The Flax of Reverie The Flax of Reverie

Álbumes

Mothlite MothliteThe Flax of Reverie

7.5 / 10

Mothlite The Flax of Reverie

SOUTHERN

Una noche cualquiera en un club cualquiera de Londres. Daniel O'Sullivan (hábil multi-instrumentista que durante lo que llevamos de década ha estampado su huella en la obra de Guapo, Miasma & the Carousel of Headless Horses, Æthenor o -en este caso sólo en directo- Sunn O)))) acude dispuesto a unir su guitarra a quienes estén ese día improvisando sobre el escenario y queda prendado de la manera que tiene Antti Uusimaki (productor e ingeniero de sonido de origen finés -ha trabajado con gente de la talla de Brian Eno o Tindersticks- que en 2003 formaba en Londres el combo de digital-noise-core Panic DHH) de manejar sus sintetizadores. O'Sullivan no duda en acercarse a expresarle su admiración, y desde el primer momento ambos perciben visos de entendimiento que les animan a poner en marcha un proyecto conjunto. Poco tiempo después, "Mothlight" (1963), uno de los ejercicios de "found foliage" cinematográfico de Stan Brakhage, les sugiere su nombre de guerra, y Mothlite comienzan a desarrollar su densa fórmula sonora con ayuda del saxofonista y clarinetista israelí Gilad Atzmon, Chloe Herington (al cargo del fagot en el colectivo de disco-doomsters Chrome Hoof), la violinista Sara Hubrich (compañera de O'Sullivan en Miasma & The Carousel of Headless Horses) y el batería Jaime Gómez Arrellano.

En el álbum de debut de Mothlite para Southern uno ve el reflejo combado de una banda ambiciosa, seria y sofisticada que, incluso a pesar de su -peligroso- gusto por el diseño de ambientaciones elaboradamente densas y su predilección por los desarrollos largos y más o menos enrevesados, se muestra casi siempre -y decimos “casi” porque en la recta final del disco se les va un poco la mano- sensata y ponderada. Suenan oscuros, resueltos, precisos y -sin esfuerzo- complicados, buscando la manera de amalgamar en cada una de sus largas y metamorfoseantes canciones (como si cupieran varias canciones dentro de cada canción) elementos propios del post-rock de sonoridad más metálica, la música de cámara más sobria, el ambient-pop más melancólico, el drone, el jazz de escuela nórdica o -y este sería mi único pero- el prog-rock con tendencia a lo cerebral, al quiebro un tanto postizo.

Pianos, guitarras y clarinetes, violines, sintetizadores, ligeros tratamientos electrónicos (el estudio como instrumento), ritmos básicos (pero con una presencia determinante) y voces hipnotizantes a menudo repitiéndose en cascada se enmadejan en unas composiciones que oscilan entre el lamento nocturno y la exaltación épica amontonando en tu memoria referencias tan diversas -casi siempre varias sucediéndose a lo largo de una misma canción- como el nuevo misticismo clásico de Arvo Pärt, los Hood más brumosos, la música de cámara con intencionalidad post de Rachels, el jazz-pop aéreo del penúltimo Robert Wyatt, el pop sofisticado de los Talk Talk de “Spirit Of Eden”, el emo a la manera de los primeros Sunny Day Real State, la epicidad crepuscular de Sigur Rós, la rugosidad neoclásica de Svarte Greiner, la turbidez de los Alice In Chains más atmosféricos, los puzles instrumentales de la Alice Coltrane más cósmica y arrebatada o los Pink Floyd post-Barret más opacos y claustrofóbicos. Todo en medidas dosis bien dispuestas en planos sucesivos que parecen responder a pautas de ordenación para nada aleatorias.

El disco se ganaría otro puntito si O'Sullivan y Uusimaki se hubiesen atrevido a cortar a mitad de la penúltima canción. Mejor (absorbentes, intrigantes, y con una extraña capacidad para aludir a estados subconscientes y provocar leves dosis de nostalgia y desasosiego) cuanto más ventilados y texturales, y condenados a gustar sólo a unos pocos cuando dejan que aflore más de la cuenta -esos últimos dos temas- su vena más progresiva.

Luis M. Rguez

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