The Fall The Fall

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Gorillaz GorillazThe Fall

8.1 / 10

Gorillaz The Fall

GORILLAZ.COM A los que todavía consideran a Damon Albarn un residuo indestructible del Chernobyl brit-pop de los años 90 les tengo que decir que se equivocan con el chaval. Blur, como su propio nombre indica, es ya una sombra borrosa en el horizonte musical, un eco lejano de unos tiempos de ingenuidad y frescura melódica que para las nuevas generaciones de oyentes puede ser algo así como contemplar un mosquito prehistórico atrapado en ámbar. De hecho, mientras muchos coetáneos siguen erre que erre –los Gallagher y los Brett Anderson de turno–, Albarn ha sabido poner sus orejas de soplillo en perpetua erección y dar con nuevos sonidos más allá de la obviedad y la nostalgia guitarrera de hace tres lustros. Es el que mejor ha sobrevivido.

El mismo nervio que le lleva a meter el hocico en las nuevas tecnologías en busca de trufas electrónicas es el que parece haberle conducido a “The Fall”. El chico del chándal Fila asegura haber grabado este disco sólo con su iPad y algún que otro cachivache retro durante la gira estadounidense de 2010 de Gorillaz. Se dice incluso que estamos ante el primer álbum de un grupo mainstream grabado con el mamotreto de Apple, aunque tampoco sabemos hasta qué punto Albarn ha enriquecido el mejunje en el estudio. Pero qué importa eso. Lo cierto es que el trabajo tiene exactamente esa apariencia, esto es, la de haber sido grabado en un autobús, en el lobby de un aeropuerto, en la cama de un hotel, en la carpa de un festival, después de una siesta cortesía del jet lag. Desprende una electricidad estática que te pinza el cerebro y te hace vislumbrar imágenes de carreteras de noche y pistas de aterrizaje heladas e incluso te inyecta algo de pesadumbre, sin perder por supuesto el freakismo futurista que siempre ha caracterizado a la marca Gorillaz.

El sonido que Albarn propone en esta probatura me fascina. Sin dejar de ser fiel al caos electromagnético del, ejem, grupo de dibujos animados, “The Fall” flota en tierra extraterrestre, como las islas ingrávidas de Pandora, y consigue alinear en su cartón de bingo conceptos como éxito de público y compromiso evolucionista; conceptos como gafas de pasta y bol de palomitas. Damon maneja las probetas como si fuera Tom Cruise en “Cocktail” y le sale una tira infinita de celuloide con electro, hip hop, synth pop, country, dubstep y lo que Dios disponga. Pero para todos los públicos. Sin forzar nunca las entendederas del personal. Posiblemente estamos ante el disco más crepitante y anatómicamente desproporcionado de Gorillaz. Apenas hay melodías tarareables, el mood es inquietante, los sintetizadores se retuercen como serpentinas siniestras, Damon canta de forma adormilada. El paisaje parece extraño y cautivador.

Hay delirios que merecen nuestra atención. “The Joplin Spider” es una taladradora de psicodelia dub que te hace pasar de la perplejidad a la rendición absoluta; los ritmos martilleantes, los efectos estilo “Space Invaders” y los versos arrastrados de Albarn exigen escucha bajo la influencia del THC y auriculares de alta potencia. En “Hillbilly Man” el desquicio es embriagador: comienza como una balada country y al primer minuto el tema se transforma en un puñetazo de dubstep satánico con unos falsetes que te dejan sin aliento. Otra maravilla. Pero es que le sigue “Detroit” y vamos sumando triunfos y más triunfos en un disco cada vez más asombroso. El homenaje que lanza al techno de la ciudad del estado de Michigan es cartoonesco, pero emocionante al mismo tiempo: parece hecho con un organillo de Playskool en una fiesta de limbo rock y hierba lisérgica. “The Parish Of Space Dust” va por el mismo camino: es una combinación antinatural de country, synth pop y psicodelia que, sólo Dios sabe por qué, termina funcionando aunque suene como una secadora estropeada. “Shytown”, en cambio, es uno de los momentos más cargados de magia: soul depresivo, sintetizadores épicos, caracoleos electrónicos con despuntes IDM, ecos de Massive Attack. Incluso los cortes más ortodoxos son igualmente alimenticios. En este sentido, “Revolving Doors” se muestra como una obra de perfección esférica y, qué demonios, mi corte favorito. El pop electrónico gana la partida en un tablero de future soul con la siempre efectiva impronta vocal de un Damon Albarn en estado de gracia, un tipo capaz de desarmarte con cuarto cosas y algún que otro electrodo de locura. Como los mejores dibujos animados.

Óscar Broc

Gorillaz - Shytown

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