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Mos Def Mos DefThe Esctatic

7.5 / 10

Mos Def  The Esctatic DOWNTOWN MUSIC

Dave Chappelle ha dicho siempre que su segunda afición después de los porros son los rapeados de Mos Def. El humorista negroide siente una debilidad confesa y casi homosexual por los textos y las pulsaciones líricas del actor rapero, un habitual de sus shows televisivos. Y podremos decir muchas cosas feas del viejo Chappelle, pero si de algo sabe el cómico es de canutos, chistes sobre negros… y rap. Su paladar musical no es un estropajo nanas corroído por vajillas de baja estofa, más bien es un cristalito de Swarovski delicado, perfecto y fiable a rabiar. Y es que, en definitiva, Mos Def no es un mequetrefe: en el mundo de las nubes, el sería el único marshmallow negro.

Lo cierto es que todo este párrafo inicial habría estado de más si nos hubiéramos limitado a repasar la hoja de servicios del recluta Def. Digamos que el de Brooklyn se ganó el respeto de las calles con sus primeras incursiones en el mítico sello Rawkus (el temazo “Universal Magnetic”, pedazo de chirri underground, por los clavos de cristo). Sólo o junto a Talib Kweli en el legendario grupo Black Star, Dante Smith –nombre real– pavimentó la carretera que llevaría a su primer y celebradísimo esfuerzo en solitario, el majestuoso “Black On Both Sides” (Rawkus, 99). Diez años después de su edición, todavía recordamos su bautismo de fuego como si fuera uno de los mejores polvos de nuestra patética vida. Tanto es así que sus dos siguientes discos en solitario –la funesta etapa Geffen– pasaron como pedetes microscópicos en un calzoncillo de blanco nuclear e incluso le granjearon cierto rechazo entre los headz. Los dardos acribillaron su apestoso intento de convertirse en Jimi Hendrix, con banda de rock incluida, en el ridículo álbum “The New Danger” (2004).

Ahhhh, pero después de aparecer en incontables películas –desde “The Italian Job”, pasando por “Rebobine, Por Favor”, hasta la basura de “Cadillac Records”–, después de que incluso sus defensores más acérrimos dieran por pérdida su aportación al rimadero universal, Mos Def vuelve con un plástico bajo el brazo que huele a casquete de reconciliación y libretas húmedas. Cuidado, el Dante Smith hambriento e imaginativo del 99 nada tiene que ver con el de la actualidad. De todos modos, sería absurdo pedirle a un tipo que se saca un pastón en Hollywood, vive como Dios y edita discos casi por afición que nos venga ahora en plan humilde, se ponga el tejano de peto y coja el rastrillo. Con lo que nos ofrece en este interesantísimo cuarto LP creo que deberíamos mostrarnos muy satisfechos. Del Mos Def pírrico y amarillento de Geffen hemos pasado a un MC que vuelve a asirse a la ortodoxia rapper y cuando se sale de madre –pienso en el afrobeat double dutch de “Quite Dog Bite Hard”– lo hace con tiento y cabeza. Con productores como Madlib –magnífico trabajo en “Auditorium”–, Oh No o The Neptunes, la jugada tiene que salir por fuerza bien. Confiar en el THC del universo Alchemist es también una declaración de principios. De hecho, “Workers Comp.” es, sin discusión, posible uno de los grandes temas del año: funk, dramático, sucio, desquiciado, melódico, Alchemist sin cortar… Y no nos olvidemos del tema póstumo de J.Dilla, que sirve una de sus genialidades poliédricas a Mos Def y su eterno amigo Talib Kweli en la también magnífica “History”. De todos modos, si me preguntan, diré que lo mejor de este álbum es, con apreciable diferencia, la base que Havoc (Mobb Deep) nos sirve espolvoreada sobre un espejo en “Live In Marvellous Times”: un puñetazo en clave gangsta-futurista al que le sobra hasta el propio MC. Así es cómo a mí me gusta: gordo, grasiento, pesado, peludo…

Óscar Broc

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