The Killer The Killer

Álbumes

Shed ShedThe Killer

7.3 / 10

Durante dos años, René Pawlowitz parecía haberse tomado unas vacaciones de Shed. The Traveller, la brillante continuación de “Shedding The Past, llegó en 2010, y luego sobrevino el silencio, aunque no el silencio de René, que aprovechó el momento para explorar otras zonas de su espectro creativo poniendo orden y en limpio los cajones donde almacenaba su material como EQD – con recopilación completa a finales de 2011– o Wax, además de reactivar momentáneamente un viejo alias, WK7, que le llevaba atrás en el tiempo, hacia días más hardcore. En esos 18 meses de desconexión de Shed, que siempre ha sido su proyecto más explorador y desapegado de la pista de baile –aunque siempre ha sido para bailar; techno inteligente, como se le llamaba antes, en cualquier caso–, parece como si Pawlowitz se hubiera reencontrado con la fuerza primaria, el músculo y la vena hinchada, y todos sus diferentes alias convergieran ahora en un álbum que suena a Shed, por supuesto, pero a un Shed más robusto y con los pies en el suelo, sin necesidad de estar continuamente elevando la mirada hacia el espacio exterior –la versión ambient de “The Praetorian (LP Mix)”, despojada del beat, es precisamente la excepción, el guiño, la contradicción con respecto a la brutal rodaja techno del maxi de febrero–. Comparando títulos ya se ven por dónde han ido los tiros: de “The Traveller”, disco onírico y aventurero inspirado en el techno de Detroit de intención cósmica, a “The Killer”, un nuevo álbum que entra a matar y con el puño cerrado.

No es exactamente un disco hard techno ni de una violencia exagerada, pero sí tiene más fricciones y aristas que los dos títulos editados anteriormente en Ostgut Ton. Quizá su entrada en la familia 50 Weapons ha tenido algo que ver en la textura final de “The Killer”, o igual es al revés, y “The Killer”, tan fibroso, se adaptaba a la perfección a ese catálogo gordo y nervudo del sello de Modeselektor, aunque vaya por delante que Shed no ofrece ni un solo guiño a las últimas corrientes de la música de club fundamentada en el bajo: ni juke ni dubstep ni nada próximo. Su ética sonora permanece invariable y su fe en el techno como un lenguaje universal no tiene límites. Ahora tiene más los pies en el suelo que la mente en las nubes (o en la nebulosa de Andrómeda), y de entre los 11 temas pocos son los que ofrecen una alternativa al 4x4 berghainesco. Es curioso: irse de un sello tan identificado con el nuevo techno a la alemana, proselitista de las noches de club oscuras y con fuerte gasto de calorías, para ingresar en otro con una reputación más tarambana con un álbum que sólo se desvía de la línea hacia el final – “Follow The Leader” es un corte con piano que se va desafinando a medida que avanzan sus cuatro minutos, y que viene subrayado por un breakbeat muy 90s, muy Innerzone Orchestra–, y que despista al principio con “STP3/The Killer”, un remolino de ruido analógico, como la tempestad roja de Júpiter, zarandeado por un bajo que hace temblar el tímpano. Todo lo demás es 4x4 de consistencia granítica, que se mete hasta el estómago.

“Silent Witness” podría ser el resumen estético de “The Killer”: el bombo suena macizo como en una producción de Jeff Mills de 1995, pero con un punto de lentitud y pereza, como si su estado de nerviosismo estuviera aligerado por un calmante. “I Come By Night”, en cambio, recuerda a las viejas producciones de Surgeon, Joey Beltram y Cristian Vogel en Tresor: es un techno inestable como la nitroglicerina, con burbujeos al fondo y un bombo que pega como un palo de hockey, tanto que se hace necesario un momento de pacificación en forma de “Gas Up”, apenas dos minutos de ambient para recuperar fuerzas. Pero nada cambia: “Day After” se mantiene en esa demencia tan vintage del techno noventero –piensa en Adam X, en DJ T-1000, en Pacou, en todos aquellos clásicos del eje Berlín-Detroit-Brooklyn–, y aún va más hacia atrás en “Photoype” (techno con breaks a lo Black Dog) o en el chorrazo de bajo en plan Saunderson de “Ride On”, incluso en la remembranza rave de “VIOMF!/The Filler”.

“The Killer” no es el mejor álbum de Shed porque los dos primeros marcaron un nivel ya no difícil de superar, sino de repetir siquiera. Pero “The Killer” es otro documento que explica el por qué de Shed como un productor al margen de todos: su conocimiento de la materia es enciclopédico, su dominio del lenguaje es total, y aquí ha vuelto a profundizar en el pasado para inspirarse en otro techno, más duro, pero no menos evocador. Que no esté rozando lo sublime no es óbice para reconocer que, una vez más, Shed está al borde de la excelencia. Ni queriendo podría meter la pata.

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