The Music Of Belief The Music Of Belief

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Dolphins Into The Future Dolphins Into The FutureThe Music Of Belief

6.1 / 10

Dolphins Into The Future  The Music Of Belief RELEASE THE BATS

Decía Joe Orton que el problema de la sociedad moderna es que ya no queda nada digno de ocultarse. Algo similar sucede en el gusto musical contemporáneo: apenas quedan cosas de las que avergonzarse. Cualquier género, por muy deplorable que pueda haber parecido, por muy desprestigiado que esté, puede ser regurgitado en cualquier momento y servido como plat du jour en las cantinas de moda. Llámenlo italodisco, llámenlo flamenco-rock, tanto da. Que una vez agotada la despensa de lo Nuevo el apetito del coolhunter sigue siendo pantagruélico es algo sabido. Que el acceso alegremente desordenado a toda la información susceptible de ser codificada en unos y ceros puede dar más de un susto, también. Sumen lo uno con lo otro y ahí lo tienen. Sólo mediante esta sencilla operación se explica el inusitado interés que ha despertado la propuesta del belga Lieven Martens, otrora noisehead de pro, bajo el alias Dolphins Into The Future.

En su crítica de “The Music Of Belief” para The Wire, Simon Reynolds señalaba la necesidad de desprenderse de cualquier atisbo de cinismo para poder disfrutar del disco. Como sucede casi siempre con este hombre, tenía razón. Le faltó, no obstante, matizar que es mucho el prejuicio que tiene que sacudirse uno para encarar la obra de Martens sin que le dé la risa o se le hinche la vena del cuello de pura indignación. Y es que lo de Dolphins Into The Future tiene, de entrada, delito: muestras de sonidos “naturales” y doy por hecho que considerados “relajantes” –agua fluyendo por un río, oleaje, brisa, pájaros, grillos y, sí, delfines– coronados con sedosos arpegios de sintetizador con el delay a toda mecha. Sobre el papel, lo que en tiempos se llamó new age. Ni más ni menos. Como para no encabronarse de buenas a primeras.

Pero una segunda escucha siguiendo el consejo de Reynolds, bloqueando las fobias lógicas en cualquier oyente con dos dedos de frente, revela algunas cosas más: una ecualización casi telefónica que de tan idiosincrática se adivina alevosa, sin agudos y prácticamente localizada por completo en el rango de las frecuencias medias; una titulación hiperbólica – “The Voice Of Incorporeality” y “Observations Through The Halocline Of The Worlds”, partes I a IX, ahí es nada–; el recurso obsesivo a un imaginario sonoro submarino más propio de Jules Verne que de Jacques Cousteau... Y es entonces cuando la verdad emerge, y nunca mejor dicho: “The Music Of Belief” no es un disco de new age –de hecho, dudo que a ningún seguidor de Kitaro y Andreas Vollenweider le pueda gustar–, sino un auténtico lexicón de hipnagogia; la evocación de un recuerdo borroso, en este caso la música new age, que en realidad está más cercano a la imaginación que a la memoria. Y colindando con la ironía, espero.

Oriol Rosell

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