The Drums The Drums

Álbumes

The Drums The DrumsThe Drums

8.6 / 10

The Drums  The Drums MOSHI MOSHI / COOP SPAIN – NUEVOS MEDIOS

Se abre el telón y aparece “la banda neoyorquina más contagiosamente energética de la última década”. Sí, ya hace casi diez años de la edición de “Is This It?” y, a excepción de ejemplos tipo Vampire Weekend, hay que estar de acuerdo con la cita del NME porque nadie como The Drums ha sabido destilar de forma tan tremendamente eficaz la receta mágica de The Strokes. Aparte de sugerir el comentario sobre esas dos bandas reflejo (de quienes retoman el patrón básico de la sempiterna frescura pop), la cita del semanario británico es relevante porque The Drums se enorgullecen de ser la típica banda anti-Brooklyn y, la verdad, llevan razón: son lo más inglés que ha parido últimamente la música americana. El proyecto de Jonathan Pierce y Jacob Graham, además de melodías impecables y estribillos contagiosos, ha sabido digerir como ninguno las intermitencias del corazón más coquetas de la new-wave del otro lado del charco. Lo suyo es una zancadilla en toda regla a esa psicodelia cada vez mas esdrújula de la que ya están hartos, una reacción alérgica contra la poliédrica algarabía de una escena musical –la neoyorquina– a la que plantan cara mirando hacia otro lado.

Disparando a velocidad extrema píldoras de power-indie a las que los adjetivos de elásticas, jugosas o dinámicas se les quedan cortas, la propuesta de The Drums es tan polarizadora en cuestión de fronteras como en cuestión de gustos: o los amas o los odias. Quienes no les soportan será, lisa y llanamente, porque no saben disfrutar del pop o porque la envidia les corroe ante lo maravillosamente bien que suenan estas canciones. Pero en el bando opuesto sus admiradores son un ejército. Entre ellos: celebrities como Debbie Harry, Morrissey, Mike Joyce y Andy Rourke (van los tres juntos a sus conciertos) e incluso un Boy George con el que nuestros chicos bromean y se van de marcha. La atracción de todos ellos hacia su forma de tocar ha sido un flechazo meteórico, casi instantáneo, aunque ellos sigan sin comprender que se les vea como “lo más cool del momento” cuando lo que hacen responde únicamente a los preceptos más ancestrales del pop. También en eso hay que darles la razón. Su receta no tiene nada de especial, sólo talento a raudales. Infecciosa y febril, muy bien escrita y mejor trenzada, su música suena fugaz pero se instala en el cerebelo para siempre. En esencia, y por jugar a describirla de alguna manera, es una mezcla explosiva –y hormonada– del sonido de The Wake, los saltarines juegos de guitarras de The Embassy y todo el amor de The Field Mice.

La historia ya la conoce todo el mundo. Jacob y Jonathan se conocen de pequeños en un campamento. Pronto descubren en qué consiste eso de hacer música gracias a Kraftwerk y, tras militar en varias bandas, vuelven a juntarse en Florida a finales de 2008 para empezar a grabar como The Drums. De vuelta en Williamsburg completan el grupo con Adam y Connor y empiezan a tocar como locos. Desde entonces sólo media un revuelo mediático equiparable al provocado en su día por Arctic Monkeys, un EP radiante en la guantera ( “Summertime”) y dos singles previos en forma de bombas de relojería: “I Felt Stupid” y la candente “Let’s Go Surfing”, supuesto alegato pro-Obama a caballo entre un riff de The Ventures y la sintonía de Muchachada Nui. Absolutamente encumbrados antes de editar su debut, favoritos en todas las listas de “Promesas 2010”, hoy los chavales tienen el mundo a sus pies y el pisotón, claro, resuena con fuerza. El largo “The Drums” suena más alto y más fuerte, mejor si cabe que todo lo que habían grabado hasta ahora. Parece fornido y prepotente, pero se siente melancólico y abatido como la luz de una tarde de domingo. Por decirlo de alguna forma, es uno de esos pocos títulos que parecen muy Factory de entrada pero que se acaban revelando como algo totalmente Sarah.

Con una escritura de destreza transparente que sólo potencia virtudes, Jonathan compuso casi todas las canciones a partir de baterías programadas y siempre bajo la idea de suprimir todo lo innecesario. Quería que su grupo sonara “súper vulnerable” pero, dando la vuelta a esa premisa, le ha acabado saliendo algo poco menos que indestructible. Sin salirse en ningún momento de la estructura clásica de canción pop, incluso regodeándose en ella con todo un jolgorio de palmas, silbidos, estribillos hipersintéticos y coros fogosos, The Drums bañan sus canciones en una extraña euforia que hace que joyas como “Me And The Moon” suenen a la tercera escucha tan inolvidables como “Last Night” (Strokes) o “Canada” (Field Mice). Otra de las grandes deudas contraídas se descubre –si no antes– en el vídeo de la irresistible “Forever And Ever, Amen”: The Smiths. Su ansia lírica y florida se cuela por igual en “I'll Never Drop My Sword” (tan Morrissey ya desde el título), y el carisma de sus adorados The Wake hace lo propio con los sintes de fondo de “The Future” o en la inevitable balada “Down By The Water”. ¡Y en “Skippin’ Town” se salta del brill-building a Orange Juice como si nada! Ejemplos aislados al fin y al cabo (hay mil aquí dentro) para intentar explicar la insólita soltura con que se maneja tal rango de referencias. Todo se despacha así, con el desparpajo de lo intrascendente y el entusiasmo de la pasión verdadera, haciendo que parezca un debut fácil aunque no lo sea en absoluto. La palabra es otra: infalible.

Cristian Rodríguez

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