The Fame The Fame

Álbumes

Lady Gaga Lady GagaThe Fame

5.9 / 10

Lady Gaga  The Fame

INTERSCOPE / UNIVERSAL

Se lleva el look de zorrona enjoyada, y la culpa de todo la tiene Lady Gaga. Antes, las pijas –aparte de no querer salir con borrachos, como insistía Kase.O– eran una copia de Paris Hilton, con el chucho liliputiense en el regazo, las gafas de sol dos tallas más grandes cubriendo hasta la ceja, las marcas de turno –Manolo, Prada, Louis, etc.– en el armario, el café de Starbucks a lo Gemelas Olsen en la mano y una sosería, una tontería encima, que les equiparaba a mojones de carretera con piernas. Pero, a pesar de la crisis, que afecta al bolsillo, la que maneja billetes ya tiene claro que el modelo a seguir para lucir palmito ya no es el de la pija californiana con menos luces que una carretera regional, sino la plastic-doll postmoderna que mezcla el destello ochentero con la ropa urban, el desparapajo pop con el puterío propio de una serie tipo “The Hills”, el artificio máximo como máxima expresión del ser y estar en este mundo material, informatizado, banal y en el que sólo pesa una cosa: que se te distinga entre la masa. “The Fame” es como se titula el álbum de Lady Gaga, esta neoyorquina que parece un –que no una; esto es plástico, no carne– maniquí de Zara con capucha y diamantes hasta en el piercing del clítoris, y aunque ella insiste en que es una crítica a los valores mundanos de nuestra sociedad enganchada a Myspace y a las tiendas de la Milla de Oro de cada gran ciudad, el regate para zafarse de las críticas adecuadas no cuela: aquí está representado una manera de entender el mundo, desde las alturas del dinero, el poder y la estulticia.

“The Fame” es pop, es electrónico y es hiperproducido. Lady Gaga es el último grito en esa eterna corriente de chicas-producto que empieza, por ejemplo, con la adolescente Britney Spears y que culmina, por ahora, con Katy Perry. Tía que pone, o puede poner, cachondo al sector varón; tía sin talento excepto a la hora de hacer números y llevarse su tajada del pastel; tía que se deja ensamblar estéticamente, musicalmente, ideológicamente por la cadena de montaje de la industria previas advertencias del departamento de marketing, que ha estudiado el mercado al milímetro y sabe qué es lo que la juventud necesita. Y la juventud necesita una mezcla entre los personajes de “Gossip Girl” –guapos, ricos y con vidas azarosas– y la hipertecnificación frívola de las redes sociales, esa virtualidad efímera pero que dibuja un mapa de relaciones y afinidades emocionales con el éter. Ergo, Lady Gaga. Pero, como bien insiste nuestro gurú de OT, Risto Mejide, no se trata de música, sino de producto. ¿Es el producto bueno? No lo duden: Lady Gaga es un Audi A3 Cabrio del pop de masas, un producto cojonudo, ambigua, atractiva, reluciente, arquetipo de una vida superior y generosa en riquezas.

¿Y la música? Este es el problema. La hija de puta se engancha. Escuchas “Just Dance” y la canción se te pega como una lapa en la oreja y no te suelta. Parece el capullo en el que se gesta Alien, que te agarra con sus tentáculos todo el rostro y te inocula su semilla, su mierda, de la que luego brota algo. Lo que brota con Lady Gaga es una colección de estribillos que los tarareas sin darte cuenta, que sabes que te gustan pero que sabes que no te deberían gustar. Los anglosajones lo llaman guilty pleasure, placer culpable. Pasas a otros singles, como “Paparazzi”, y la piruleta sónica sigue ahí, sigue el single exacto, sigue la producción hipercalculada para crear un efecto de adhesión y dependencia, siguen las letras que no dicen nada. Y el disco continúa y algunas canciones dan el pego, otras dan la nota y otras dan el nivel. Las primeras son las mejores –imaginamos que convenientemente secuenciadas para que los potenciales compradores en grandes superfícies o tiendas online consideren que el fulgor de los cuatro primeros temas se mantendrá en los siguientes y aflojen la tarjeta de crédito–, y las últimas son una basura. En definitiva, pop de consumo con las mismas virtudes y defectos del de una Madonna, una Kylie, una Britney: lo que importa es el personaje, y la música va por barrios. A Lady Gaga le han hecho tres o cuatro canciones que molan –en “Circus”, de Britney, también molan cuatro–, pero lo que rechina es el personaje. Tiene algo mefistofélico. Parece el mal. En vez de ser una pin-up o una guarrona teen, es una mujer cyber, algo shibuyera y a la que nunca se le ve bien la cara. De momento no me la creo aunque, eso sí, tarareo “Paparazzi” cada mañana en el tigre, mientras cago y me ducho. Pero esto no lo sabe nadie.

Juan Pablo Forner

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