitos, lo mejor de The Phoenix siempre está en la superficie: en la combustión rítmica, como lava en un volcán, de Letters to Past, en el ambient ondulado con samples de respiración de Perception que luego parece tener un reprise muy a lo Carl Craig en Never Forget, en las aportaciones vocales como de espíritu errante de Pia Ercole en Tension Remains o It’s All About. Pero, sobre todo, lo mejor está concentrado en los nueve minutos del tema titular, donde se rompe la calma aparente que recubre toda la superficie del sonido y se vuelve una jam efervescente de cajas de ritmos y pálpitos de bajo, como una versión funky de los viejos Plastikman o Green Velvet. Y precisamente es en esa exhibición donde quedan desnudas las carencias del disco: tiene más piel que corazón, más cerebro que alma, algo que no es estrictamente malo -si antes King Britt pecaba de easy listening, ahora sigue en lo mismo, aunque subiendo el nivel de calidad-, pero que le deja todavía por algo por debajo de los verdaderos trackmasters que le dan vida al sonido Detroit de 2014.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar