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Can CanThe Lost Tapes

9 / 10

Es lo que tiene el fanatismo. En estos momentos, escuchando “Waiting for the Street Car”, el segundo tema del primer volumen de “The Lost Tapes” de Can, servidor se siente inclinado a emitir un juicio estadístico sobre cuántos ácidos había ingerido Damo Suzuki antes de ponerse a cantarlo, cuánto tiempo llevaba el feroz nipón sin lavarse el pelo por entonces y qué clase de incidente cotidiano le permitió improvisar semejante letra. A saber: “¿Estás esperando un taxi? ¿Estás esperando un taxi? ¿Estás corriendo detrás de un taxi? ¿Estás corriendo detrás del taxi?”. Repítase tanto como proceda.

En cristiano: cuando toca abordar un trabajo cualquiera de Can, y más aún una compilación de inéditos y diamantes en bruto como esta caja de tres discos, haberse iniciado en los misterios de la banda permite descubrir estos no tienen nada de misteriosos… Al menos no siempre. Una vez acostumbrados a los ejercicios de Suzuki, Holger Czukay, Michael Karoli y compañía, el aficionado descubre pronto que su forma de diluir las fronteras del pop, del rock y de los experimentalismos diversos partía tanto de su afán innovador, y de la tan cacareada formación clásica de algunos de sus componentes, como de ese carácter festivo, casi de andar por casa, que presidió sus mejores años. Justo las virtudes que “The Lost Tapes” puede evidenciar para aquellos que no las hayan pillado todavía.

Porque, vale: tanto Czukay como Schmidt estudiaron con Stockhausen, Jaki Liebezeit era uno de los mejores bateristas de jazz de Europa y el hoy difunto Karoli era un joven prodigio que lo mismo te calcaba un riff de James Brown que un solo de Hendrix o se arrimaba al violín. Pero los vocalistas que pasaron por Can no dejaron de ser nunca una colección de freaks de aúpa (en la mejor, y más sixties, acepción del término) y los temas que componen “The Lost Tapes” reaparecieron para la historia al retirar las mantas que el grupo usaba como aislamiento acústico para su local. Vamos, que no se trata de una colección de tomas falsas, o de experimentos demasiado arriesgados para confiarlos al vinilo, sino de una sucesión de grabaciones olvidadas en pleno cebollón improvisatorio. Algo que Schmidt, comisario de esta edición, no sólo no niega, sino que proclama con orgullo. ¿No es encantador?

Dicho encanto, más fácil de apreciar de lo que parece, evita acercarse a estos temas con la unción casi sacerdotal con la cual, en tiempos pretéritos, muchos abordamos al grupo. Qué demonios, un tema como “Your Friendly Neighborhood Whore” presenta, además de su título y de los exabruptos de su letra (cuya inspiración uno daría un brazo por conocer), un ritmo casi de cumbia que incita automáticamente a mover el culo. Y “The Agreement” no deja de ser justo eso: una breve conversación entre miembros de la banda acordando cómo van a desarrollar una pieza, combinada para mayor cachondeo con el sonido abismal… de la cisterna del WC. Para colmo, los temas más primigenios ( “Midnight Sky”, sin ir más lejos) permiten escuchar la voz de Malcolm Mooney en todo su esplendor soul-punk-funk, antes de ese cansancio que tanto lastró su intervención en el álbum “Monster Movie”.

Y el acabose, tanto para el aficionado como para el oyente desprevenido, llega con esa versión en directo de “Spoon”: dieciséis minutos, dieciséis, en los cuales la capacidad de Can para descomponer las constantes de la música popular, recoger después los pedacitos y pegarlos entre sí amorosamente queda más de relieve que nunca. Desglosando, y sin salirnos de este último ejemplo, digamos que un tema justamente aclamado como antecesor del synth-pop es ejecutado de forma medianamente respetuosa en un principio, transformado después en andanada de baile electrónico (saludemos a Irmin Schmidt, el arpegiador humano) para, finalmente, recorrer un camino al caos que recuerda poderosamente… ¡a Ramones! Si es que eran grandes, no hay otra forma de decirlo.

Pero, ojo: dicho poder de fascinación presenta también un lado oscuro con mucho, muchísimo de terrorífico. Por más que “The Lost Tapes” no nos revele ninguna rodaja de caos comparable a las cobijadas por el segundo disco de “Tago Mago”, en él hay rincones donde eso tan manido de la “intensidad ritual” se queda corto. “When The Darkness Comes”, “Private Nocturnal” y “Blind Mirror Surf” dan a entender que los lugares en donde Can pergeñaban sus contubernios (un castillo, un cine abandonado) podían metamorfosearse en cavernas eleusinas o en el campo donde baila la bruja de “Rashomon”.

Hay más virtudes que glosar en “The Lost Tapes” (la calidad de la restauración sonora, por ejemplo). Y también hay defectos que señalar en el material que contiene el cofre: cuando los solos suplantaban en el primer plano al trabajo de equipo, está claro que Can podían pecar de indulgencia, ofreciendo trabajos de menor cuantía. Una cuantía, no obstante, que se mide por comparación a los picos más altos de la banda, esos que han influido en casi todo el mundo (desde This Heat a Liars, pasando por Sonic Youth, Stereolab o Animal Collective). Ceder ante la nostalgia o la adoración es tentador en un caso como este, pero aun empuñando el martillo de la crítica, esta colección reaviva la creencia de un servidor en Can como uno de los ideales posibles para lo que debería ser un grupo de rock. Equidistantes entre la diversión pura y el puro compromiso, entre la calidad técnica y la espontaneidad más gamberra, sus canciones todavía tienen mucho que enseñarnos.

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