The Eternal The Eternal

Álbumes

Sonic Youth Sonic YouthThe Eternal

6.8 / 10

Sonic Youth  The Eternal MATADOR

Una cosa es cierta sobre Sonic Youth: es difícil que les salga un mal álbum. Deberían esforzarse a la baja para que de su habitual surtido de recursos con la guitarra y el ruido les saliera un churro: ni siquiera “Sonic Nurse” (Geffen, 2004) o “Rather ripped” (Geffen, 2006), que por ser de la etapa más reciente podrían estar considerados como los puntos más bajos de una carrera que ya va camino de las tres décadas, eran álbumes desastrosos, ninguno de ellos anticipaba el fin de la fórmula o el agotamiento de una manera de hacer que nadie ha sido capaz, no ya de igualar, sino de imitar en sus rasgos superficiales. “Rather Ripped”, en particucular, ya me pareció un trabajo domesticado y rockista, quizá porque Jim O’Rourke había abandonado el grupo en condición de ‘quinto miembro’ –plaza que ahora ocupa el ex Pavement Mark Ibold–, y el impulso hacia el descontrol y la refundación del principio arty de Sonic Youth que aportó el productor de Chicago había empezado a extinguirse. Pero otra cosa es cierta sobre Sonic Youth, además de que es difícil que tengan un mal álbum: nunca han necesitado de nadie para ser como son.

El problema que puede lastrar a “The Eternal” es que suena a disco de Sonic Youth de cabo a rabo, además en todas sus etapas simultáneamente: “Antenna”, que suena pesada en su reformulación del punk-rock, pero a la vez de estructura elástica, con las clásicas tres guitarras afinadas de manera distinta y los instantes de pausa en las que siempre aparecen esas notas disonantes del pentagrama serialista que tanto gustan a Thurston Moore y Lee Ranaldo, es como regresar a los momentos más melódicos de “Daydream Nation” (1988) o aquellos devaneos grungies del entrañable “Washing Machine” (1994), según en qué momento de la canción uno ponga más atención. Por tanto, en sus momentos más inspirados es como si “The Eternal” se rigiera por un manual de uso en el que se indica cómo hacer, paso a paso, un disco de Sonic Youth. Es como esos folletos de Ikea con los que, siguiendo paso a paso, uno puede acabar montando con sus propias manos un sofá, unas estanterías o una cama.

Otra observación importante sobre “The Eternal”: si en SY existe un doble lenguaje que oscila, como un péndulo, de lo más crudo y rock a lo más abstracto y contemporáneo, éste es de los discos que se van más decididamente al extremo primitivo, rasgado y con el volumen alto. No es un disco noise en la acepción más experimental del concepto, sino un ejercicio de estilo noise-rock como lo eran “Experimental Jet Set, Thrash And No Star” (1994) y “Goo” (1990), aquellos discos en los que, a ojos de muchos fans, Sonic Youth se prostituyeron pasándose al mainstream del rock alternativo. Quedan, por tanto, lejos las intenciones de la primera etapa, cuando se buscaba más la agresión sin forma que la intensidad mostrando la bandera blanca al público generalista. No es un “Sister” (1987), pero sí es un regreso eficiente al sonido del grupo en los noventa, o incluso en aquel “Murray Street” (2002) en el que parecía buscarse el espacio, con una voluntad expansiva y sin demasiados aspavientos.

En conclusión, todo esto está muy bien: Sonic Youth siguen siendo Sonic Youth hasta cuando dejan el instrumento sobre la peana y se van a la puerta del estudio a fumarse un cigarro. La portada, como en otras ocasiones, es una obra de arte – “Sea monster”, una acuarela del difunto compositor de folk avantgarde John Fahey fechada en 1998–, incluye guiños al punk clásico, como esa foto en blanco y negro que aparece en el libreto interior de Johnny Thunders, ex New York Dolls y padrino de la escena canalla de Nueva York a principios de los setenta, y luego se deshace en alusiones cultas que elevan el nivel conceptual de un trabajo que, en esencia, es de lo más directo, monolítico y cavernícola que han grabado SY nunca. No hay más que recordar lo burros que se pusieron en directo en el pasado Primavera Sound para hacerse una idea de que “The Eternal” es el punto de partida para amartillar y golpear el cerebro, no para estimularlo con acertijos. Ahí quedan piezas vibrantes como “Poison Arrow” o “Leaky Lifeboat (for Gregory Corso)”, y otras más de mal viaje psicodélico, como “Massage The History”, para dar la imagen final y real del disco: Sonic Youth tirando de oficio, reutilizando viejos patrones, y diciéndonos que ya no son la vanguardia del rock, que los viejos tiempos quedan lejos, pero que quien tuvo retuvo, y como ellos lo tuvieron todo, retienen bastante, lo suficiente como para aprobar con competencia –ya que no con sorpresas– un “The Eternal” que les mantiene vivos como mito indie.

Juan Pablo Forner

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