The Golden Age The Golden Age

Álbumes

Woodkid WoodkidThe Golden Age

7.8 / 10

Napoleón Bonaparte estaría orgulloso de su compatriota Yoann Lemoine. La música del francés Woodkid sería algo así como la banda sonora imaginaria que el Emperador habría escogido durante su expedición por tierras egipcias. Excesivo y buscando desde un primer momento el vello de punta sobreproducido, Lemoine se ha valido de la música, desde 2011, para expandir ese imaginario audiovisual que hasta la fecha sólo había explotado en su faceta de director de videoclips (Rihanna, Katy Perry o Taylor Swift son algunas estrellas mediáticas que en los últimos tiempos se han puesto frente a su cámara). Por este motivo no debe extrañarnos que para su desvirgue en largo, “The Golden Age”, haya querido decantarse por una superproducción digna del primer cinemascope. La máxima del más es más es su razón de ser. Sin embargo, lo que a primeras podría parecer una boutade instrumental emocionalmente descontrolada, al final acaba siendo una obra faraónica que cumple perfectamente su función de convertir al barbudito en un nuevo referente del pop majestuoso.

Quienes hayan machacado sus adelantos más lúcidos, “Iron”, “Run Boy Run” o “I Love You”, no pueden sentirse decepcionados, ya que gran parte del resto de temas inéditos comparten ese patrón de la grandilocuencia cinética orquestal y la percusión primitiva aporreada con fiereza. Escuchándolo de una tacada el efecto sorpresa puede que se vaya al garete. Pero eso no quita que en momentos como “Stabat Mater” (una pieza que le habría ido de perlas a su amiga Lana del Rey, a quien ha dirigido en un par de ocasiones), “Conquest Of Spaces” (el título ya deja clara sus intenciones) o “The Great Escape” (un digno descarte del luminoso “Með Suð Í Eyrum Við Spilum Endalaust“ de Sigur Rós), este recién llegado en lo musical demuestre ser un alumno aventajado del barroquismo pop más visceral. Arcade Fire y Jens Lekman tienen motivos para estar preocupados ante esta inesperada competencia.

Cuando Lemoine se toma una tila y deja que florezca el Antony Hegarty que secretamente vive en sus cuerdas vocales, por ejemplo en la preciosa “Boat Song” o en “The Shore”, dos de los pocos instantes en los que la sinfónica se toma un descanso, el artista continúa sonando la mar de emocionante sin recurrir a un bukakke de florituras. Sin duda, éste es el camino que debería tomar de cara una continuación de “The Golden Age”. De repetir las mismas armas grandilocuentes en un futuro podría empacharnos, y eso perjudicaría, sin duda, la futura vida de un disco tan bello como este.

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