The Malady of Elegance The Malady of Elegance

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Goldmund GoldmundThe Malady of Elegance

9 / 10

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Me gustan algunas sorpresas. Sobre todo las que suponen una victoria inesperada, no un golpe bajo o una decepción para la que no estabas preparado. Recuerdo un telefilme de esos de domingo al mediodía en el que el protagonista, con todo listo para llegar a casa y suicidarse (por motivos totalmente sólidos y comprensibles), se encuentra con que al abrir la puerta de su apartamento, sus amigos le han organizado una fiesta de cumpleaños. Ni siquiera era su cumpleaños, pero él lo dio por bueno. Se divirtió bastante, se dejó agasajar, y de repente volvió a conectar con un mundo que hasta entonces se había mostrado vacío y hueco. De repente, desde aquella velada, todo empezó a salirle bien. Esta historia me hace pensar en lo que yo esperaba de "The Malady of Elegance". Un disco de un artista, el bostoniano Keith Keniff (alias Helios) totalmente desconocido para mí, que en una aciaga y asfixiante tarde de verano, justo en el aniversario de una enorme decepción que sufrí hace exactamente un año, me pongo a escuchar sin ninguna esperanza, sin ningún convencimiento. Y sucede algo extraño. Goldmund me hace pensar más en el futuro que en el pasado. Sus pasajes de piano, que recuerdan a "Wonderland", a Glenn Gould, a Erik Satie, a Harold Budd, a Brian Eno, revolotean por la habitación, ponen la banda sonora a minutos primero y luego horas en las que es imposible mover un dedo o dejar de prestarle atención. Más que una luz al final del túnel es un túnel al final de la luz, un pasaje hacia ese instante en el que finalmente te levantas, te sirves una copa de vino, y vuelves a poner el disco de principio a fin. Ya con otra cara, y sin tu antigua cruz.

Jesús Llorente

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