The Ghost in Daylight The Ghost in Daylight

Álbumes

Gravenhurst GravenhurstThe Ghost in Daylight

6.9 / 10

Nick Talbot grabó cuatro discos y un EP entre 2002 y 2007, trazando una línea discontinua y abrupta que partía del folk pausado y onírico y, en su evolución, se adentraba en los dominios del shoegaze y la psicodelia. Cinco años han tenido que pasar desde que se publicara “The Western Lands” hasta que su próximo trabajo ha estado terminado. ¿Qué ha pasado en este tiempo? El compositor se separó de su mujer y entró en una dinámica depresiva; descubrió que tocar con su banda le resultaba aburrido y su garganta comenzó a padecer el esfuerzo de elevar la voz por encima del ruido instrumental. Sucesos y hallazgos, todos ellos, que han sido determinantes a la hora de parir “The Ghost In Daylight”.

Para empezar, el autor del magnífico “Fires In Distant Buildings” (2005) se desprendió de sus compañeros de gira y comenzó a desarrollar un interés casi obsesivo por temas existenciales. En el plano sonoro, esto se traduce en un regreso a sus comienzos acústicos y folkies, en una decidida apuesta por la faceta más ambiental y sugerente de su música, con puntuales guiños, eso sí, a sus adorados My Bloody Valentine. Y en las letras es evidente esta politización temática en cada una de las canciones (aunque él haya declarado alguna vez que lo peor que le podría suceder a un músico es convertirse en un hombre-panfleto al estilo de Billy Bragg), obviando, claro, los dos cortes instrumentales del disco, “Carousel” y “Peacock”, que por otra parte pasan casi desapercibidos, como si se hubieran colado allí concebidos como dos pequeños descansos.

En efecto, el contenido lírico del disco es denso y elevado. Cabe recordar que Talbot, que reconoce haber sido un adolescente rarito que no se relacionaba con nadie y escuchaba sin parar a The Cure y Joy Division, una vez dijo que si el filósofo Carl Gustav Jung hubiera entrado en contacto con la música indie, seguramente habría sido fan de Gravenhurst. El artista afincado en Bristol recorre sucesos históricos acaecidos en el Reino Unido, reflexiona sobre el origen del mal y el paso del tiempo (dos temas recurrentes en su obra), en lo que podríamos considerar un complejo tratado filosófico cargado de melancolía y ciertos destellos de esperanza.

Es inevitable olisquear en la atmósfera que recorre todo el álbum el ambiente industrial y frío de la ciudad en la que vive el autor. Así sucede en el primer tema, “Circadian”, cuyos intensos crepitares y la voz herida recuerdan al espíritu del EP que Mogwai publicó el año pasado, “Earth Division”. Las descargas finales de esta canción dan paso a “The Prize”, que empieza como una balada folk como las que Talbot firmaba hace una década, pero termina con un violín envuelto en capas de electricidad. “Fitzrovia” es el corte más espeso de todos, y no sólo por su duración (más de ocho minutos), sino por su progresión ralentizada a base de rasgueos de guitarra y voces que parecen susurrar a los muertos de un ilustre cementerio. El contrapunto llega con “In Miniature”, quizá el momento más luminoso del conjunto, y el único en el que la voz se eleva fuerte y decidida.

En la segunda parte del disco vienen los hallazgos más interesantes. El comienzo de “Islands” es brillante, con una intrigante guitarra que va emergiendo a través de capas y capas de efectos. Las voces etéreas, apenas inteligibles, son toda una invitación a flotar entre las formas vaporosas del humo de un canuto de marihuana. Y “The Foundry”, una hipnótica mirada al universo ambient de Brian Eno, destapa al mejor letrista que hay en Talbot: “Y no sabrás cuando llega el mal. / El mal tiene apariencia de alguien normal. / Y yo culpo. / Y yo culpo. / Y yo culpo a cualquiera menos a mí. / Si les permites que quemen los libros, les permitirás que quemen los cuerpos. / El hombre con la cerilla podría ser cualquiera. / Un uniforme cambia algo dentro. / Sujetar un arma te hace sentir tan vivo. Y todos los demás también lo hacen. Está bien…”. El penúltimo corte, “The Ghost Of Saint Paul”, reúne gran parte de los aciertos de este trabajo: su imprevisible desarrollo melódico y la capacidad del compositor para crear atmósferas con gancho en las que uno se encuentra a gusto (aunque es difícil saber si generan calma o desasosiego). El final, con “Three Fires”, deja un reposo folk en la cabeza, acentuado por la parte final de la canción, una repetitiva letanía a capella.

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