The Next Day The Next Day Top

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David Bowie David BowieThe Next Day

8.3 / 10

No es cierto que no hubiera pistas previas a enero de este año sobre la aparición de “The Next Day”: a principios de 2009 afloraron un par de frases misteriosas en Twitter desde una cuenta supuestamente manejada por Bowie, o quizá falsa aunque eso ya no importe, y que hoy aparecen borradas en las que se decía “cheers from a snowy Berlin! working on some new material!”. Pero la falta de confirmación oficial de aquel mensaje en una botella lanzado al mar de internet, y lo muy desapercibido que pasó su difusión, crearon la leyenda de que el Duque Blanco llevaba algo más de diez años en un (casi) sepulcral silencio. Hasta 2003, el momento en el que se publicó “Reality” (disco que no fue decepcionante, pero sí menor, testimonial en su carrera), los nuevos títulos iban saliendo con una regularidad ordenada: “Heathen” en 2002, aquel “Earthling” de intenciones electrónicas en 1997, y así nos podríamos remontar hasta finales de los 60, que es cuando empezó todo. Bowie nunca ha estado desaparecido del mapa, en realidad; colaboró con Scarlett Johansson en su disco de versiones de Tom Waits en 2008, hizo un cameo explosivo con Ricky Gervais en la serie “Extras” de la BBC, ha aparecido en público y se ha prestado para ser protagonista de documentales. En definitiva, Bowie ha llevado una vida regular y de persona normal, casi jubilada, a caballo entre Londres, Nueva York y Berlín. Un hombre que está ahí, pero que ya no editaba discos.

Pero resulta que sí los hace y los edita, al menos por ahora. Si “The Next Day” va a ser el colofón a su carrera o no es algo que aún nadie nos ha dicho, ni siquiera Bowie, que desde que lanzó por sorpresa el día de su cumpleaños la canción “Where Are We Now?” ha guardado un celoso silencio, sin dar entrevistas y delegando ese papel en Tony Visconti, su mano derecha fiel y, una vez más, productor de este trabajo. Visconti tampoco ha dicho mucho: ha confirmado que en principio no habrá gira, que sí habrá conciertos testimoniales para presentar las nuevas canciones, y poco más. Sin embargo, la rueda de la ‘bowiemania’ no ha hecho más que empezar a girar y su cara ha ido apareciendo constantemente, desde hace dos meses, en todas las portadas posibles, en todos los blogs del mundo, en diarios y televisiones. Sin duda, la ruptura de diez años de silencio refugiado en la cueva es una noticia mayúscula. Pero faltaba por comprobar si el revuelo estaba justificado sólo porque Bowie era el protagonista, o porque Bowie ha vuelto a ser quién es.

Antecedentes: si nos ponemos muy exigentes, hasta un nivel casi intransigente, el último gran disco de David Bowie es “Scary Monsters”. Esto nos lleva a 1980. Podemos aceptar “Let's Dance” (1983) o “Tonight” (1984), pero de cualquier manera estaríamos situando su edad verdaderamente dorada en 30 años para atrás, sobre todo teniendo en cuenta que antes de “Scary Monsters” se grabó la archifamosa (y archiprestigiosa) trilogía berlinesa de Bowie, a la que este disco, grabado en Berlín y que recicla la portada de “Heroes” (1977) con un cuadrado blanco tapando su icónica pose zen, remite de manera muy poderosa. El Bowie de Berlín, mano a mano con Brian Eno en la producción, es el Bowie de un rock más atrevido, experimental, el que superó al artificio del glam y halló el verdadero arte. “Station To Station” (1976) –título que utilizaron Kraftwerk en la letra de “Trans Europe Express”, favor que quizá devuelve él ahora en “I'd Rather Be High”, con un punteo de guitarra que recuerda vagamente a un segmento de “The Robots”–, “Heroes” y “Low” (1977), con la prórroga de “Lodger” (1979), son para muchos fans la expresión del mejor Bowie. Ocurre que “The Next Day”, que tiene ese título de aire profético, de continuación anunciada de un reprise de aquel espíritu, no es exactamente una reactivación del Bowie que sublimó el art-rock y que ha servido de influencia, más allá de la música popular, incluso a iconos de la vanguardia –sólo hay que recordar la “Low Symphony” escrita por Philip Glass a partir de las canciones de “Low”–, sino otra cosa distinta. Necesariamente tiene que ser otra cosa, porque no hay aquí producción de Eno –decisiva en aquellos años– ni el Berlín de 2009-2012 es el mismo de aquella zona a la derecha del muro en plena Guerra Fría y que inspiraba texturas en gris y guitarras como bloques de cemento, que influía en una lógica introspección y ánimo ceniciento.

