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Laurie Spiegel Laurie SpiegelThe Expanding Universe (2012 Expanded Edition)

9.3 / 10

Evidentemente, no es la repanocha comercial, pero desde hace unos años está de moda reeditar trabajos oscuros de algunos pioneros de la música electrónica de corte cósmico y textura primitiva, una corriente que se enmarca en la más perfilada y autosuficiente del revival analógico de nueva creación, a partir del crecimiento de artistas como Rene Hell, Emeralds, Oneohtrix Point Never o Bee Mask. Está tan de moda exhumar rarezas –casi todas ellas tan imponentes que casi obligan a reexaminar la historia– que la cosa ha ido en aumento, y así sellos como RVNG Intl., Public Information, Spectrum Spools o Trunk Records nos han recordado o alertado de la existencia de nombres como F.C. Judd, Robert Turnam, David Cain o Franco Falsini. No sólo eso: de esa ingente cantidad de material pretérito, una parte significativa viene firmada por mujeres, algunas con una carrera asentada y conocida –Suzanne Ciani–, otras fallecidas –Daphne Oram, Delia Derbyshire– y otras de trayectoria larga pero subterránea, casi llegando a extremos de rechazo absoluto de la existencia en la esfera pública. Ése es el caso de Laurie Spiegel.

Spiegel tuvo una participación importante en el desarrollo de la música electrónica de laboratorio en Estados Unidos a finales de los años setenta. Fue incluida por Laurie Anderson en la antología “Women In Electronic Music 1977”, trabajó en la empresa Bell Labs desde 1973 hasta 1979, y en 1980 editó un álbum que para coleccionistas de mucho recorrido se ha convertido casi en un Santo Grial, en una pieza tan difícil que pareciera que nunca hubiera existido. Sí existió, de hecho, en una tirada corta y largamente agotada con el título de “The Expanding Universe”: 45 minutos que cuentan en esa parte de la historia de la música electrónica que no aparece en los libros como una obra pionera el desarrollo de la computer music –los primeros sistemas de síntesis digital: ordenadores, es decir–. Técnicamente, el trabajo de Spiegel no era digital, sino híbrido: trabajó durante los años que pasó en Bell Labs con un dispositivo ideado por Max Matthews, el primer hombre que hizo cantar a una máquina, y que llevaba por nombre GROVE (Generating Realtime Operations On Voltage-Controlled Equipment), y que integraba partes de computación en un aparato analógico, y es por eso por lo que la música que aparece en esta grabación tiene esa doble cualidad de sucia y resplandeciente, árida y minuciosamente tallada como las caras de un diamante.

Spiegel ha pasado los últimos años trabajando en cuestiones alejadas de la edición de música (que no de la música en sí): programando sonidos para software en empresas como Apple, grabando piezas para ella sin ningún interés de darlas a conocer por los cauces habituales, y así hubiera sido de no haberse rescatado una de sus creaciones – “Sediment”– en un entorno tan inesperado como la banda sonora de “Los Juegos del Hambre”, que ha despertado en algunos sectores especializados el interés por su figura y por un disco que merecía una segunda oportunidad, que es ésta: por primera vez está disponible en CD, y en vinilo de nuevo con una limpieza a fondo y una remasterización espectacular. Los dos formatos son asuntos muy distintos. La versión original (editada por el sello Philo) se componía únicamente de cuatro cortes, “Patchwork”, “Old Wave”, “Pentachrome” y la cara B de 28 minutos “The Expanding Universe”, composición que parece sugerir, en un tour de force inenarrable, las etapas de evolución del cosmos desde el estallido del Big Bang. La edición en doble CD, en cambio, reúne hasta 19 creaciones –con la cara A del vinilo al principio del primer CD y “The Expanding Universe” estratégicamente ubicada al final del mismo, funcionando como bisagra y corazón de la retrospectiva–, con lo que de hecho el conjunto va más allá de la simple reedición. Es, de facto, un disco (casi) nuevo a partir de material de archivo.

Lo que aparece aquí, en dos horas y media que absorben como una ventosa y provocan una alucinación cósmica, es la summa de las composiciones grabadas por Spiegel en sus horas de trabajo en Bell Labs, en las que entraban en juego influencias de la época –el minimalismo de Philip Glass y Steve Reich, notable especialmente en “Patchwork”, con sus pulsos rítmicos en contrapunto creando una estructura circular y repetitiva, y muy emparentado con “A Rainbow In Curved Air”, de Terry Riley, en la majestuosa “East River Dawn”, que abre el segundo compacto– y el trabajo más vibrante con sintetizadores modulares que, por aquellos años, también estaban desarrollando pioneros como Morton Subotnik o Max Matthews, que de hecho es el padre espiritual de esta criatura que también encontró ideas en el barroco y la psicodelia –imposible no escuchar sin la sensación de estar viajando por entre los pliegues de la psique, más que por un océano cósmico, como un final de “2001” compuesto por Bach (versión ‘switched on’, claro) en vez de por Ligeti–: precisamente, al citar insistentemente al viejo Johann Sebastian como influencia, Laurie Spiegel se prestaba a ser la némesis de Wendy Carlos.

Al ocupar dos CDs y apurar hasta el último segundo de su capacidad, la revisión de “The Expanding Universe” en su formato extendido tiene una desventaja: la escucha de una sola toma, maximizando el efecto lisérgico, se vuelve algo difícil, casi oneroso: hay momentos en los que el conjunto, sencillamente, no mantiene el nivel troposférico de los pasajes más brillantes –especialmente las tres partes de “Apalachian Grove”, que parecen ser la réplica, en forma de ballet sintético y con zumbidos de otro planeta, a la música clásica americana de Aaron Copland–, pero que nadie crea que, al estirar tanto el minutaje, “The Expanding Universe” se ha rellenado con sobras. Antes al contrario, la sensación que queda es que Laurie Spiegel, de haber mantenido una posición más tolerante con la industria discográfica y haber dosificado este material en diferentes LPs, no habría necesitado un lapso de 32 años para ser reivindicada y admirada como una creadora de primer nivel histórico, no sólo por su aportación técnica al uso de ordenadores en la composición electrónica, sino por el subyugante efecto de sus largas secuencias, que parecen incluir el universo entero en una nota, y por la envolvente danza de moléculas sonoras que sucede en sus momentos más agitados, cuando todo se curva en suaves redondeces de sonido pulsante. Ignorado durante tres décadas, ahora reemerge, orgulloso y torrencial, “The Expanding Universe”, un clásico absoluto.

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