The Host The Host

Álbumes

The Host The HostThe Host

6.8 / 10

Lo primero que nos dijeron desde Planet Mu acerca de The Host es que era alguien que conocíamos. No dijeron quien, era un secreto, querían participar transitoriamente de ese misterio del anonimato que tan bien vende y tanto ayuda a alimentar el debate de barra de bar en Twitter y foros. Pero soltaban pistas como ‘es fácil intuir quién es por el tipo de sonido que utiliza’, y este tipo de sonido no es capaz de hacerlo cualquiera, así que parecía fácil cercar a la presa. Todas las sospechas estaban sobre Boxcutter y, voilà, el 11 de marzo Barry Lynn –que es la misma persona– informaba a sus más de 1.700 seguidores en Twitter de que tenía un nuevo disco a punto de aparecer, bajo otro nombre, y el enlace conducía a la ficha de The Host en la web de Planet Mu. Nadie en Betandwin se habría forrado con esta apuesta. De todos modos, antes de que Lynn se fuera de la lengua con la complacencia de sus jefes –¡vaya misterio!–, la cosa estaba bastante clara, al menos para quien hubiera seguido con anterioridad trabajos de sonido en relieve y de colores purpúreos como “Glyphic” (2007) o “The Dissolve” (2011): la única diferencia está en que The Host no se preocupa por esculpir las líneas de bajo como si fueran frisos de mármol, ni elabora ritmos de máxima complejidad –en esa zona quebrada entre el dubstep y el drum’n’bass–, pero el arsenal de texturas analógicas de Boxcutter sigue ahí. “The Host”, de hecho, es como un disco de Boxcutter sin la pericia rítmica, pero con todo lo demás –una extensión, en parte, de “Balancing Lakes” (2008), la reunión de temas antiguos de Lynn cuando aún estaba aprendiendo a hacer IDM–.

Y aún así, no es un disco estancado. La línea downtempo de Lynn –por generalizar, aunque luego haya piezas como “Org”, fácilmente descriptibles como drum’n’basss rococó, que añaden algún matiz discordante– no tiene mucho que ver ahora con la que era antes. The Host es un proyecto centrado en el uso de sintes analógicos y en la exploración de esas texturas como venidas del pasado, que él sabe introducir hábilmente en sus disposiciones de diferentes planos melódicos, rítmicos y de texturas de apoyo. Cuando decimos ‘sintes analógicos’ no es únicamente en referencia a la música planeadora alemana de los setentas, sino también como homenaje a otros estilos paralelos de la misma época: “3am Surfing” parece un momento jazz, como si Herbie Hancock estuviera a punto de perderse en una maraña de escalas de teclas imposibles –escalas que nunca llegan, pero que amenazan en la sombra–, aunque también suena una guitarra punteada que dibuja un interludio new age al que le sigue el kitsch de “Second Life”, en la línea de la música espacial californiana de principios de los 80s, tan habitual en las cintas porno de la Vivid. Hay arpegios como los de “Hidden Ontology” y su (supuesto) reprise “Aeontology” que ponen de manifiesto que Barry Lynn ha escuchado mucho a Emeralds –o, en su defecto, ha rescatado los discos de Tangerine Dream de finales de los 70s, o en su otro defecto, los de Klaus Schulze–, y si se escucha en vinilo se advierte cómo hay una evolución lógica en la forma que adopta finalmente el proyecto The Host. La cara A es más próxima a esa idea de música de baile mental de Planet Mu: los beats, aunque sin aspavientos, dejan un rastro de complejidad que acaba suavizado por sintes luminosos y paisajismo espacial –como el sonido veraniego de Oriol, su compañero de sello, en un atardecer marciano–. La cara B potencia esas sonoridades alucinadas y las aleja de nuestro mundo para entrar en un espacio onírico, artificial, quizá como el de la portada del álbum, que recrea los viejos paisajes, hoy tan kitsch, que se diseñaban en los años 90s en el marco de las investigaciones sobre realidad virtual.

The Host hace música que se acogerá bien en el pequeño círculo de enfermos de los sintetizadores de época y entre los consumidores de ambient e IDM presentada con texturas envolventes, casi como si fuera una versión entre lounge y bass del sonido más purista y radical que se edita desde plataformas como Digitalis o Spectrum Spools. Es quizá su punto débil: ante barbaridades como las que se planchan en esos sellos, “The Host” parece un divertimento amable, un intento de echarle azúcar a algo que en sí mismo es el más caliente engrudo electrónico. Pero aunque la chicha esté en otro lado, hay que reconocerle a este aperitivo su buen sabor y su mejor presencia, y quizá con el tiempo mejore su bouquet –incomparable, en todo caso, a los dioramas de breaks polimórficos que llevan la firma de Boxcutter–.

Org

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