The Disintegration Loops The Disintegration Loops Top

Álbumes

William Basinski William BasinskiThe Disintegration Loops

9.5 / 10

Cuando empezó a publicar música –en sus propio sello, 2062, y también en Raster-Noton, donde se plancharon las primeras ediciones de “Shortwavemusic” (1998) y del mítico “The River” (2002), uno de los discos más importantes del ambient de la pasada década–, William Basinski trabajaba con loops analógicos grabados en cinta magnética. Su técnica no era nada distinta a la de tantos músicos experimentales formados en –y al margen– de la academia en tantos rincones del minimalismo, la electroacústica y el ambient moderno, hasta que un día decidió cambiar, probar nuevos métodos y archivar su colección de cintas –que almacenaban decenas de loops– en un formato digital. Pero mientras procedía al archivo, las delicadas cintas magnéticas se iban deteriorando, iban perdiendo su esencia y ahí Basinski apreció un fenómeno de desintegración, de desgaste del sonido, de erosión de la calidad, de aparición de grano, que le sirvió para dar forma a su siguiente proyecto artístico, “The Disintegration Loops” (2002), que sonaba como una larga composición en la que fragmentos musicales mínimos se iban repitiendo, superponiendo en una delicada superficie dando origen a un sonido de una tranquilidad casi funeral. El primer disco partía de los principios del ambient de los 70 –Harold Budd y Brian Eno, principalmente– mejorado con los últimos movimientos experimentales en la periferia de la música electrónica popular, con el añadido de una terrorífica atmósfera, preñada de una melancolía que no sería igualada (y superada) hasta la llegada de la gran obra de Leyland Kirby, “Sadly, The Future Is No Longer What It Was”.

Durante el proceso de archivo de los loops sucedió algo inesperado que, de manera involuntaria, le añadiría un carácter especial a “The Disintegration Loops”: dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas de Nueva York y otro contra el Pentágono. Era el 11 de septiembre de 2001 y Basinski estuvo trabajando todo el día en sus loops mientras en la televisión no dejaban de aparecer una y otra vez las imágenes del mayor atentado terrorista de la historia, una fecha grabada en el inconsciente colectivo de occidente desde el primer minuto, bañado en sangre y pena. También inconscientemente la atmósfera de réquiem, de tristeza infinita, de impotencia, rendición y abandono fue impregnando la música, que en aquel primer álbum se componía de una primera pieza de 63 minutos y otra de 11 basadas en repeticiones constantes, variaciones lentas y la escucha en vivo de un sonido moribundo, que estaba condenado a desaparecer: era fácil, también, encontrar un parecido más que razonable con la obra maestra de Gavin Bryars, “The Sinking Of The Titanic”, música, como “The Disintegration Loops”, inspirada en la muerte en masa, la fatalidad y el hundimiento.

Diez años después, William Basinski vuelve a “The Disintegration Loops” recopilando todo su trabajo, que empezó como álbum y continuó como serie en las dos temporadas siguientes hasta consolidar una tetralogía considerada ya mítica y origen de la posterior hauntology: ese sonido lleno de fantasmas, de presencias inmateriales, de evocación nostálgica, de tristeza, de derrota y de refugio en un pasado que se percibe menos hostil que la realidad; música que construía un refugio. “The Disintegration Loops II” se editó en 2003, y los pocos meses llegaron las entregas III y IV; William Basinski se sacudió de encima la obsesión con el 11/S, las víctimas y su propia negatividad y continuó su carrera como uno de los genios menos publicitados pero más respetados del ambient contemporáneo, mientras por sus viejos CDs se pagaban cantidades indecentes en el mercado de segunda mano. Esta caja recopilatoria, que reúne los cuatro álbumes originales en compact y en vinilo, la película arty editada en 2004 con la música original acompañando imágenes temblorosas, dos directos en versión orquestal (Nueva York 2011 y Venecia 2008) y un libro de gran formato con textos del propio Basinski, Antony Hegarty, David Tibet, Ronen Givony y Michael Shulan, tampoco es barata, precisamente: se va por encima de los 200 dólares. Pero si se invierte en ella, se invierte en una maravilla inenarrable.

En total son casi seis horas de magnificencia minimalista, las menores notas, los ruidos más discretos –de erosión y desintegración del sonido, ya ha quedado dicho–, dando forma a una emoción grande, y que ha pasado a formar parte de la colección del 9/11 Memorial Museum, el centro que conmemora el recuerdo y el respeto por la víctimas del 11/S. Las versiones en directo, traducidas a notación para ensembre e interpretadas por The Worldless Music Orchestra la primera y por Alter Ego la presentada durante la 54ª Biennale de Venecia, trazan con más fuerza la conexión con la música de Gavin Bryars y en ese sentido son lecturas menos sorprendentes. Pero todo lo demás, los álbumes originales, siguen conservando hoy, y lo harán eternamente, la gravedad del primer momento, esa solemnidad apoyada en la nota más triste, esa misma nota que cuando se pulsa hace temblar y emocionarse hasta el borde de las lágrimas: algo así como el fulminante si bemol del “Adagio For Strings” de Samuel Barber prolongado durante horas, mientras parece desaparecer dentro de sí mismo. Te destroza.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar