Man On The Moon II: The Legend Of Mr. Rager Man On The Moon II: The Legend Of Mr. Rager

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Kid Cudi Kid CudiMan On The Moon II: The Legend Of Mr. Rager

6.5 / 10

Kid Cudi Man On The Moon II: The Legend Of Mr. RagerUNIVERSAL MOTOWN

En el artículo que el propio Kanye West ha escrito para el último número de la revista XXL Mag, que le saca en portada y le dedica treinta páginas en un dossier editado y coordinado por el propio artista, el productor y rapper aseguraba que ya no le interesa más hacer música como la de “808s & Heartbreak” porque figuras como Drake y Kid Cudi han demostrado ser mejores y más hábiles en ese terreno. Ganas de moverse, una vez más, y, sobre todo, sabía interpretación de la actualidad musical, absolutamente rendida a dos personajes que han dado voz, voto y personalidad al emo-rap desde ópticas expresivas radicalmente distintas. Si Drake representa la vertiente pop, la celebridad masiva, el sonido accesible y la sumisión total y completa al gusto y necesidades del público femenino, un fenómeno de fans en el sentido más estricto del concepto, Cudi, por el contrario, invoca la vía experimental, el hip hop de autor, la oscuridad emocional y la visión más torturada y existencial del hecho creativo, depresivo y castigado por sus propios demonios. Ambos rapean y cantan, ambos participan o han participado en series de televisión, ambos han contado con padrinos de renombre (Lil Wayne y ‘Ye, respectivamente), pero entre uno y otro parece distar todo un mundo. Día y noche. Yin y yang.

Hace apenas unos días, Cudi manifestaba abiertamente su hartazgo del rap y sus ganas de grabar un disco de rock. Podría parecer otra boutade de artista presuntuoso que no encuentra respaldo popular a su apuesta artística, pero la declaración de intenciones cobra más sentido después de pegarle unas cuantas escuchas a “Man On The Moon II: The Legend Of Mr. Rager”, no porque en este disco se produzca un volantazo hacia el rock o el crossover indie, aunque su fusión de backgrounds se inclina más hacia territorio ‘rock’, sino más bien por todo lo contrario: básicamente porque la sensación que le queda a uno es la de un autor atrapado en una fórmula hasta hace poco novedosa y sorprendente que aquí no ha avanzado ni permutado. La segunda entrega de esta saga, un proyecto a gran escala excesivamente ambicioso en el plano conceptual pero de irrenunciable magnetismo estético y emocional, podría colar como un compendio de versiones alternativas o descartes del primer episodio, en el sentido de que se mantiene cierta coherencia musical pero con resultados dispares y notablemente menos impactantes y atractivos que en su predecesor.

De hecho, Cudi, que repite la columna vertebral de productores de su debut, en concreto No I.D. y Emile, ha perdido fuelle, frescura y emoción por el camino. Si de su opera prima, uno de esos álbumes avanzados a su momento, torrente de ideas novedosas y eje catalizador de una personalidad contradictoria, atormentada, emprendedora y arriesgada, destacaba la manera en cómo el rapper proyectaba sus emociones a través de un mosaico musical poderoso, contagioso, rotundo y perdurable, en este regreso el flujo de ideas y grandes momentos es más rácano y espaciado. El autor suena más apagado, disperso y repetitivo, como si ese desencanto creativo y su publicitado via crucis personal –sobre todo sus problemas con la cocaína– del que hablaba anteriormente hubiera contaminado a casi todas las canciones sin que ello, además, repercutiera positivamente en el bagaje del álbum, algo que sí sucedía, cómo no, en ese “808s & Heartbreak” que seguiremos reivindicando hasta que nos jubilemos. Es un álbum negro, denso y pesimista, sí, pero no emociona, no llega, no cala hondo.

Tono gris, producciones sin alma, tempo apalancado pero sin chicha ni pegada, devaneos rock poco procedentes – “Erase Me”, con Kanye, es uno de esos momentos especialmente chirriantes que uno preferiría haber obviado–, pasajes aburridos que invitan al despiste y sensación de déjà vu a la baja en una buena parte del recorrido son algunos de los problemas que lastran el contenido del disco. En su defensa, sin embargo, es imperativo acordarse de los aciertos y episodios brillantes que evitan el naufragio y que te llevan a albergar serias esperanzas de cara al futuro del artista. Solo hace falta pensar en la trepidante “Scott Mescudi Vs. The World” (sí, sí, homenaje), con ayuda de Cee-Lo Green; en la apabullante “These Worries”, aquí con Mary J. Blige, en un contraste vocal y casi conceptual muy provechoso; en “REVOFEV”, inevitable tributo a “How To Make It In America”; “The End”, quizás el momento más hip hop del lote, de inefable sabor fumeta; o en “Marijuana”, buen tema de apalanque, para darte cuenta de que, más que un tropiezo, “Man On The Man II: The Legend Of Mr. Rager” parece una mezcla de muchas cosas al mismo tiempo: banco de pruebas, testimonio directo de cierto aburrimiento y cansancio de uno mismo, diario fiel de un desconcierto creativo y personal, crónica anticlimática de una depresión y álbum de impasse a la espera de cambios y nuevos revulsivos.

David Broc

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