A veces se tiene la sensación de que Bowie está escribiendo aquí su testamento, o por decirlo de manera más suave, sus memorias: a partir del momento de apogeo –que es el que intentan perpetuar todas las autobiografías, el instante en el que fuimos reyes por un breve instante–, el hombre de la mirada bicolor echa la vista aún más hacia atrás y adelante, reconstruyendo y condensando su historia en un disco que sirve (o sirva) de resumen, ejemplo, chispa y recuerdo grato de toda una vida. Lo que anunció “Where Are We Now?”, con su piano al final, su tono elegiaco, no se cumple exactamente: “The Next Day” no es para Bowie como los dos últimos discos para Leonard Cohen, que parecen casi una despedida a ritmo comatoso de marcha fúnebre, sino una manera de ordenar la casa antes de cambiar de costumbres. Así que no es un Bowie berlinés, sino un Bowie total: hay glam, hay rock solemne, producciones electrónicas en momentos estratégicos y, lo que no hay, es la frivolidad de aquel Bowie de los ochenta que ya apenas se recuerda. El tono es generalmente grave –y hasta el final: “Heat” es un cierre que deja un nudo en la garganta–, y va de más a menos. Comienza vigoroso, con batería marcada y bajo funk, como si fuera una canción de Talking Heads –o una canción de “Let's Dance”, por qué no–, regresa parcialmente a las lentejuelas y el maquillaje de Ziggy Stardust en “Dirty Boys” y “The Stars (Are Out Tonight)”, y es a partir del single cuando se da casi por zanjada la primera parte del libro, la de los años de juventud, y las canciones abundan en una nostalgia de la madurez que Bowie ha meditado profundamente y ha cuidado en todos los detalles. Se percibe que quería un disco digno, un buen ejercicio que no manchara su nombre. Se ha esforzado, lo ha pulido, y el resultado general de “The Next Day” es notable: es generoso en minutos, y escaso en tropiezos.

Pero es un Bowie de 2013, y eso obliga a tener en cuenta ciertos aspectos. Primero, la voz, que la mantiene reconocible, pero ya no capaz de alcanzar algunos registros agudos (tiene 66 años, se supone que esto lo entendemos y no vamos a pedir más de lo preciso). Segundo, la autosuficiencia que otorga ser Bowie: un artista de su dimensión se puede permitir hacer lo que quiera impunemente, y aún así ha tenido la entereza artística, la responsabilidad ética, de no hacernos perder el tiempo con un disco prescindible; Bowie lega al mundo una colección de canciones que merecen estar en él. Y tercero, la trayectoria. ¿Verdad que le dábamos por desaparecido, casi por muerto? ¿Verdad que después de tantos años ya nadie esperaba nada, no sólo un disco más, ni siquiera un disco bueno? “The Next Day” es mucho más de lo que esperábamos, y mucho más de lo que el mundo del rock le exigía. Hablando con un emérito colaborador de esta casa comentábamos que este año los clásicos –Nick Cave, My Bloody Valentine, Bowie– están en una forma que asusta. Y es verdad, los clásicos no nos están decepcionando. Es sólo así como se forja y se perpetúa la leyenda de un clásico: no decepcionando. No, Bowie no decepciona, esta vez no. Mil gracias.

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