And In The Endless Pause There Came The Sound Of Bees And In The Endless Pause There Came The Sound Of Bees

Álbumes

Jóhann Jóhannsson Jóhann JóhannssonAnd In The Endless Pause There Came The Sound Of Bees

8.8 / 10

Jóhann Jóhannsson  And In The Endless Pause There Came The Sound Of Bees TYPE

Se quejaba hace tiempo Max Richter, uno de los grandes nombres de la actual escena neoclásica, del flagrante menosprecio e indiferencia con la que su discurso era recibido entre los críticos y los sectores más académicos del circuito de la música clásica. Richter venía a decir que sus inquietudes expresivas, que muchas veces le llevan a jugar con la electrónica, el spoken word o incluso el folk experimental, como pudimos apreciar en su minusvalorado último disco, “24 Postcards In Full Colour”, no eran del gusto de un amplio espectro de ese microcosmos, que siempre parece aislado, poco abierto y poco proclive a integrar en su compleja estructura a aquellos nuevos compositores que huyen de la ortodoxia y las posiciones más convencionales.

A falta de una renovación total en ese cerco, se hace difícil para autores como Richter o Jóhann Jóhannsson conseguir entrar en una esfera más seria, académica, casi institucional. Y es por ese motivo, al margen de que también es una fuente de ingresos rápida y segura, que muchos de ellos acaban depositando todos sus esfuerzos e ilusiones en la banda sonora, un campo menor dentro de la composición clásica –esto siempre a ojos de los grandes recintos, orquestas, conservatorios, espectadores y analistas, que conste– que sin embargo puede llegar a ser más lucrativo y también más sugerente desde un punto de vista de crecimiento creativo. Las bandas sonoras son, a la postre, una alternativa o un complemento a sus grabaciones en estudio, un buen recurso para experimentar, ampliar el campo de batalla y atraer a un público mayor.

El caso de Jóhann Jóhannsson es muy parecido, por no decir igual, al de Max Richter. Aunque en su discografía encontramos varios álbumes que podrían formar parte, tranquilamente, del catálogo de Nonesuch o ECM, por ejemplo, bien pegados a los de Arvo Pärt, su nombre sólo provoca regocijo y alabanzas en el universo indie, y más concretamente entre aquellos consumidores habituales de material neoclásico. Y ante la falta de feedback de un target más volcado en la contemporánea o la clásica, su trayectoria discurre por ámbitos en los que se vislumbra poco reconocimiento a corto o medio plazo. De ahí su permanente contacto con las bandas sonoras y con proyectos colindantes con el cine, ya sea en documentales, cortos o películas, asideros que le permiten desdoblarse, ganar unos euros y hacer caja para financiarse sus obras en solitario. “And In The Endless Pause There Came The Sound Of Bees”, disco publicado inicialmente sólo en vinilo por el sello británico Type –en primavera de 2010 verá la luz la versión en CD; sí existe un CD, limitado, que Johánnsson vendió en selectos conciertos de su gira–, es, hasta el momento, su última grabación, un soundtrack creado específicamente para el filme de animación Varmints, de Marc Craste.

El compositor islandés venía de “Fordlândia”, el mejor disco de 2008, sin discusión, y una de las grabaciones más impactantes de todo el círculo neoclásico, una obra maestra con concepto, historia, estructura y vida propia que abría un profundo boquete en el corazón de todo aquel que se atreviera a descubrirla. Una sinfonía sin final en nuestra memoria, de vida eterna, que apelaba a las grandes utopías como vehículo argumental y emocional de sus partituras. Era un álbum de profundas convicciones sinfónicas, probablemente el título menos postmoderno de su carrera, el que más hacía pensar en Górecki y en otros adalides de la música contemporánea del siglo XX. Escucharlo equivale a convulsionarse y conmoverse sin remisión, una y otra vez. Ahora mismo se hace complicado pensar en un peldaño que se sitúe por encima de él, y seguramente es por ello que en este regreso la dirección musical es distinta.

Aunque está concebido como una banda sonora para el susodicho filme de animación, “And In The Endless Pause There Comes The Sound Of Bees”, como cualquiera de sus anteriores grabaciones de acompañamiento a un espectáculo visual, funciona independientemente de las imágenes a las que complementa. Tiene suficiente autonomía y entidad como para no depender de la proyección, y ese es uno de los grandes méritos y una de las grandes constantes en la carrera del islandés, que sigue dotado de una habilidad especial y superlativa para renovar el panorama de la composición contemporánea sin renunciar a sus propios códigos expresivos. Si lo comparamos con su predecesor rápidamente veremos que aquí Jóhannsson se desentiende sin miedo de la pomposidad orquestal de aquél, busca un discurso más introspectivo, austero y espaciado en que la emoción no sea tan evolutiva ni cadenciosa, sino más estable y fragmentada. Es menos Górecki y más Thomas Newman, para entendernos, especialmente en aquellos fogonazos en los que se pone más bandasonorista clásico, sobre todo “Theme”, “City Building” –ésta con unos coros más convencionales– o “The Flat”, que con ese piano sutil nos hace pensar rápidamente en “Road To Perdition” o “American Beauty”.

Pero también es cierto que hay otros momentos del recorrido en que Jóhannsson abandona ese camino y juguetea más con el ambient y la música concreta, espacios breves insertados entre algunas de las piezas más reconocibles y epidérmicas que ayudan a darle un enfoque menos grandilocuente y ambicioso que en “Fordlândia”, a su vez más experimental y convulso, turbio. Quizá “Rainwater” y “End (Snowing)” sean los únicos resquicios reconocibles y muy cercanos a la estética y emotividad de su obra magna, pero son episodios puntuales en el contexto de un viaje más melancólico y fantasmagórico, que sin igualar el mazazo emocional de su predecesor consigue atestar un golpe contundente, y también inolvidable, a quien se deje seducir por su estética de entreguerras y su latido centroeuropeo. Que nadie se deje engañar por su condición de banda sonora de filme desconocido ni se deje condicionar por el hecho de que llega después de una referencia de la magnitud de “Fordlândia”: pese a todas esas contrariedades, “And In The Endless Pause There Comes The Sound Of Bees” es el último gran hito musical de esta década.

Julio Pardo

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