The Diver The Diver

Álbumes

Led Er Est Led Er EstThe Diver

6.7 / 10

Llevan ya cerca de cinco años emitiendo con celeridad arrebatadas melodías sintéticas sobre el polvo de ecos glaciales, esparcidas por el crepitar de sus cajas de ritmo de remoto pasado, samples de películas de terror o de ciencia-ficción y los característicos sonidos primigenios de sintetizador analógico vintage, de los que tanto gustan. Buscando un lugar estético entre el frío caos y la asepsia desposeída. Entre su sonido de estudio y sus reseñables directos. Led Er Est, que vienen desfilando, puntal a puntal, por los sellos discográficos que más se empeñan, en nuestros días, en redefinir –si hacen tal cosa– los sonidos adyacentes a la minimal y cold wave (y en últimas al post-punk) como son Captured Tracks, Wierd o Mannequin, acaban de publicar su segundo álbum para Sacred Bones, otra de las escuderías mejor provistas para esbozar con su catálogo un mapa plausible de la modernidad musical. Su título es “The Diver” y, aunque mantiene un carácter continuista con respecto a “Dust On Common” (Wierd, 2009), se sospecha en él cierta variación, una ampliación ecléctica en el sonido de este trío neoyorquino. Un ámbito ensanchado, abultado. Un arco voluptuoso.

Cosa nada desdeñable es ésta, a priori. Pues en los tramos más angostos, afilados y tiritantes del revisionismo del primer synth-machine-pop y de la minimal y cold wave de estos años tan insistentemente retrovisores, la diferencia está en un enjambre de nombres que ulula por su protagonismo desde distintos recodos del globo en la esfera de lo independiente, lo cual es, en sí mismo, un valor deseable. A veces el único. Y es claramente ahí, en los umbrales donde discuten el espíritu renovador de la música con el celo anacrónico inspirado, donde los de Brooklyn parecen estar palpando en la ejecución que supone “The Diver”, no siempre con éxito, pero sí delimitando un espacio para lo posible en esta resignificación musical. Algo que se percibe pronto con las primeras audiciones, especialmente por ese aporte emocional, dramático, quizás más pop (aunque tumoral), que atempera esa refrigeración de su sonido haciéndolo partícipe de otros contagios: el post-punk devastado, sombrío, o el midriático folk cavernoso e industrial, donde también el registro, la entonación y la modulación vocal de Samuel Kklovenhoof, la presencia de guitarras y el tratamiento sintético alteran la forma de su emanación.

El llanto por la muerte de la hermana de Samuel KK gotea en la composición no sólo de las letras, sino la musical, y es parte de la substancia creativa para la gestación de este trabajo. Pocas alegrías, entonces, y circunstancia también notable en la imbricación con Shawn O’Sullivan y Owen Hutchinson. Cambia por eso ligeramente la temperatura en un disco donde la sorda repercusión y el frío metálico, normalmente acostumbrados, contrastan con un dramatismo ostensible y cierta envoltura, aunque sosegada y contenida (y es de agradecer), mínimamente épica. La pulsión rítmica, por esa misma razón, también desacelera. Pero más allá de los propósitos malogrados o no del ritualismo atávico o marcialismos varios que se dan en las canciones más dilatadas del álbum ( “Arab Tibe” y “Iron The Mandala”), encontramos momentos francamente lúcidos como en esos dos singles que anticipaban la obra ( “Kaiyo Maru” o “Bladiator”), esa ligereza de minimal wave implorada con mantra y escafandra que es “The Diver”, “Divided Parallel”, la instrumental “Housefire At Zumi’s” (como sacadas, ambas, de su anterior largo); y los clásicos silbidos de sintes sobrevoladores, quejidos vocales en eco espiral, quebrantamientos rítmicos, atmósferas opresivas y actitud punk. Que, restableciendo equilibrios, ya está bien.

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