The Fame Monster The Fame Monster

Álbumes

Lady Gaga Lady GagaThe Fame Monster

7 / 10

Lady Gaga  The Fame Monster

INTERSCOPE

Érase una vez una joven cargada con un disco stick que soñaba en convertirse en icono del pop. La muchacha, bajo el nombre de Lady Gaga, fue al acecho de las masas con sus bases machaconas de R&B hedonista cantando a los cuatro vientos las grandezas del lipstick, los flashes mediáticos y los billetes con el careto de Benjamin Franklin en tiempos de crisis. Pocos la tomaron en serio cuando saltó en la palestra, aprovechándose de que Christina Aguilera era un cadáver andante, víctima de la cruel fauna de MTV. Pero lo que pocos podían llegar a imaginar es que el personaje ideado por Stefani Joanne Angelina Germanotta a golpe de modelitos imposibles y alguna que otra soberana mamarrachada, acabaría convirtiéndose en la artista que más ha dado que hablar durante este 2009 que ya se extingue.

Las divas del pop son la mariliendre que cualquier gáyer ansiaría. Si bien los referentes de antaño continúan inalterables (aunque eso sí, algo más perezosas: Britney, Madonna, etc.), nuestro presente siglo requería a gritos una figura femenina que canalizara toda la agresividad, la locura escénica y la pose necesaria para enaltecer la frivolidad del pop de radiofórmula. Y allí está ella. Siguiendo ese síndrome tan Beyoncé de lanzar singles a cascoporro, la Gaga se alza como la mayor vencedora de la productividad videoclipera. “Just Dance” y “Poker Face” sonaron hasta en el Tibet, y con “Paparazzi” (de la mano de Jonas Akerlund) se calzó unas muletas y ejerció de femme fatale a lo Angela Channing. Y ahora, de repente, se descuelga con “Bad Romance” a base de ópticas photoshopeadas, una obra mayor del clip que ha hecho que muchos internautas hayan insistido en clickar varias veces la opción “ver de nuevo”. Sí, Lady Gaga resulta excesiva a no más poder, como una instantánea de David LaChapelle, y corre el riesgo de quemar todos sus cartuchos en menos que canta un gallo. Pero como candidata a reina del pop (título honorífico que requiere muchos años de puterío, haberse dado varias triunfantes vueltas al mundo y ser la reinvención personificada: palabra de Ciccone), a día de hoy la neoyorquina ha demostrado con creces que dispone del carisma y las dotes requeridas para que le demos un voto de confianza. Sólo hace falta darse un garbeo por la red y contemplar la versión acústica de “Poker Face” que va paseando por ahí.

El monstruo ha conseguido en un año todo lo que predicaba, ergo ya no tiene la necesidad de mostrar explícitamente la pedante superficialidad lírica de “The Fame”. Y pudiendo marcarse un segundo álbum con cara y ojos, la Gaga ha preferido, bajo la coartada de la reedición, publicar ocho guilty pleasures prácticamente infalibles para seguir dando que hablar durante 2010. Bien es cierto que con un par de temas más nos encontraríamos con un sucesor que dejaría a la altura del betún su debut, pero el ciclón Gaga no puede perder fuelle cuando los astros se alinean a su favor. El tiempo es oro y la fama, efímera. “The Fame Monster” supone un punto de encuentro de sus mayores temores: el sexo, el alcohol, el amor, la muerte, la soledad y, obviamente, ella misma. Con ese spin off de “Poker Face” que es “Bad Romance”, Gaga muestra su carta más dura con la ayuda de una base digna de una rave lisérgica. Bajo la batuta de su fiel escudero, el productor RedOne, y entonando el gangoso grito de “rah, rah, rah”, ella firma uno de los mayores hits instantáneos que se ha marcado hasta la fecha, antes incluso de mostrarnos sus dotes como intérprete eurovisiva de las tierras del Este en “Alejandro”: cuando pensábamos que ABBA y Annie –con su “Anthonio”– lo habían dicho todo en materia de hits de baile con un nombre propio en el título, aquí llega Lady Gaga, reivindicando a Ace of Base, el eurodance noventas y montándose un trío latino– para aportar su visión de tan frívolo asunto. Y con “Monster” sigue dando en el clavo con unos tintes disco-pop retrofuturistas.

Eso sí: la sorpresa más grata del álbum la encontramos en el corte siguiente: queriendo interpretar una balada melodramática a lo Bowie, lo que le sale es “Speechless”. Más inspirada que nunca –diríamos que es su mejor letra–, Gaga dedica esta canción a su padre, quien a priori se negaba a someterse a una intervención quirúrgica de máxima urgencia. Quizá debería seguir explorando este terreno más downtempo en sus futuros temas, ya que el chirriamiento vocal a lo Bonnie Tyler le va como anillo al dedo: empotrada en su piano, Gaga puede conseguir que se esfumen los odios que su electropop de trazo grueso le han ido granjeando entre sus numerosos detractores. Hay más: Fernando Garibay es el culpable de esa bomba de relojería necrófila que pide a gritos ser carne de single, “Dance In The Dark”. Aun tomando prestado el “Strangelove” de Depeche Mode como adorno sintetizado, esta canción representa una de las mayores bazas del álbum. Lo que no sabemos aún es si su “silicone, saline, poison, inject me. I’m a free bitch” calará entre los simpatizantes del vogueing. “Telephone”, su dueto junto a Beyoncé, es como “Video phone” sin que se libre el duelo de gatas que se esperaba para la ocasión. Y aunque “So Happy I Could Die” es llanamente insulsa, al menos con “Teeth” Lady Gaga cierra el círculo con una oda al “dientes, dientes” de la Pantoja a partir del “Ramalama” de Róisín Murphy, otra especie de bufón de la alta costura como lo es ella.

El movimiento gagaísta puede darse por satisfecho. Gracias a este conjunto de temas, Lady Gaga explora terrenos que tienen más validez que sus composiciones pasadas, y avista con ellas un alejamiento progresivo de su característico R&B pro-yanqui. Las apuestas no son lo mío, pero se puede uno mojar y arriesarse a decir que, con ella, no está todo perdido, que el futuro del pop de masas puede estar en sus manos. Lo excesivo hacía tiempo que no resultaba tan sugerente.

Sergio del Amo

¿Te ha gustado este contenido?...

cerrar
cerrar