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Álbumes

James Holden James HoldenThe Inheritors

9.3 / 10

Nadie en su sano juicio se atrevería a discutir que James Holden es una de las figuras más importantes en la música electrónica de la última década. Al analizar su trabajo hasta la fecha, sin embargo, se echaba en falta una obra magna que captara su visión en toda su magnitud. “The Idiots Are Winning” (Border Community, 2006) fue un trabajo excelente, pero es innegable que tenía más de EP extendido que no de álbum propiamente dicho. Han pasado siete años desde la edición de ese disco y Holden ha seguido copando line-ups en clubes y festivales, pero sus transmisiones de estudio han sido dolorosamente exiguas. Probablemente, en ello ha tenido algo que ver la necesidad de librarse definitivamente de la sombra del monstruo que él mismo creó a mediados de la década pasada. Tras verse señalado como faro de un estilo del que él mismo rápidamente renegó, Holden inició un proceso de descompresión para volver a conectar con sus impulsos creativos. En este trayecto ha profundizado en sus grandes obsesiones –la síntesis modular, el lenguaje de programación Max/MSP, la experimentación krautrock, el rock psicodélico y, sobre todo, la electrónica que huye de ataduras para obedecer al instinto– y, al fin, ha podido volcarlas en un álbum acorde con su dimensión como artista.

La primera vez que oí a Holden hablar de este trabajo citó el folk pagano. Una referencia que descolocaría a cualquiera pero que, una vez escuchado “The Inheritors”, toma todo el sentido del mundo. Más allá de que su título haga referencia a una novela de William Golding que retrata la vida de una tribu de neardenthales [“Los Herederos” en la traducción al español publicada en Minotauro], hay algo de ritual primitivo en las 15 composiciones que conforman el disco. Son caóticas, intrigantes y difíciles de descifrar. Seguramente en ello influye sustancialmente el modo en que están construidas; tomas en directo con su sintetizador modular como herramienta principal y muy poca edición posterior. Lejos del detallismo milimétrico que caracterizaba sus últimas producciones hasta la fecha, aquí los sonidos parecen retorcerse y mutar a su antojo, superponiendo matices melódicos sobre ritmos que evolucionan con pulso humanizado, siempre al borde de la dislocación. Esta aproximación ruda y visceral genera una sensación de inestabilidad que dota al conjunto de una viveza difícilmente comparable en la electrónica actual. Una vocación agreste que también se extiende a las texturas, que se rebelan contra el pulimentado excesivo para permanecer rugosas, cálidas y esponjosas.

Holden siempre ha sido un superdotado de los métodos de producción, sea cual sea el que escoja, pero lo que realmente le ha convertido en un faro de electrónica moderna es su inquebrantable personalidad. Desde el principio de su carrera su música ha permanecido fiel a una misma idea y, por mucho que haya cambiado la manera de facturarla, sigue siendo así. El espectro estilístico es más amplio que nunca, de los guiños prog de “The Caterpillar's Intervention” (saxo incluido) al noise ceremonioso de “Sky Burial” pasando por los arpegios kosmische de “ The Illuminations”, el dark ambient de tonos maquinales de “Inter-City 125”, la psicodelia de regusto post-rock de “Delabole” o “Seven Stars” y el techno estelar del corte titular, pero todo suena increíblemente compacto y coherente. Esto se debe a que su sonido siempre se ha debido más a un concepto global que a elementos de géneros particulares. En este sentido, vuelve a entrar en juego la idea de trance, una etiqueta que no sólo no rechaza sino que siempre ha defendido. Para él, el vocablo tiene mucho más que ver con el modo en que afecta la música al oyente que no con elementos musicales determinados y, si algo tiene este disco, es su componente de experiencia absorbente. Una experiencia que alcanza sus cumbres emocionales cuando recupera sus inherentes melodías quebradizas en cortes como “Renata”, “Gone Feral” o, sobre todo “Blackpool Late Eighties”, quizá el track que más recuerda al Holden de hace unos años y una de las mejores traslaciones sonoras de de la sensación de ingravidez que se han hecho nunca.

Como todas las obras magnas, “The Inheritors” vive aislado en sí mismo. Tanto por su densidad y audacia como por el hecho de mostrarse totalmente desconectado de cualquiera de las corrientes actuales de la música electrónica (y mucho menos de la música de baile), es improbable que esta vez genere una legión de imitadores o tenga el efecto seminal de sus producciones de mediados de la década pasada. Pero para todos aquellos que alguna vez hayan conectado alguna vez con el universo Holden y sus interminables matices y contrastes –la confusión y clarividencia, el ruido y la belleza, la fragilidad y la omnipotencia, la oscuridad y el fulgor, la melancolía y el júbilo– es un trabajo absolutamente catártico. Para todos los demás, seguirá siendo el disco de electrónica más fascinante y cautivador que podrán escuchar este año.

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